CAPÍTULO 7. En un rincón acogedor de mi hogar, el reloj marcaba un breve respiro en mi apretada rutina. Con el suave murmullo de la televisión de fondo y mi amiga Katy relajada en el sofá, la paz parecía haberse apoderado de la tarde. Sin embargo, el vibrante tono del teléfono interrumpió este momento de serenidad. —Es mi día libre, no puedes hacerme esto, Amelia —expresé con una mezcla de exasperación y resignación, sosteniendo el teléfono contra mi oído mientras observaba a Katy sumida en su maratón de "Grey's Anatomy". —Por favor, Alex, ¡ven! ¡Te lo estoy suplicando! —La voz de Amelia, cargada de urgencia y súplica, resonó al otro lado de mi celular. Mi mirada se desvió hacia Katy, que estaba plácidamente acomodada en mi sofá, ajena a la conversación que se desarrollaba. Sabía que

