El resto de la boda pasó como un borrón frente a mis ojos, y mucho antes de lo que imaginé estábamos en su mansión.
La puerta de la habitación se cerró tras nosotros con un suave “clic”.
Tan suave como un disparo silencioso a la nuca.
No me moví. Me quedé parada en el centro de la habitación mientras Rael se quitaba el saco con esa calma suya que me crispaba los nervios. Una calma peligrosa, controlada, como si todo, hasta el aire, le perteneciera.
Me sentía como una estatua atrapada en un vestido demasiado ajustado, en una jaula dorada, en una pesadilla bordada con encaje blanco. Y la peor parte era que no podía permitirme quebrarme. No todavía. No frente a él.
Él colgó su saco en el respaldo de una silla. Luego, desabrochó con lentitud los botones de la camisa. Uno. Dos. Tres.
Yo apreté los puños.
—No vas a consumar nada esta noche ni nunca —solté de golpe, antes de que mi lengua se acobardara. Mi voz sonó firme. Más de lo que me sentía.
Rael se detuvo. No levantó la vista enseguida. Terminó de quitarse la camisa, la dobló, la dejó sobre el respaldo de la silla y solo entonces me miró.
Sus ojos tenían ese brillo otra vez. Ese maldito brillo.
—¿“Consumar” no es una palabra muy anticuada para ti, Corinne? —murmuró, con esa media sonrisa que me provocaba la irresistible necesidad de tirarle algo a la cara. Preferentemente afilado.
—No me importa el término que uses —dije, clavándole la mirada—. Si piensas que voy a acostarme contigo por obligación, más te vale ir desarmándote de esa ilusión.
Me crucé de brazos, intentando no parecer una presa a punto de temblar.
Él dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero fue suficiente para que todo mi cuerpo se tensara.
—No pienso forzarte —dijo con voz baja, como si estuviera tranquilizándome. Lo que, viniendo de Rael Kingswell, era más perturbador que reconfortante.
—¿De verdad? Qué alivio —repliqué con una risa seca que sonó más amarga que graciosa—. Entonces supongo que dormirás en el sofá… o mejor aún, en el infierno.
Rael se detuvo a medio camino. Ladeó la cabeza.
—Tendremos sexo, Corinne —dijo con calma asesina—, el día que me lo pidas. Y no antes.
Me atraganté con mi propia carcajada. Una carcajada vacía, sin rastro de alegría.
—Claro —dije con burla—. Justo después de que el infierno se congele.
Él sonrió. Esa sonrisa oscura, torcida.
—¿Y quién te dijo que no está empezando a hacerlo?
Me tomó un segundo procesarlo. Otro segundo para que un escalofrío me recorriera la espalda.
Estábamos solos. Marido y esposa. En una habitación enorme con pétalos de rosa en la cama, una botella de champagne esperándonos en una cubeta de plata, y una noche por delante que no podía terminar más rápido.
Rael se acercó sin apurarse. Su proximidad era una amenaza envuelta en seda. Se detuvo apenas a un paso de mí.
—Te gusta hacerte la fuerte —murmuró—. Pero estás temblando.
—Estoy furiosa —le escupí. Pero él sabía. Claro que sabía.
Su mano se alzó, despacio. Pensé que iba a tocarme. Reaccioné instintivamente, pero solo usó dos dedos para levantar un mechón suelto de mi cabello y colocarlo detrás de mi oreja.
Ese leve contacto quemó como ácido.
—No voy a tocarte si no quieres —dijo—. Pero no sigas mintiéndote a ti misma. No me tienes miedo por lo que te pueda hacer. Me tienes miedo porque no sabes qué te pasa cuando estoy cerca de ti.
—Eres repugnante —escupí.
Él sonrió, satisfecho.
—Y tú una Ravencourt. Estamos hechos el uno para el otro querida señora Kinsgwell.
Retrocedí. Fui hacia la cama con la firme intención de arrancarme los zapatos y dormir vestida si era necesario.
—Tócame y juro que te clavo un tacón en el corazón.
—¿Antes o después de que me pidas que lo haga de nuevo? —preguntó con ese tono grave que se colaba debajo de la piel.
—En mis peores pesadillas —le dije sin girarme, sentándome en el borde de la cama.
—Entonces duerme tranquila, esposa mía —respondió—. Porque yo soy tu peor pesadilla.
Y con eso se fue de la habitación, como una tromba.
Yo me quedé sola en medio de la cama, temblando. No de miedo. No era solo eso.
Era rabia, impotencia, confusión. Y algo más que no estaba dispuesta a nombrar.
Al otro día, desperté con la misma sensación con la que uno despierta después de haber cometido un crimen. Una punzada entre el estómago y el pecho. No por culpa. Por anticipación. Sabía que lo peor no había pasado todavía.
La habitación era demasiado grande. Demasiado blanca. Demasiado suya. El contraste con mi vestido de boda arrugado sobre la butaca me provocó náuseas.
Me senté en la cama sin saber muy bien si aún estaba soñando. Pero la marca roja en mi muñeca, donde había apretado mi propia piel durante el beso durante los votos, me lo confirmó: no había escapatoria. Ya era de él. Legalmente, al menos.
—No vas a quedarte aquí encerrada como una princesa caída en desgracia, ¿o sí?
Su voz me hizo girar de golpe.
No lo había escuchado entrar. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con una camisa blanca arremangada, el primer botón desabrochado y esa mirada… esa mirada que siempre parecía leer más de lo que yo decía.
—¿Te gusta espiar mujeres recién despiertas? —pregunté, con el tono más ácido que me salió.
Rael sonrió apenas. Un gesto más de mandíbula que de labios.
—Solo a mi esposa. Desayuno en diez. La cocina está bajando las escaleras, segunda puerta a la derecha. Si te pierdes, grita. El mayordomo sabe cómo lidiar con criaturas como tú.
Se fue antes de que pudiera replicar.
No tenía hambre, pero el orgullo fue más fuerte. No iba a dejar que pensara que me escondía. Así que me duché, me puse lo primero que encontré en mi mi maleta y bajé.
La mansión era tan silenciosa que cada paso resonaba. No entendía cómo alguien podía vivir en un lugar así sin volverse loco… aunque tal vez eso explicaba algunas cosas.
Cuando empujé la puerta de la cocina, lo encontré sentado, leyendo el periódico, como si esto fuera un matrimonio normal y no una condena disfrazada de ceremonia.
—Mira eso —dijo sin levantar la vista—. La esposa rebelde apareció.
—No sabía que los demonios desayunaban. Pensé que solo se alimentaban de almas.
Él dobló el periódico con lentitud y me miró. Había algo diferente en su expresión. Algo… cargado.
—Y tú pareces no tener una así que supongo, tienes suerte —replicó.
Sentí el golpe, aunque su tono fue tranquilo.
Me senté al otro lado de la mesa, desafiándolo con la mirada mientras él me servía café. Su café. Su taza. Su mundo. Todo gritaba control.
—¿Crees que con un desayuno vas a convencerme de que esto es real y no un contrato entre tú y mi padre?
—No tengo que convencerte de nada, Corinne. El certificado de matrimonio lo dice por míí.
Suspiré derrotada.
—Bueno, querida, por si no te diste cuenta… ya estás casada con el diablo. Así que diría que el proceso ya comenzó.
Tragué saliva. No porque tuviera miedo. O eso me repetí. Sino porque, por un segundo, pensé que podía ver fuego en sus ojos.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Rael? —pregunté, cansada de los rodeos—. ¿Un trofeo? ¿Una mascota? ¿Un adorno bonito para tus cenas?
—No. —La respuesta fue inmediata. Casi… dolida. Pero su voz no flaqueó—. Quiero exactamente lo que se me prometió.
—¿Y qué fue eso?
—A ti.
Mis manos se crisparon en el borde de la silla.
—No me conoces.
—Te conocía —dijo, y su tono cambió, apenas, como si esas tres palabras cargaran con siglos de rabia contenida.
Me congelé.
Él se dio cuenta. Bajó la mirada por un instante, como si se arrepintiera de haber hablado.
—¿Qué dijiste?
—Nada importante —respondió, bebiendo de su taza como si acabáramos de hablar del clima.
—Dijiste que me conocías.
Rael alzó la vista. Su mandíbula se tensó. No respondió.
—¿De qué estás hablando?
—Del desayuno —dijo, levantándose. Su silla chilló contra el mármol—. Come algo. Estás demasiado flaca. Y deja de mirar como si quisieras matar a alguien. No te va bien.
—¿Tienes miedo?
Se detuvo. Giró lentamente.
—No. Pero tú sí.
No lo negué. Porque sí, tenía miedo.
Rael caminó hacia mí. Muy despacio.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, Corinne. Puedes insultarme, desafiarme, gritarme. Pero ya estamos casados y no creo en el divorcio —dijo serio. Y entonces se alejó. Sin una palabra más.
Me quedé allí, con el café en la mano temblando de rabia.
No lo volví a ver después del desayuno. La mansión era tan grande que podía desaparecer durante días sin que nadie lo notara. Y parte de mí lo agradecía.
Recorrí los pasillos sin rumbo. Las paredes estaban llenas de fotos. Viejas. Antiguas, más bien. Todas en blanco y n***o. Ninguna mostraba a Rael.
O sí.
Me detuve frente a un retrato enorme. Un grupo de hombres, algunos a caballo, otros de pie, todos con el gesto serio y los trajes de otra época. ¿La guerra de secesión tal vez?. Uno en particular, parado al centro, tenía algo inquietantemente familiar en la mandíbula, en la forma de arquear una ceja.
¿Acaso era él?
Sacudí la cabeza. Ridículo.
Y sin embargo…
Seguí caminando. No buscaba nada, pero todo parecía esconder algo. Cada puerta cerrada. Cada escalera. Cada silencio.
Entonces lo recordé.
No su rostro, no su voz. Sino lo que había dicho hacía unos días, con la misma calma con la que se habla del clima.
“¿Recuerdas los campos de lavanda?”
No, no lo recordaba. Y eso me enfurecía. Me senté en un banco junto a una ventana abierta y cerré los ojos, obligándome a pensar. A rebuscar en los rincones polvorientos de mi cabeza.
Lavandas. Pétalos violeta. ¿Un aroma? Tal vez. Un paisaje… no.
La nada misma.
Pero algo se me apretó en el pecho. Como si mi cuerpo sí supiera de qué hablaba, aunque mi mente se negara a colaborar.
Me puse de pie bruscamente. Quería aire. Mucho. Y respuestas. Pero Rael parecía haberse tragado las dos cosas.
Llegué al jardín central de la casa. Una fuente enorme en el medio, rodeada de rosales perfectamente podados y bancos de piedra.
Y ahí estaba él.
Sentado con una copa de vino, solo. Mirando las nubes como si fueran a contarle el futuro.
Me detuve antes de que me viera. O eso creí.
—¿Qué parte del recorrido de la casa te gustó más?
Su voz me alcanzó sin que moviera un músculo.
—La que no tiene tu cara colgada en la pared —respondí, sin pensar.
No se rió. Pero tampoco pareció molesto. Solo giró la copa lentamente entre los dedos.
—¿No te parece extraño estar casada con un hombre del que no sabes nada?
—Me parece más extraño que tú estés casado con alguien a quien claramente desprecias.
Él giró la cabeza hacia mí.
—¿Crees que te desprecio?
—Lo que creo es que hay algo que no estás diciendo. Y que cada vez que me miras, pareces... molesto. Como si esperaras algo de mí que no estoy cumpliendo.
—Ni siquiera sabes de lo que estás hablando —dijo en voz baja.
Quise gritarle. Pedirle que dejara de hablar con acertijos. Pero me contuve.
Me senté en el borde de la fuente, de espaldas a él. Si no lo miraba, si no dejaba que su presencia me robara el aire, tal vez podría mantener el control.
—Dijiste algo de lavandas. El otro día.
Silencio.
—¿Qué era?
—No tiene importancia ya.
—¿Era un recuerdo nuestro?
Él tomó un sorbo de su café mientras me miraba fijamente pero solo trabó la mandíbula y no dijo nada.
Cerré los ojos. Otra vez esa presión en el pecho. Como una semilla atrapada bajo la tierra, empujando para salir.
—No se quien eres. ¿Cómo se supone que voy a recordar un campo de lavandas?
Él se puso de pie. Lo sentí detrás de mí. Inmóvil. Demasiado cerca.
—Tal vez no debes recordar todavía.
—¿Por qué no?
—Porque no. —respondió, y su tono sonó con una mezcla de ira contenida y tristeza.
Me giré bruscamente. Y lo miré.
Sin embargo su rostro me decía otra cosa. Por primera vez desde que lo conocí, no vi ira, ni poder, ni cinismo.
Solo vi miedo.
Un instante. Solo eso.
—No entiendo nada —dije, bajando la voz.
Rael se inclinó, y aunque no me tocó, lo sentí a una distancia que me erizaba la piel.
—Y no tienes que hacerlo todavía. Pero sí puedes observar. Escuchar. Y quedarte.
—¿Eso es una orden?
—Es una oportunidad, para ti y para tu familia.
Me levanté. Me odiaba por lo que iba a hacer, pero lo hice igual: caminé hacia él. Despacio. Como si me acercara a un león dormido. Me detuve a solo un paso.
—¿Y si no quiero quedarme?
—Entonces te quedarás igual. Porque ahora es tu deber, ‘querida esposa’.
No le respondí. Sentía una mezcla de rabia y algo más así que solo me fui. Tan rápido como me lo permitieron mis piernas. Y aunque no lo vi moverse, su sombra me siguió hasta la puerta.
Y quizá, hasta mis sueños.