La algarabía de la bienvenida había logrado camuflar algo que estaba a la vista de todos. Munay y Martin no habían logrado dejar de estudiarse. Sonreían con camaradería, ella incluso había dado un pequeño discurso de bienvenida pero aún en ese momento, lo único en lo que podía pensar era en la presencia de Martin allí, en su lugar, en su escondite.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué después de tantos años? ¿Sabía que ella estaría allí? Sus ojos transparentes le habían traducido que no, que estaba tan sorprendido como ella, pero con él nunca se sabía. En el pasado se había mostrado molesto cuando en verdad estaba conteniendose, le había dicho algo para luego hacer justo lo contrario, había utilizado las mismas herramientas que ella para esconderse a la vista de todos y eso volvía su reflexión más confusa.
-Seño, ya está lista la merienda.- le anunció Laura, rescatandola de esa nebulosa en la que cada suposición era peor que la anterior.
-Gracias, Laurita, anda yendo que yo me uno más tarde.- le dijo con una enorme sonrisa. Necesitaba un respiro, había estado todo el día en el mismo lugar que él y eso comenzaba a pesarle. Los recuerdos eran tan contradictorios que ni ella lograba entenderse. Había odiado verlo tanto como le había encantado.
Estaba igual, no igual, estaba mejor. Ahora tenía su rostro definido por ligeras líneas de expresión que le daban un aspecto más varonil, si es que eso era posible, su cabello más corto y prolijo y esa incipiente barba clara que combinaba con ese dejo de rebeldía que siempre había tenido.
Se acercó a un pequeño espejo que había en aquella aula, uno que había comprado luego de pasar toda una tarde con pintura en su mejilla sospechando que las sonrisas por lo bajo tenían un fundamento.
Se miró entrecerrando sus ojos, ella también tenía marcas del tiempo en su rostro, si antes se había sentido como alguien que no podía gustarle, ahora no tenía dudas, el tiempo había sido mucho más favorable para él.
-Seguis siendo preciosa.- oyó y se sobresaltó tanto que golpeó el escritorio y el portalápices dejó caer todos sus útiles al piso, ofreciéndole la salida perfecta.
Munay se agachó para recogerlos y Martin se acercó para ayudarla.
-Están sirviendo la merienda en el comedor.- le dijo ella al ver que se acercaba y él sonrió de ese modo que la transportó a un pasado que había insistido en sepultar.
-Ya sé, pero quería aprovechar para hablar con vos.- le dijo sin disimular sus intenciones.
Muny alzó su vista incrédula. ¿De qué era de lo que quería hablar? No sabía si estaba preparada para hacerlo, prefería que las dos semanas que iban a quedarse los estudiantes pasaran y regresar a su vida sin sobresaltos. No quería hablar del pasado, no podía.
-Quería saber cómo habías estado. Después de ese día, yo...- comenzó a decir, pero ella se puso de pie con rapidez acomodándose el cabello para mitigar sus nervios.
-Estoy bien.- dijo rápidamente para evitar que continuara por ese camino.
Martin colocó los lápices que había recogido en el contenedor y apretó sus labios. Había tanto que quería decirle, no sabía por dónde empezar, la conocía demasiado bien, sabía que ella no quería hablar del pasado y también sabía el por qué.
Munay se animó a mirarlo con más detalle, había bajado su vista y se tocaba los dedos en un gesto que no le había visto antes, parecía nervioso, algo que nunca se permitía revelar.
-¿Te casaste?- le disparó dirigiendo sus ojos a la alianza que ahora él había comenzado a girar, para luego asentir con su cabeza. No quería decir la palabra si, sabía que podía lastimarla
. -Tengo un hijo también, Justo, tiene cinco años.- le dijo tomando su teléfono del bolsillo para enseñarle una foto. Si quería hablar con ella, tenía que empezar con decirle toda la verdad.
Munay miró la foto y por primera vez sonrió en su presencia, era un pequeño hermoso, tenía sus ojos y su misma sonrisa pensó con nostalgia
Martín la observó de reojo, esa sonrisa se sentía tan suya que comenzó a dolerle.
-Es muy lindo.- le dijo ella y al alzar sus ojos esa mirada del pasado, la misma que lograba hacerla temblar desde las puntas de los pies, la atravesó sin previo aviso y su reacción se repitió. Se alejó como si quemara volviendo a golpear el escritorio solo que esta vez él tuvo los reflejos para evitar que el portalápices volviera a caer.
-Perdón, estoy un poco torpe hoy- se excusó ella y él eligió no contradecirla, al fin y al cabo él se sentía igual, preso de un creciente deseo de hacer algo que no podía.
-¿Sos feliz acá?- le preguntó como si una respuesta afirmativa pudiera borrar tanto dolor y sin embargo, ella no respondió.
En su lugar entrecerró sus ojos como si necesitara determinar por qué le hacía esa pregunta y colocó sus manos sobre el escritorio para evitar volver a cometer una torpeza.
-¿Vos?- le repregunto sin dejar de observar sus labios, conocía muy bien la arruguita que se marcaba sobre ellos cuando mentía y no quiso perdérsela.
-¿Existe la felicidad completa?- le preguntó él evitando caer preso de esa mirada que bien conocía.
-Alguna vez creí que sí, pero… la verdad es que ahora mismo no se que decirte.- le confesó ella. Habían pasado el momento incómodo, ese en el que ninguno sabía muy bien donde estaba parado, habían decidido dejar de lado los miedos para volver a sentirse como esos jóvenes que alguna vez habían sido y ella fue la primera en demostrarlo, con su respuesta sincera y su sonrisa genuina.
Martin suspiró y llevó sus manos a su cabello dorado mientras negaba con su cabeza, parecía abrumado.
-No puedo creer que después de tantos años de búsqueda el destino te hubiera puesto acá, en este momento de mi vida.- dijo con rencor en su voz. Se había apartado un poco e intentaba recuperar su personalidad segura.
Ella decidió ignorar el hecho de que hubiera dicho “años de búsqueda” y acercó su mano para depositarla sobre su brazo.
-Estoy bien, Machu, esto no cambia nada.- le dijo y al oír aquella forma tan única de llamarlo su corazón casi se quiebra en mil pedazos.
Giró para atrapar su mano entre la suya sin dejar que lo soltara, el contraste volvió a ser evidente, pero no así su conexión
-Pero yo no.- le confesó cerrando sus ojos para intentar contener la frustración que amenazaba con desbordarse.
-¡Seño, seño!. ¡Ya estamos listos para sus historias!.- gritó Sami, que ajeno a lo que acababa de pasar, entró sin disimulo tomando la mano de Munay para tirar de ella.
Y obligados a separarse ella volvió a buscar sus ojos para luego mostrarle una sonrisa verdadera.
Quería decirle que lo había escuchado, que lo entendía y sobre todo que lo había perdonado. Solo que lejos de alegrarlo, aquella forma, que ella siempre encontraba de hacer las cosas bien, lo había aniquilado y sin fuerzas para luchar alzó su mano para indicarles que los alcanzaría luego y una vez que estuvo solo se sentó apoyando su cabeza sobre sus manos para liberar por fin un sentimiento que llevaba 12 años atormentandolo.