—Ah… y por cierto —añadió, como si fuera un detalle menor—, algunas de ellas son tan buenas que hasta pienso en quedarme con una como amante fija. Total, tú seguirías aquí, como mi esposa oficial, la que se sienta en cenas aburridas y sonríe para las fotos. Y ellas… ellas serían las que me recuerden lo que es vivir. —¿Te escuchas? —logré decir, con la voz rota pero cargada de rabia—. Eres un cerdo, Philippe. —¿Y? —respondió con frialdad—. Prefiero ser un cerdo feliz que un hombre amargado con una esposa muerta por dentro. Su mirada era un reto, como si esperara que yo me derrumbara delante de él. Y aunque quería gritar, llorar, patear, me obligué a no darle ese placer. Me quedé mirándolo, helada, mientras por dentro todo se me rompía. —Te voy a decir algo más, Claire —dijo, como si tod

