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1302 Palabras
Los ojos negros curiosos en los rostros tersos y oscuros de los niños anunciaban que algo bueno estaba por venir. Los adolescentes provenientes de la ciudad de Buenos Aires, con su costosa ropa de montaña y sus teléfonos carentes de uso en aquella zona sin señal, los acompañaban, con sus piernas cruzadas sobre el pasto. Habían compartido una almuerzo exquisito y abundante, con hortalizas que nunca antes habían probado y ese sabor especial que le suma la dedicación a los platos. La mayoría parecía feliz, habían elegido asistir al viaje de forma voluntaria y aquella escuela, en el medio de la nada, rodeada de paisajes tan agrestes como envolventes se sumaba al cariño de los pequeños desconocidos que los habían hecho sentir como reyes arribando de un largo viaje. Ahora les habían prometido una historia, una en la voz de la Señorita Muny, una mujer de sonrisa genuina y mirada persuasiva. Una hermosa joven que intentaba mostrarse mayor de lo que en verdad era, pero que guardaba la frescura de la juventud en sus movimientos ágiles y sus comentarios oportunos. Munay llegó con paso firme, aprovechando el trayecto para agazapar los latidos de su corazón, víctima del recuerdo de su tiempo junto a Martin. No había volteado pero tenía la certeza de haberlo dejado abrumado. Mientras caminaba solo pensaba en regresar, en abrazarlo como lo había hecho alguna vez, en entenderlo, en perdonarlo. Pero ya no era la joven Muni, no era un adolescente que no conocía nada del amor,no era una víctima de la desigualdad, una extraña en un mundo ajeno. Ahora era la señorita Muny, en su propia tierra, dueña de sus elecciones y sabía lo que podía esperar de los demás y lo que no podía permitir. Los aplausos de los pequeños y no tan pequeños, ya que la escuela contenía a todos los niños entre los 4 y los 12 años, con excepción de dos jóvenes de 15 y 16 que no se habían querido ir a la ciudad, hicieron que Munay recuperara la sonrisa. -¿Y bien ? ¿Qué les ha parecido el almuerzo?- pregunto intentando estudiar a los citadinos en esa etapa adolescente en la que no quieren mostrarse a gusto, pero en el fondo siguen disfrutando de las cosas simples. -Uff, creo que abundante y muy rica por supuesto.- dijo Manuel, uno de los profesores que acompañaba el contingente y ella le devolvió la gentileza con su mirada y sus labios curvados hacia arriba. -Y esto recién empieza, prepárese para la mejor cocina escondida en el monte.- dijo mientras tomaba asiento en el suelo imitando la postura de los allí presentes. -Bien, entonces, me dijeron que tenían ganas de escuchar una historia.- agregó logrando aplausos y vítores de sus alumnos siempre fieles a su amor y fascinación por ella. -La de Jasy Jatere.-pidió Sami. -La del Coquena.- dijo otro de los niños. -La del tucán Caramarilli.- pidió una de las niñas y Munay alzó sus brazos para calmar a sus niños que emocionados por mostrar todo lo que podían a sus visitantes habían comenzado a alzar la voz. -Bueno, bueno, tranquilos, vamos a tener mucho tiempo juntos, podemos contar todas las historias que quieran. Pero hoy me gustaría comenzar con otra, una que creo que puede generarles expectativas. - dijo Munay acomodándose para comenzar. -A unos pocos kilómetros de aquí hay una zona surcada por dos ríos. En medio de ellos se abre un gran prado que permite una buena visión del horizonte y a sus márgenes se despliega una tupida vegetación que ofrece una buena disuasión en caso de necesitar no ser vistos. Por eso, cuentan que en la época de la conquista aquella zona sirvió de asentamiento tanto para los españoles como para las tribus que habitaban en el 1500 y pico por aquí. - explicó con ese tono envolvente que logró llamar la atención de todos los presentes. -El Río Xibi Xibi, del lado izquierdo actuaba de límite natural para la tribu y el cacique ordenó a toda su gente que se mantuviera alejada de los españoles, formó filas de defensa y aisló a sus hombres para protección. Pero el cacique no sabía que su hija, la princesa Oderay, una joven curiosa y hermosa, lograba disuadir a su protector y se escondía entre los arbustos para espiar a los hombres blancos, tan extraños como llamativos para ella. Sus paseos vespertinos la fueron llevando cada vez más lejos, hasta que un día en el que se aventuró a mojar sus pies en las aguas del río el soldado Martín de Zárate, la descubrió. Unos años mayor que ella, lejos de capturarla o amedrentarla quedó tan absorto de su belleza que luego de estudiarla durante algunos días se animó a acercarse. - contó con sus ojos elocuentes, convencida de que aquella historia guardaba algo de realidad. -Y en la vera del río la conexión se volvió innegable, imposible de evitar y la curiosidad de Oderay se convirtió en amor por aquel español que cayó en la misma suerte. Y su historia se tejió ajena a las miradas, a los prejuicios y, sobretodo, a los colores. - dijo mientras alzaba su vista y una silueta que nunca había podido olvidar se acercaba, sin poder evitar oír sus palabras. -Pero los amantes no conocían el destino, uno que los obligaría separarse. La expedición del soldado se movería hacia Santiago de Estero y la tribu de Oderay se quedaría allí. Esa noche, luego de escuchar las noticias, la princesa lloró derramando sus lágrimas en el río y cuenta la leyenda que el mismo río se levantó para intentar consolarla. Al conocer el motivo de su pena, el río le dijo que no llorara más, que si ella lo amaba él iba a regresar, que le diera de beber de sus aguas y entonces solo tendría que esperar.- Munay intentaba no mirar a Martin, pero era una tarea casi imposible, ya que sus ojos claros no podían dejar de acecharla. -Pero Martin se fue, completó su misión en Santiago del Estero, llegó a Chile y luego fue enviando de regreso a España y mientras tanto ella esperó y esperó. Confiada en su visión de esa noche, acrecentando el río con sus lágrimas cada día, con el recuerdo del contraste y del amor. Esperó largos años, sin cumplir con el mandato del cacique, espero en soledad, espero aferrada a su fe y cuando estaba punto de desesperar, más vieja y más cansada, una figura blanca, en contraste con el paisaje, se dibujó en el horizonte y ya no supo si soñaba o había muerto. No fue hasta que Martín de Zárate la tomó entre sus brazos y le confesó que a pesar de haberlo intentado nunca más había logrado ser feliz, que ella supo que el río no le había mentido. - dijo sonriendo por primera vez frente a su propia figura blanquecina en medio del paisaje. -Por eso la leyenda cuenta que quien beba del río Xibi Xibi regresará a Jujuy. “Si en el cuenco de las manos, agua del río se bebe, propiedades tan brujas trae el río en su corriente, que caminando al olvido, al amor retorna siempre. O tal vez no sea el río, sino mis ganas de verte las que me llevan y traen a tu provincia celeste.”- cerró su relato con aquel poema y todos aplaudieron satisfechos. La voz de Munay tenía el poder de eclipsar a quien la escuchara y el murmullo comentado lo oído llenó el monte reconfortando el corazón de la narradora que se sintió satisfecha por su elección. Solo un corazón parecía quebrarse, uno que no estaba seguro de poder regresar, uno que todavía se sentía culpable, uno que moría por beber de aquel agua, pero que no era lo suficientemente valiente para hacerlo.
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