El sonido del tono de llamada resonó en mi oficina por tercera vez aquella mañana, pero como siempre, la respuesta era la misma: apagado. Cerré los ojos y dejé que mi cabeza cayera sobre el escritorio, sintiendo cómo la frustración se mezclaba con un vacío que no podía describir. Había pasado tanto tiempo intentando localizarlo, y cada intento fallido era un recordatorio cruel de lo imposible que parecía.
—Laura, ¿has tenido alguna noticia? —pregunté con voz débil, intentando no sonar tan derrotada.
—Lo siento, Alexa Revisé todas las listas de empleados, registros del hotel, meseros, proveedores… no hay rastro de ningún César. No parece que haya trabajado oficialmente allí.
Suspiré y me recosté, mirando por el ventanal de mi oficina. La ciudad seguía su curso, indiferente a mi angustia. Cada edificio, cada luz, cada auto que pasaba me recordaba a él de alguna manera: su fuerza, su forma de aparecer justo cuando lo necesitaba, su mirada profunda. Quería entenderlo, quería saber quién era, pero parecía que el universo se empeñaba en mantenerlo fuera de mi alcance.
Decidí que debía intentarlo en el restaurante. Bajé hasta la recepción, hablé con el gerente y expliqué la situación.
—Buscamos a un mesero llamado César —dije, tratando de mantener la calma—. Fue muy importante para mí, necesito contactarlo.
El gerente frunció el ceño.
—César… no me suena —respondió—. ¿Hace cuánto fue?
—Hace tres meses —contesté, apretando los labios—. Necesito cualquier información, por favor.
Suspiró, negando con la cabeza—. Lo siento, señorita. No tengo registros de ningún mesero con ese nombre en ese período.
—¿Ni siquiera un teléfono, correo, referencia? —insistí, la desesperación empezando a filtrarse en mi voz.
—Nada. —Se encogió de hombros.
—Está bien —susurré, sintiendo cómo mi corazón se hundía—. Gracias de todas formas.
Di la vuelta y me dirigí hacia la cocina. El chef estaba ordenando platos cuando lo vi.
—Disculpe, necesito hablar con usted —dije, con un hilo de voz—. Busco a César, un mesero que trabajó aquí hace unos meses ¿ no me recuerda? yo estaba junto a el
Me miró de arriba abajo, con una mezcla de sorpresa y desinterés.
—No recuerdo a nadie con ese nombre —dijo, suspirando—. ¿Estás segura de que trabajó aquí?
—Sí —respondí, apretando los puños—. Fue importante… para mí.
—Mira, jovencita, si lo hizo, ya no está. No puedo ayudarte —contestó, volviendo a su trabajo.
Di un paso atrás, sintiendo cómo la impotencia me desgarraba. Caminé por la ciudad intentando no perder la calma, preguntando a todos los lugares donde podía imaginar que César podría haber trabajado. Cada puerta cerrada era un golpe, cada mirada de indiferencia un recordatorio de que quizás lo había perdido para siempre. Pasaron semanas, luego meses. Tres meses exactos. Tres meses de búsqueda constante, de noches sin dormir, de cafés que no me mantenían despierta sino con el corazón acelerado. Y nada. No había rastros de él.
Pero entonces la vida me golpeó de otra forma, mucho más cruel. Recibí la llamada que temía desde hace años. Mi padre, mi guía, mi amor, mi apoyo… Kendell Lesters había muerto. Sentí que el mundo se me venía encima, que todas mis fuerzas me abandonaban. Lloré y grité como nunca antes lo había hecho, pero sabía que debía mantenerme firme, al menos frente al mundo. Mi corazón estaba hecho trizas, pero debía sostenerme por mamá, por Daniel, por mí misma.
El funeral fue devastador. Intenté mantenerme serena, pero la imagen de mi madre destrozada, con lágrimas incontrolables y un vacío que no podía llenar, me desgarraba por dentro.
La mañana estaba gris, con nubes bajas que amenazaban lluvia. Desde la ventana de mi habitación, miraba cómo la ciudad parecía callar, como si supiera que hoy era un día para detenerse, para sentir, para llorar. Me vestí con un traje n***o sencillo, sin joyas, y bajé a la sala donde mi madre esperaba. Su rostro estaba descompuesto, las lágrimas brotaban sin control, y yo sentí un nudo en el estómago que me impedía respirar con normalidad.
—Alexa… —susurró, y su voz se quebró—. ¿Estás lista?
Asentí, aunque apenas podía moverme. Daniel estaba al lado, intentando sostenerse, sostenernos a todos, con su esposa y sus hijos alrededor. A pesar de su esfuerzo, su tristeza era evidente, sus ojos rojos y la mandíbula tensa.
—Vamos —dijo en voz baja—. Papá… se lo merece.
Salimos de la casa y al llegar al cementerio, la escena me sobrecogió. El ataúd estaba rodeado de flores blancas y lilas, y cientos de personas que habían querido a mi padre se acercaban para darle el último adiós. Respiré hondo y traté de mantener la compostura, pero la visión de mi madre siendo sostenida por mi cuñada mientras sollozaba me hizo temblar.
—Mamá… —susurré, acercándome a ella y tomando su mano—. Estoy aquí contigo.
—Hija… —susurró entre lágrimas—. Él… él se ha ido.
Asentí, incapaz de pronunciar palabra. Mis ojos se llenaron de lágrimas y las dejé caer silenciosamente. Daniel se acercó a mí, rodeándome con un brazo.
—Alexa… lo siento tanto —dijo—. Papá… era… era todo para nosotros.
—Lo sé, Dani —contesté con voz quebrada—. Lo sé.
Cuando el sacerdote comenzó la ceremonia, cada palabra caló en mi pecho como un golpe. Escuché los elogios hacia la vida de mi padre, su fortaleza, su generosidad, su amor por la familia. Quise concentrarme en eso, en los recuerdos, en los momentos felices, pero la pena era demasiado pesada.
—Tu padre fue un hombre excepcional —dijo mi madre con voz temblorosa, dirigiéndose a todos—. Nos enseñó a ser fuertes, a amar y a luchar. Hoy lo despedimos, pero su ejemplo seguirá con nosotros.
Lloré de manera incontenible. Las lágrimas corrían por mi rostro y me empapaban la ropa. Intenté abrazar a Daniel, pero también él estaba devastado. Mi cuñada me ofreció su hombro, pero lo rechacé. Necesitaba sentir que podía sostenerme por mí misma, aunque fuera imposible.
—Alexa... ven —susurró mi madre—. No te quedes sola.
Asentí, pero mi mente estaba en otro lugar. Quería llorar, gritar, sentir el dolor en cada fibra de mi ser. Caminé hacia el ataúd, mirándolo con impotencia. Mi padre, mi héroe, estaba allí, y yo no podía hacer nada para cambiarlo.
La lluvia comenzó a caer suavemente, mezclándose con las lágrimas. Me arrodillé en el barro, dejando que el agua y la tierra se mezclaran con mi llanto. Daniel me observaba, intentando comprender mi dolor, y yo sentí que por primera vez en mi vida no podía fingir. Caí de rodillas y susurré su nombre:
—Papá… ¿por qué?
No hubo respuesta, solo el sonido de la lluvia y el murmullo de los asistentes. Intenté levantarme, pero mis piernas temblaban. Daniel se acercó:
—Alexa, llevemos a mamá a la carroza —dijo—. Te quedarás un momento más si quieres, pero no te pierdas.
—No… necesito esto —respondí, sollozando—. Necesito hablar con él, aunque no esté aquí.
Me quedé allí, empapada, llorando, hablando con mi padre en silencio, mientras la ceremonia continuaba sin que yo pudiera escucharla realmente. Cada recuerdo de su voz, de sus abrazos, de sus consejos, se mezclaba con mi dolor. Sentí que el mundo entero se desmoronaba a mi alrededor.
De repente, escuché gritos provenientes de la distancia. Al principio pensé que eran los niños jugando o alguien ajeno al funeral, pero al mirar hacia el barro, lo vi. Un joven, cubierto de tierra y con la ropa mojada, llorando desconsolado, solo. Su voz era desgarradora, y cada sollozo me atravesaba el pecho.
Me levanté rápidamente, empapada, y comencé a caminar hacia él. Cada paso estaba cargado de miedo y curiosidad, preguntándome quién podía estar tan devastado como yo en ese momento. Cuando me acerqué, mi corazón casi se detuvo.
—¡César! —exclamé sin pensarlo, mi voz quebrándose.
Él levantó la cabeza, sorprendido, y sus ojos llenos de lágrimas se encontraron con los míos. Era él. Lo reconocí al instante. Cada línea de su rostro, cada gesto, cada mirada… todo coincidía con el joven que había aparecido aquella noche en la azotea, el chico que me había salvado cuando pensé que todo estaba perdido.
—Alexa… —dijo con un hilo de voz, sollozando—. Ayuda… por favor.
Corrí hacia él y lo sostuve con fuerza, tratando de calmarlo mientras sentía que mi propio dolor se mezclaba con el suyo. No podía explicar cómo alguien que apenas conocía podía generar en mí un torbellino de emociones tan intenso, pero allí estaba, frente a mí, igual de desesperado que yo.
—Shhh… todo estará bien —susurré, acariciando su cabello mojado—. Estoy aquí. No estás solo.
Fin del Flashback