- Placer –escuchar esa palabra sin que ella emitiera alguna emoción hizo que Akira tragara saliva-. Cada caricia tuya enciende en mí un fuego que no sabía que conservo en mi interior. Tus besos, en especial los que me das en el cuello, hacen que una electricidad recorra mi columna y explote en mi entrepierna. Sé que el deseo y el placer están más relacionados al sexo que al amor, pero también sé que en algún momento nuestro amor nos llevará a querer unirnos con un gozo que va más allá de lo físico, así que creo que no está mal que me produzca placer el que me beses, abraces y acaricies.
- ¿Estás segura, Mika chan? –preguntó Akira mientras jalaba el cuerpo de Mika para que esta termine sentada a horcajadas encima de él-. ¿No hay nada malo en que te desee? –la mirada de Akira había cambiado a un tono cálido que no había visto antes en él, uno que era una mezcla de marrón caramelo y naranja, como si en sus ojos se reflejara el fuego.
- No. Yo también te deseo. Llevo meses fantaseando con la idea de cómo luce tu pecho porque nunca te he visto sin camisa –Akira se mordió el labio inferior, algo que a Mika le pareció un gesto muy sensual. Sin que la hija Sato se lo esperara, el joven Müller se quitó la remera que llevaba esa tarde, una que era holgada y no permitía notar el bien esculpido torso que tenía. Mika no expresaba nada en su rostro, pero que sus ojos no se despegaran del pecho y abdomen de Akira, que su mirada fuera de un lado al otro observando cada detalle de esos músculos bien definidos, dio a entender que ella estaba gozando de la vista.
- ¿Es como te imaginaste? –la voz de Akira empezaba a sonar grave, como si estuviera apretando la mandíbula para no perder el control de sus impulsos.
- Mejor –su respuesta le hizo sonreír satisfecho del grato impacto que causó en ella. Para que Mika pudiera observarlo mejor, Akira tiró su tronco hacia atrás, apoyando su espalda en el respaldar del sofá. La imagen de Mika perdida en lo que admiraba le pareció tan sexy a Akira que sin proponérselo empezó a tener una erección. La brillosa piel bronceada del joven Müller provocó en la hija Sato el deseo de tocar los abdominales; ella quería pasar sus dedos sobre los surcos que se marcaban entre los músculos bien definidos de esa zona del cuerpo de su amado.
- Mika chan, recuerda que no soy de piedra y que Kaya san y Osamu san están en el piso de arriba –dijo Akira entre dientes, haciendo puño mientras estrujaba los cojines del sofá, cuando ella empezó a delinear cada músculo de sus abdominales.
- Se siente bien tocar tu cuerpo, Akira kun –aunque no lo mostraba, Mika estaba tan o más excitada que Akira.
- Yo también quiero tocar –pidió haciendo su mejor esfuerzo por no soltar el deseo que ya lo estaba sobrepasando porque si lo hacía era capaz de caer sobre Mika y no detenerse hasta haber calmado su sed por ella.
- Hazlo, qué te detiene –y tras escuchar de ella que le concedía el permiso que él necesitaba, Akira pegó su pecho al de Mika y empezó un beso deseoso y muy necesitado.
Las manos de él rodearon las caderas de ella y la acercó para que sintiera lo que estaba provocando que creciera en él. El beso le estaba quitando aire, así que ella movió un poco la cabeza para liberar su nariz de la presión que él ejercía sobre su rostro mientras devoraba su boca. Ese movimiento le dio a él la oportunidad de notar el cuello de ella disponible para recibir sus besos, así que dejó por un momento los carnosos labios para ir a llenar de besos húmedos esa parte del cuerpo de ella que le había confesado que es tan sensible que lo que él hacía ahí explotaba entre sus piernas. Ella se abrazó a él para no caer al mover hacia atrás la cabeza para que él pudiera bajar de su cuello hacia sus clavículas. Para asegurarse que no cayera, él posó sus manos en la espalda baja de ella. Al sentir una mínima porción de la piel de su amada al haberse subido ligeramente la blusa de esta, no perdió tiempo y metió sus dos enormes manos por debajo de la prenda, sintiendo la cálida piel de aquella mujer de la cual se enamoró ni bien la notó a un lado del salón donde se desarrollaba la cena de bienvenida a la que asistió hace año y medio atrás.
- Mika chan, mejor paramos –decía Akira con la voz agitada al ir su corazón a mil latidos por minuto por lo excitado que se encontraba.
- No quiero –dijo Mika mirándolo a los ojos. Ella no mostraba estar extasiada, pero lo que estaba sucediendo entre ellos le complacía muchísimo.
- Mika chaaaannnn –que alargara de esa manera la palabra se debía a que estaba a punto de perder el poco autocontrol que aún conservaba, y ella no hacía mucho para ayudarlo a mantenerse en calma.
- ¿Acaso estamos haciendo algo malo? –preguntó ella con su hermoso rostro tan serio y pasivo como siempre.
- Mika chan, ¿acaso tus padres no te han hablado sobre mantenerte virgen hasta el matrimonio? –preguntó Akira queriendo saber algo más sobre la crianza que ofrecía la familia de su enamorada.
- Sabes que ese tema no es muy fácil que un padre lo hable con su hijo –empezó así Mika a explicarle lo que había Kenji y Natsuki conversado con ella sobre ese tema-, pero mis padres, cada uno a su manera y punto de vista, abordaron la conversación por separado. Mamá me habló lo importante que es para una mujer mantenerse pura e inocente hasta el día en que llegue a su vida el hombre con quien compartirá su vida. Mi padre me aconsejó conocer bien a la persona a quien le entregaría mi intimidad porque cuando suceda, él también se estará entregando a mí y debo reconocer que así sea. Ninguno de los dos habló de matrimonio. Ellos hablaron de la persona indicada, y ese eres tú, Akira kun –aunque su cuerpo estaba acelerado, su corazón bombeando sangre hacia su entrepierna, Akira calmó su mente al sentir la cálida sensación del amor en las palabras que le entregaba Mika.
- ¿Lo soy, Mika chan? ¿Me amas? –preguntó expectante de escuchar su respuesta.
- Sí, Akira kun, te amo. Para mí quererte ya no es suficiente –respondió Mika a la par que acarició el rostro del único hombre que ella quería tener en su vida.
- Mika chan, yo ya te amaba desde un principio, pero no quería hostigarte, hartarte o asustarte al decirte que te amo sin siquiera tener un día conociéndonos. Sé que el amor nace del conocimiento del otro, pero para mí, el simple hecho de saber que existes me basta para amarte –dijo él y dejó un beso tierno sobre la frente de ella-. Y porque te amo, no quiero que nuestra primera vez sea sobre un sofá. Sé que nuestro amor basta para que intimar sea especial, pero si puedo darte más, lo haré, por eso te pido que me permitas planear algo para los dos, darte una sorpresa y hacer memorable ese momento en que nos entregaremos mutuamente. Soy hombre, y he podido conocer el cuerpo de otras mujeres antes que el tuyo, pero mi corazón, mi corazón está intacto en este pecho, esperando el momento para entregártelo por completo, para siempre, porque después de ti, no quiero a nadie más en mi vida.
Mika tomó el rostro de Akira entre sus manos y empezó un muy suave, tierno, casi tímido beso; esa era su respuesta. Ella le entregaba todo el tiempo que él necesitaba para encontrar el momento y acondicionar de la manera más hermosa el lugar donde dejarían de ser dos individuos para hacerse uno solo, en la unión carnal y espiritual que implica hacer el amor, y no solo tener sexo. El joven Müller sonrió sobre los labios de la hija Sato y pronunció un «gracias» que a ella le calentó hasta el alma. Él la quería bien, la amaba, y eso para ella significaba una sola cosa: que no tendría que pasarse la vida esperando que llegue aquella persona especial con quien desearía construir un futuro porque ya había llegado. Ante ese pensamiento, ella se abrazó a él tan fuerte que Akira empezó a reír por lo bien que se sentía al saberse amado.
Las manos juguetonas del joven Müller siguieron acariciando un rato más la espalda baja de la hija Sato mientras le repetía una vez más lo especial que era para él; lo linda que estaba esa noche que se conocieron; que le encantaba que cuando estaba muy contenta empezara a mover su cuerpo como queriendo bailar; que se maravillaba al verla estudiar y destacar en las exposiciones ante su clase, a las que él se colaba solo para verla brillar por lo inteligente, hábil y lista que era; que podría estar así, abrazado a ella, soportando su ligero peso al estar ella sentada a horcajadas sobre él, por toda la eternidad, una que solo se imaginaba y deseaba si ella estaba a su lado. Mika lo escuchaba mientras descansaba su cabeza sobre el hombro de Akira, y sin que ellos se percaten, una sonrisa, producto de la felicidad que empezaba a crecer en ella al sentirse tan amada, se fue formando al estirarse las comisuras de los labios de la hija Sato.
Esa postura, tan íntima y comprometedora, no mostraba las verdaderas emociones que en ellos emanaban. Por más que sus cuerpos estaban pegados, el deseo y la pasión se habían alejado para dejar espacio solo al amor, ese puro e inocente sentimiento con el cual nacieron, y desde el inicio de todo estuvo destinado a ser entregado al otro. Que él estuviera sin remera, con las manos acariciando la espalda baja de ella, daba una impresión completamente inversa a lo que en realidad sucedía, pero eso no lo entendería quien cruzó la puerta del dúplex y cuya visita no se esperaban. Al encontrarse con esa escena, propia de dos amantes que han compartido más que besos y abrazos, el inesperado recién llegado lanzaría un grito que haría congelar la sangre de esos dos jóvenes enamorados porque para ambos estaba claro que el ser hallados infraganti por este personaje solo significaba que la separación era inminente.