Nadine
El padre de Dante me siguió recorriendo con la mirada. Me aferré al brazo de Dante y a él parecía no importarle.
—Papá, qué bueno que ya estás aquí —dijo Dante sin ningún tipo de emoción—. Te presento a Nadine, ella…
—No deberías estar paseando en este evento con una mujer que no sea tu prometida —interrumpió su padre desviando la mirada hacia Dante.
Su voz me hizo estremecer. Trague con dificultad. Mi pecho subía y bajaba con rapidez.
—Es bonita —añadió su padre, mirándome una vez más—. Pero no es ella.
—Ya te dije que no aceptaré ningún maldito compromiso, ahora sí me permites debo de atender algunos socios —Dante acarició mi mano para luego alejarme de su padre.
—Me pareces conocida ¿Vienes de alguna familia importante? —La voz del padre de Dante nos detuvo.
—No, lo lamento. Soy solo una simple chica —respondí con firmeza, aunque todo dentro de mí temblaba.
—Tienes unos hermosos ojos —comentó con una sonrisa fría.
El hombre se alejó, dejándome con una sensación extraña.
Un zumbido comenzó en mis oídos. Las luces del salón parecieron parpadear, volverse demasiado intensas. De repente todo me pareció lejano, las voces, la música…
Entonces ocurrió. No fue una imagen clara.
Fue una sensación. Calor. Demasiado calor.
Mi pecho se oprimió.
Vi una pared oscura… ¿madera? Escuché un crujido seco, como algo rompiéndose.
Y luego humo. Espeso. Sofocante.
Parpadeé con fuerza.
—Nadine —escuché la voz de Dante, lejana—. ¿Te sientes bien?
Quise responder, pero otra imagen se impuso.
Un pasillo estrecho.
Una puerta cerrándose de golpe.
—Estoy aquí —una voz femenina, desesperada—. Todo va a estar bien.
Mi garganta se cerró.
—¿Nadine? —repitió Dante, esta vez más cerca.
Me llevé una mano al pecho. El corazón me latía con violencia, como si quisiera escapar.
—Yo… —murmuré—. No sé qué me pasa.
El lugar se volvía cada vez más claro y a lo lejos pude visualizar al padre de Dante, que nos observaba atento.
Aparté la mirada y me concentré en Dante, que me observaba con una preocupación genuina. El salón volvió a invadirme con sonidos, risas, copas chocando, conversaciones… pero yo ya no estaba allí del todo.
En mi mente, una última imagen apareció, fugaz e incompleta.
Llamas reflejadas en un vidrio.
Un hombre alejándose entre el humo.
Y unos ojos oscuros… mirándome por última vez.
Duerme… todo estará bien…
Solté el brazo de Dante sin darme cuenta.
El miedo me recorrió entera. Porque no sabía quién era ese hombre en mi recuerdo.
Porque aquello era un recuerdo. Algo que mi mente había enterrado. Algo confuso… pero real.
Algo se había desatado al ver a ese hombre.
Y necesitaba saber por qué.
Por qué aquí.
Por qué ahora.
Por qué él.
Esto tenía que ver con mi pasado.
Y, por ahora, solo había una persona que podría darme respuestas.
Mi tío.
Dante Di Luca
La forma en que Nadine soltó mi brazo no fue normal. No fue torpeza. Fue miedo.
—Nadine —dije de inmediato, colocándome frente a ella—. Mírame.
Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un punto que no existía. El color de su rostro había desaparecido y su respiración era irregular.
—Oye… —bajé la voz, ignorando por completo el ruido del salón—. Estás aquí. Conmigo.
Apreté ligeramente sus manos entre las mías, sin importar quién pudiera vernos. El evento, los socios, la imagen… todo quedó en segundo plano.
—Respira conmigo, ¿sí? —pedí—. Inhala… despacio.
Ella intentó seguirme, pero su cuerpo aún temblaba. No sé qué le había pasado, de repente ella se puso de esta manera.
Mi padre buscó intimidarla, quizá por eso ella esté así.
—¿Quieres que te lleve a casa? —le pregunté, llevando con cuidado un mechón de su cabello rubio detrás de la oreja.
Nadine respiró hondo antes de mirarme fijamente.
—No… no puedo arruinarte tu evento. Solo necesito un poco de aire y quizá algo de beber —respondió, ya más tranquila.
Desde la primera vez que la conocí, era la primera vez que no parecía querer enfrentarme.
—Ven —dije con suavidad—. Salgamos un momento.
La tomé de la mano y la conduje fuera del salón, por el pasillo que daba a un pequeño balcón. El ruido quedó atrás cuando empujé la puerta.
El aire frío nos golpeó de inmediato. Nadine se abrazó a sí misma, alzó la mirada, cerró los ojos… y pareció relajarse un poco.
Me quedé en silencio, observándola.
Ese vestido le quedaba precioso. Su belleza era imposible de ignorar, pero no era solo eso lo que me arrastraba hacia ella. Había algo más, algo que todavía no sabía nombrar. La quería cerca y, al mismo tiempo, me asustaba lo fácil que una mujer como ella podía meterse en mi cabeza en tan poco tiempo.
No podía permitir que se volviera una necesidad. No la conocía lo suficiente. Pero quería hacerlo. Quería saberlo todo de ella. Incluso lo que callaba.
Me acerqué de nuevo, me quité el saco y lo coloqué sobre sus hombros.
—Hace frío —murmuré.
—Estoy bien, no es necesario —se giró para quitárselo, pero no la dejé.
Mi mano se posó sobre la suya. Nuestras miradas se encontraron y sentí ese tirón invisible que siempre aparecía cuando estaba cerca de ella. Di un paso más.
Nuestros cuerpos quedaron a centímetros de tocarse.
Sus ojos…
Dios, sus ojos eran hermosos.
Y del mismo color que los de Ami.
No quería ver en Nadine lo que Ami pudo haber sido. No quería compararlas. Pero era imposible no pensarlo.
—Estás comprometido —dijo ella.
No era una pregunta. Era una afirmación.
—No —respondí, inclinándome un poco—. No lo estoy.
—Eso no fue lo que dijo tu padre.
—Eso es lo que él quiere —dije con voz baja—. Pero no es lo que yo quiero. No quiero ese compromiso. No quiero a esa mujer.
Mi mirada descendió hasta sus labios. Gruesos. Tentadores.
Una maldita tentación.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó cuando me acerqué un poco más—. Aléjate, Dante. Tú eres como Santiago. Y su mundo y el mío no encajaban.
Mi expresión cambió por un segundo.
—No soy como él —dije con firmeza.
Mi mano atrapó su cintura y la acerqué a mi cuerpo sin brusquedad, pero sin permitirle escapar.
—Yo podría hacer que mi mundo encaje con el tuyo si quisiera —añadí, con la voz cargada de una verdad que me sorprendió a mí mismo—. Haría cualquier cosa. Pero ahora… ahora solo quiero comprobar algo.
Ella contuvo el aliento.
—¿Qué…?
—Que tus labios son tan peligrosos como parecen.
Y sin darle tiempo a responder, acorté la distancia y uní mis labios con los suyos, decidido a probar aquello que llevaba toda la noche tentando mi autocontrol