Los años pasaron en un suspiro, como una brisa suave que acaricia las colinas del Valle de la Luz. El niño que había sido protegido por su padre en la oscuridad de la noche, creció con una fuerza y presencia que asombraban a todos los que lo conocían. Su madre, Amelia, había visto cómo su pequeño hijo se transformaba en un joven formidable, con el alma de un guerrero, la mente de un líder y el corazón de un protector. El poder de su linaje corría por sus venas, pero también llevaba consigo una vulnerabilidad heredada de la humanidad de su madre. Amelia, aunque siempre había sido fuerte, comenzó a mostrar signos de cansancio. El peso de los años y las cicatrices del alma acumuladas a lo largo de su vida comenzaron a afectarla. Aunque el sol seguía brillando con la misma fuerza en el
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