Prólogo📖
Tú eras demasiado joven para mí… y aún así, eras lo único que sentía correcto en un mundo lleno de normas que jamás entendí.
Flashback
—¿Por qué no me dijiste tu edad? —escupí la pregunta con una mezcla de frustración y desconcierto.
Ella me sostuvo la mirada con esa calma que me desarmaba.
—Jamás lo preguntaste —respondió, con una media sonrisa que me dolió más de lo que debería—. No mentí. Simplemente no tuve que decir lo que nadie se molestó en preguntar.
Mis labios se entreabrieron, pero no pude decir nada. Porque tenía razón.
¡Maldita sea!, lo sabía. Y ese silencio, ese vacío incómodo que quedó flotando entre nosotros, se sintió como una victoria para ella… pero una que me atravesó como un puñal.
Vi cómo sus ojos se endurecían, cómo me observaba sin miedo, sin culpa. Yo era el transgresor, el único que había cruzado una línea que ella, en su convicción, se negaba a reconocer.
—¿Tienes idea de lo mal que me siento por haberte besado esa noche… de esa forma? —murmuré, apenas, sintiendo la garganta cerrarse con una mezcla insoportable de impotencia y vergüenza.
—No tienes por qué sentirte así —dijo con una dulzura firme que me arrancó el aire—. No fue en contra de mi voluntad. Y mira, Evan, la edad es un número. Antiguamente, chicas de mi edad se casaban con hombres que les duplicaban los años. No digo que esté bien o mal, solo digo que, cuando hay respeto, el amor no debería medirse con una regla cronológica.
Quise gritarle que eso era una locura. Que no entendía nada. Que era una niña inconsciente de la realidad en la que vivíamos.
Negué con la cabeza, con una expresión que no supe controlar. Estaba furioso… no con ella, sino conmigo.
Con este vínculo que no debería existir.
Con esta atracción que se siente demasiado real, demasiado viva, como para ser ignorada.
—Para las niñas como tú, todo parece tan simple… pero no lo es —dije, casi con amargura, sintiendo que me ahogaba en mi propio dilema—. No puedo. Eres una niña, aunque no te veas como una.
Y entonces me protegí como mejor sabía: siendo cruel.
—No voy a hacer esto. Olvida todo lo que pasó. No quiero volver a verte jamás.
Las palabras salieron frías, calculadas. Como cuchillas.
Pero por dentro, algo en mí se estaba rompiendo. Porque aún sin derecho, sin lógica, sin futuro… yo ya la había elegido.
—Perfecto, Evan —dijo con una voz firme que me atravesó más que cualquier grito. —Si no tienes la paciencia de esperar a que, según tus estándares, yo sea “adecuada,” entonces no mereces estar cuando llegue ese momento.
Me sostuvo la mirada, sin pestañear; cada palabra era un desafío directo que me obligaba a enfrentar lo que había dicho… y lo que había destruido.
—Mírame bien, Evan —continuó, con una mezcla de valentía y dolor que me invadió por dentro—. Espero que no te arrepientas de cada palabra dicha esta noche, porque te aseguro algo: yo jamás olvido. Y créeme… esto quedará marcado.
Fin del Flashback
Han pasado cuatro años desde aquella noche.
Y, sin embargo, cada palabra suya sigue resonando con la misma nitidez implacable. Cada noche es una repetición involuntaria: su voz, sus ojos clavándose en los míos con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que me destrozó. Revivo ese instante en mis sueños, como una condena que no se suaviza con el tiempo, sino que se afila con cada día de ausencia.
Durante estos años, su fantasma ha estado presente en cada rincón de mi vida.
Puedo recordar la última vez que la vi, fue el día que su prima Caitlyn Harper se casó… allí estuvo.
Apareció como un espectro hermoso y tangible, con la misma fuerza luminosa de siempre. Seguía siendo la misma adolescente en apariencia, pero algo en su presencia había cambiado.
Estaba más erguida. Más contenida.
Desde el otro extremo del salón, la contemplé envuelta en luces ámbar y murmullos ajenos. Su presencia no necesitaba anunciarse: se imponía con la delicadeza sublime con la que sus dedos acariciaban el piano, transformando cada nota en un hechizo.
Su sonrisa seguía siendo capaz de eclipsarlo todo, incluso la punzada en mi pecho. No me atreví a acercarme. Solo la miré, con la cobardía del que se sabe culpable y la esperanza de un idiota que no ha podido seguir adelante.
Desde la boda de mi hermana hasta aquella noche, no ha habido un solo instante en que no la viera junto a él.
Junto a ese hombre.
Jacob Harrison.
El tipo que nunca falta, que siempre la escolta, como si el tiempo le hubiera concedido un derecho que a mí se me esfumó en una sola noche… y por decisión propia.
Desde entonces, he acudido a cada reunión familiar con la absurda esperanza de verla, de alcanzarla siquiera con la mirada, aunque fuera por un instante entre la multitud. Me bastaba con comprobar que estaba bien, con capturar su sonrisa desde lejos.
Pero ella no volvió… ni siquiera como un destello entre la gente.
Ni cuando nacieron mis sobrinos. Ni en sus cumpleaños, ni en los aniversarios que celebraban su primo y mi hermana.
A veces me preguntaba si su ausencia era un castigo cuidadosamente calculado…
Si su astucia, esa inteligencia precoz que siempre la distinguió, la volvía inalcanzable a propósito.
Porque así lo sentía: había desaparecido del mapa. El mundo entero parecía haberse confabulado en un pacto silencioso para mantenernos irremediablemente separados.
Y en esa distancia —constante, cruel— comenzaba a entender que quizás esa era su forma de decirme que no me había perdonado.
Desde entonces, no he sido más que un cascarón bien vestido. Camino, respiro, sonrío cuando la ocasión lo exige… pero todo lo hago en automático. Me he vuelto distante, inaccesible, casi hermético. Solo me permito ser verdaderamente yo con aquellos a quienes amo: mi familia… y mis tres sobrinos, que son lo único capaz de arrancarme una risa genuina.
He vivido con una esperanza muda, aferrado a la idea absurda de volver a verla algún día. De que el destino —o el remordimiento— se apiade y nos cruce de nuevo, aunque sea en el borde de una coincidencia.
Durante estos años me he sumido en mi formación empresarial con disciplina casi obsesiva. Me he entregado por completo a mis proyectos, descubriendo que la responsabilidad puede ser una forma elegante de huir de uno mismo.
Esa tarde, en mi oficina, mientras revisaba la última propuesta para Maverick Motors, la puerta se abrió sin anuncio previo.
—Hijo, ¿cómo estás? —preguntó mi padre, Dante Olsen, con esa voz que solo usa cuando quiere hablar de algo más que trabajo.
—Hola, papá. Bien… Ya sabes, trabajando. Esta noche viajo a Londres. Quiero concretar la alianza con Asher Fox. Te lo había comentado, ¿recuerdas?
—Sí, hijo, lo sé. Pero mi pregunta no va por ahí. ¿Cómo estás? —preguntó esta vez de manera más pausada y haciendo énfasis en cada palabra, como queriéndome hacer entender el verdadero significado de su pregunta, y entonces presionó con su dedo índice mi pecho, específicamente en el área donde está el corazón.
Levanté la mirada, sorprendido.
—¿A qué te refieres?—pregunte
Mi padre exhaló profundamente y se sentó frente a mí, con esa calma que solo da la experiencia.
—Evan, eres mi hijo… te conozco mejor que nadie. Tu silencio es palpable, casi tangible. Y aunque has aprendido a esconderlo bien, yo soy un hombre observador. Sé que Cupido te atravesó el pecho hace tiempo… y me atrevería a decir que sé quién es la dueña de esa flecha.
—Papá… no digas esas cosas.
—¿Vas a negarme que en cada reunión familiar tus ojos buscan unos ojos verdes, de un tono esmeralda que no pasa desapercibido? ¿Que tu mirada no se quiebra apenas aparece el nombre de Aria Fox?
Tragué saliva. Un instante bastó para desmoronar todo el escudo que había levantado con los años.
—¿Tan obvio soy?
—No… solo para mí —respondió con una media sonrisa teñida de ternura y resignación—. Estás más centrado que nunca, más correcto, más responsable… pero no eres feliz.Y si no has ido tras ella, supongo que hay razones que solo tú conoces. Pero el alma, hijo… el alma no olvida. Podrás vestir el cuerpo con rutinas, llenar los días de ocupaciones, convencer a todos de que has seguido adelante… pero el corazón no se domestica tan fácilmente. Lo que arde por dentro, tarde o temprano, encuentra la forma de recordarte que sigue ahí.
Cerré los ojos un instante, intentando que ese simple gesto me devolviera, aunque fuera por un segundo, a otro tiempo.
—Papá, necesito contarte algo…
Cuando Nigel y Eva estaban por casarse, en la cena previa a la boda, Alan Fox —¿lo recuerdas?— nos presentó a su hija. Hermosa, brillante y muy talentosa… todos quedaron encantados.
Pero yo ya la conocía.
La había visto la noche anterior, en un club. No sabía quién era. No sabía cuántos años tenía. Bailamos, hablamos… y sí, también la besé. Fue un impulso, algo fugaz… pero lo sentí en la piel, en el pecho. Me dejó marcado.
Y entonces, al día siguiente, su padre la presentó oficialmente… y dijo que tenía quince años. ¡Quince.!
Sentí que el mundo se me partía en dos. El corazón me cayó al estómago.
Me alejé de inmediato. Me juré que no volvería a acercarme. Intenté borrarla de mi mente, enterrar esa noche, convencerme de que no significó nada. Pero no fue así. Desde entonces… su fantasma me persigue. Y no importa cuánto lo intente, no he podido olvidarla.
Mi padre se quedó inmóvil, en absoluto silencio, escuchando cada palabra con la atención de quien recoge fragmentos preciosos, analizándolos con delicadeza, reconociendo el peso que han dejado en el alma del otro. Y mientras hablaba, pude darme cuenta de que no solo estaba recordando… estaba soltando.
Después de tantos años, por fin lograba exhalar todo ese aire contenido que había retenido con necedad y temor desde el día en que la perdí. La añoranza, la culpa, el dolor por algo que no llegó a ser, pero que habitaba en mí con la intensidad de lo eterno, como una historia grabada en la piel sin haber sido vivida del todo.
Mi padre sostenía un sobre en su mano izquierda, uno que hasta ese instante había permanecido oculto a mi percepción, casi como si su presencia esperara el momento justo para revelarse. Era elegante, discreto, pero con ese aire solemne que suelen tener las cosas que llegan para cambiarlo todo.
No supe cómo no lo vi antes… quizás porque mi atención estaba anclada en lo no dicho, en todo lo que había callado por años. Pero ahí estaba, firme entre sus dedos, como una señal silenciosa que se abría paso entre el pasado y lo inevitable.
De pronto noté que algo en ese sobre llamaba la atención, era inconfundiblemente especial: color azul, bordes dorados, una tipografía delicada, casi regia. Lo sostuvo entre sus dedos con una mezcla de pesar y respeto. Volvió hacia mí y, con una mirada que hablaba más de lo que su voz alguna vez admitiría, me lo tendió.
—Mira, hijo… esto llegó ayer.
—¿Qué es? —pregunté, aunque algo en mí ya lo sabía.
—Alan me llamó personalmente para invitarnos. Pensé en no mostrártelo todavía… pero creo que mereces saberlo.
Sentí cómo mi respiración se alteraba, cómo un nudo invisible me oprimía la garganta. Mis manos temblaban mientras tomaba el sobre. Un leve sudor frío descendió por mi frente. No era solo una sospecha… era una advertencia. Una confirmación temida.
Rompí el sello con torpeza, temiendo que el mero contacto de mis dedos pudiera hacer explotar el contenido de aquel papel. Al desplegarlo, la verdad se reveló con una claridad punzante.
_Aria Fox & Jacob Harrison_
_Tienen el honor de invitarlo a la celebración de su unión matrimonial._
Mi nombre no estaba en esa tarjeta, y cada letra era un dardo directo al pecho.
Me quedé en silencio, sosteniéndolo entre las manos, temiendo que al soltarlo se desvaneciera. Al alzar la mirada, encontré a mi padre observándome. Su rostro estaba pálido. No por sorpresa, sino por una preocupación que se le marcaba en cada línea del semblante.
—Veo que aún te afecta —dijo, con esa voz profunda que solo usa cuando va a decir algo que duele, pero que también cura.
Asentí, sin confiar todavía en mi propia voz.
—Hijo… —comenzó, sentándose a mi lado—. Hay cosas en la vida que solo se presentan una vez. A veces creemos que podemos dejarlas ir y que si son nuestras, volverán… pero el amor verdadero no siempre espera. A veces, simplemente se cansa de no ser elegido.
Lo miré. Había algo en sus ojos que no había visto antes. ¿Remordimiento? ¿Melancolía? Quizá el peso de los primeros años de relación con mi madre.
—¿Te arrepientes de algo? —le pregunté.
Sonrió, apenas.
—Me arrepiento de no haber luchado cuando debí hacerlo. De haber callado cuando mi corazón gritaba. De haber dejado que el tiempo decidiera por mí. Y créeme, hijo, nada pesa más que preguntarse todos los días qué habría pasado si tan solo… me hubiera atrevido. Yo le doy gracias a la vida que me dio esa segunda oportunidad de conquistar el corazón de tu madre..mi pregunta es ¿quieres también una segunda oportunidad?
Me tragué el nudo que empezaba a ahogarme.
—¿Y qué debo hacer?
Él apoyó una mano firme sobre mi hombro.
—Tú ya sabes la respuesta. La pregunta es: ¿estás dispuesto a perderla definitivamente… o vas a luchar por ella? Porque si algo he aprendido, es que el amor —el de verdad— no aparece dos veces en la vida. Puedes tener otras personas, otros vínculos, incluso otros momentos felices… pero cuando el alma se entrelaza con otra de forma tan irremediable como lo hizo la tuya con Aria… hijo, eso no se repite.
—Pero papá… somos de mundos diferentes. Ella… se va a casar.
—¿Y desde cuándo la edad o los contextos han sido más fuertes que la voluntad? —respondió él—. El amor no se mide en años ni se rige por normas sociales. Se mide en coraje. En actos. Y en tu capacidad de asumir riesgos por lo que realmente vale la pena. La cuestión no es si ella aún te ama, sino si estás dispuesto a recordarle por qué alguna vez lo hizo.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de una verdad que, en el fondo, siempre supe. Él era diez años mayor que mi madre, y sin embargo, construyeron una vida plena, serena, auténticamente feliz. Yo apenas superaba a Aria por cinco, pero había preferido ocultarme tras excusas, negándome a aceptar lo evidente: el amor no obedece al calendario, sino al alma.
Algo en mi interior se encendió.
Mi sangre burbujeó con rabia, con enojo, con una desesperación que ya no podía disfrazar de resignación.
—No —dije en voz baja, con una firmeza que me sorprendió—. Esta vez no voy a quedarme quieto. Esta vez no voy a dejarla ir.
Papá asintió, sin dejar de mirarme.
—Bien. Entonces ve. Demuéstrale que ese beso que compartieron no fue una coincidencia… sino destino. Porque cuando el destino llama, hijo, uno no se esconde. Uno responde.
En ese preciso instante, lo reconocí dentro de mí: El tiempo ya no era mi enemigo.
Era mi última oportunidad.
Tenía 30 días para reconquistarla o simplemente me robaría a la novia.