Nadine
Quiero que todos los arreglos de ese evento queden preciosos, y así será. Estoy emocionada por ver mis flores en aquel salón, es como ver una parte de mí desplegarse frente al mundo.
Dante es un idiota. Uno muy guapo, además, y que me atrae más de lo que estoy dispuesta a admitir. Su mirada es un misterio, oscura, intensa… Y la curiosidad me arrastra hacia él como un imán que no sé evitar.
Me preparé con las flores que necesitaría para el evento. Lisa está siendo de mucha ayuda, como siempre.
Un día antes del evento, llegó a la floristería una caja hermosa. Dentro, un vestido precioso en color rosa. Me enamoré con solo verlo. En la caja había también una tarjeta.
"He notado que te gusta mucho el rosa. Además, te luce precioso. Úsalo mañana.
D."
Sí, tiene razón, me encanta el rosa y los colores suaves, pero yo amaría cualquier color si viene en un vestido como ese. Y aun así… ¿por qué siento que esto significa más de lo que debería?
Día del evento
—¿Están listos los últimos arreglos? —pregunto a Lisa.
—Sí, el de la flor rosa también ya está preparado —responde.
—Bien, entonces vamos. Debemos dejar todo listo antes del mediodía.
Ella asiente y salimos. El transporte ya nos esperaba, al llegar, el salón estaba casi vacío, con los meseros y decoradores entrando y saliendo como sombras que flotaban entre el silencio.
El aire olía a cera, a madera pulida y a ese perfume leve de las flores que traíamos. Respiré hondo. Este era mi momento.
—Lisa, coloca los centros altos en las mesas del fondo, donde la luz es más tenue —indiqué mientras bajábamos las cajas del camión—. Los bajos van al frente. Quiero que todo tenga ritmo cuando entren.
Ella se apresuró a hacerlo. Yo misma me encargué de los jarrones de cristal ahumado con anémonas y peonías. Eran pesados, pero necesitaba sentirlos. Quería que cada mesa hablara de mí.
Mientras colocaba la flor rosa en el pequeño broche de la entrada —mi firma— sentí un calor en el pecho. Era la primera vez que dejaba algo tan personal en un evento de esta magnitud.
—Está quedando hermoso —murmuró Lisa desde una mesa—. Nunca vi algo así, Nadine.
Sonreí sin dejar de mirar el broche.
—Gracias.
Entonces lo sentí. Su presencia.
Dante.
Cuando levanté la vista, lo encontré parado en el umbral. Traje oscuro impecable, manos en los bolsillos… y esa mirada que parece un peligro envuelto en elegancia.
Caminó hacia nosotras con pasos seguros, dueño del espacio, dueño del aire. Dueño de algo dentro de mí que no quiero reconocer.
—Impresionante —dijo con voz baja, deteniéndose frente a mí—. No imaginaba que uno de mis eventos podría lucir así.
—Me alegra que le guste, señor Di Luca. Y… gracias por el vestido —dije con una pequeña sonrisa.
Dante se inclinó hacia mí, lo justo para que su voz quedara atrapada solo entre mis oídos.
—Ya quiero ver cómo brillas entre mis invitados —susurró.
Después dio un paso atrás, sin romper el contacto visual.
—Nos vemos más tarde, Nadine. Sé puntual.
Y se fue, dejándome con el corazón desacompasado, los labios entreabiertos… y la sensación de que esta noche algo va a cambiar. Aunque no sé si para bien o para mal.
…
Luego de terminar con todo me dirigí a la floristería para prepararme para el evento. No quiero hacer esto, pero era parte del trato. Todo era por mi floristería. El único lugar que se siente tan mío en este mundo.
Espero que Santiago no se vuelva a cruzar en mi camino, pero eso sería pedir mucho.
Salgo del pequeño cuarto cuando estoy lista. Lisa aún está afuera dejando todo en su lugar.
—¡Dios! Que preciosa te ves —dijo en cuanto me vio.
Me gire para verme en uno de los espejos, el vestido era perfecto, demasiado perfecto. Abrazaba muy bien cada curva de mi cuerpo, pero algo dentro de mi no me hizo sentir muy bien, esa sensación de que de nuevo iba a ser exhibida como un trofeo bonito, solo una decoración del brazo de un hombre poderoso.
A Santiago le encantaba que le dijeran lo hermosa que yo era, les gustaba solo lo que miraban por fuera, pero a nadie le importaba que yo fuera más que una cara bonita. Esos eventos de millonarios estúpidos, empiezo a odiarlos más de lo que ya lo hacía.
—Gracias Lisa —le sonrió.
—Afuera ya hay un auto esperando por ti —señala y veo él hermoso auto n***o estacionado enfrente.
—Cierras bien por favor. Nos vemos el lunes me despido de ella.
—Ve y disfruta Nadine.
Salgo de la floristería con mi bolso en las manos, caminando con cuidado. El chofer me saluda y me ayuda a subir al auto. Todo el trayecto es silencioso. Quisiera poder salir huyendo y no me mezclarme nuevamente con esa clase de personas.
Cuando llegamos el chófer me ayuda a bajar. La mayoría de los invitados ya están en el lugar. Observo nerviosa a todos lados en busca de Dante.
Un escalofrío me recorre la espalda, antes de escuchar su voz.
—Parece que no me equivoqué —susurra en mi oído.
Puedo sentir su cuerpo tan cerca del mío.
—Estas preciosa Nadine.
Me giro y él me observa con una sonrisa ladeada. Mi corazón golpea fuerte contra mi pecho. Está guapo, demasiado guapo, su aroma me envuelve.
—El vestido parece hecho para ti —se inclina un poco y su aliento se mezcla con el mío.
Alejate Nadine, me digo.
—Gracias, veo que todo va muy bien —digo, obligándome a dar un paso hacia atrás.
Dante sonríe. Su sonrisa es peligrosa, pero yo debo ser fuerte para resistir a todo lo que este hombre pueda provocarme.
—Así es. Vamos —dice y me ofrece su brazo.
Suspiro y lo tomo. Caminamos juntos, algunas personas nos observan curiosas, otras se acercan para saludar a Dante y hablar de negocios. Parece que la gente no puede pensar en otra cosa que no sea hacer dinero. Lo entiendo, de esto trata cada maldito evento. Estoy acostumbrada.
—Mis invitados no pueden dejar de mirarte, te dije que ibas a brillar entre ellos —susurró inclinándose hacia mí.
Levanto mi mirada, sus ojos oscuros no se apartan de los míos, hay un brillo en ellos, uno que no se lo que significa, por un momento me pierdo ahí en esa mirada que parece decirme algo que yo no logro entender. El murmullo de la gente desaparece y solo escucho los latidos acelerados de mi corazón.
No sé cuánto tiempo pasamos así solo mirándonos en silencio hasta que alguien interrumpe.
—Señor Di Luca —llamó su asistente— su padre llegó.
Vi cómo la mandíbula de Dante se tensó apenas un segundo. Luego compuso su gesto, ese rostro serio y contenido que tanto lo caracteriza.
—Ahora voy con él —respondió en un tono tan gélido que hasta sentí una brisa helada— ven conmigo —pidió.
—Pero…
—Eres mi acompañante así que debes estar conmigo —dijo firme.
Estuve tentada a replicar, pero él tenía razón y también recordé las razones por las que estaba aquí.
Maldito imbécil, solo le importa que lo vean con una mujer linda a su lado. Hay mujeres más lindas que yo, debería buscarse una de esas.
Con cada paso que dábamos sentía un frío extraño recorrerme, creí que era la presencia de Dante.
Pero de repente el murmullo del ambiente cambió de tono cuando nos acercamos al hombre mayor. Alto, de porte elegante, cabello gris perfectamente peinado y unos ojos… intensos. Tan oscuros como los de Dante, pero con una dureza que helaba.
Había poder en él.
Poder y… algo que me puso la piel de gallina.
Dante caminó hacia él y yo lo seguí con pasos lentos, cuidando no tropezar con la mezcla de nervios y curiosidad que me invadía.
Cuando llegamos, el padre de Dante ya tenía los ojos puestos en mí.
Y fue ahí cuando sucedió.
Una sensación profunda, casi antigua, me recorrió.
Lo conozco…
No sé de dónde, no sé de cuándo… pero lo conozco. O al menos esa era la sensación que tenía. Mis dedos se hundieron en el brazo de Dante, él pareció no sentirlo.
Su padre se quedó quieto. Sus ojos me observaron con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Como si yo fuese un fantasma que no esperaba ver.