Día 2 🏃☕️

3226 Palabras
🎶Tengo contados Todos los besos que no te he dado Y las noches que no estás a mi lado A ti se te ve bien, se ve que me has superado🎶(Alejandro Sanz/El vino de tu boca) Evan Olsen El dolor de cabeza era como un tambor constante, resonando con cada latido, marcando un compás que no podía detener. Pero, por cruel que fuera, no se acercaba ni de lejos al peso punzante que llevaba en el pecho. Porque un dolor físico se calma…con analgésicos sí, pero la espina clavada en el corazón solo se hunde más cuando intentas ignorarla. Y yo lo intenté… lo juro. ¿Quién dijo que esto sería fácil? No lo fue, no lo es, y sospecho que no lo será. Ayer, tras el concierto de Aria, Alan Fox, su padre —siempre atento a esos gestos que te hacen sentir en casa, incluso a kilómetros de ella— nos llevó a cenar. Yo sonreí, agradecido, porque el destino, o alguna versión caprichosa de él, parecía seguir ofreciéndome oportunidades. Sin embargo, en el fondo, sabía que no todo lo que llega es un regalo… a veces es solo un recordatorio de lo que perdiste. No supe cómo catalogar la noche… quizá porque me negaba a mirarla de frente. Y, por eso mismo, terminé sirviéndome media botella de bourbon —cuando llegué a mi departamento—, como quien lanza un ancla en medio de un mar embravecido: sabiendo que no va a detener la tormenta, pero intentando aferrarse a algo. Ella estaba allí.Siendo luz. Siempre luz. Y yo… el tonto que la dejó ir. No necesito que nadie me lo recuerde: me equivoqué. Claro que lo hice. La vi, tomada de la mano de Jacob. Sonriente. Feliz. Hablando del éxito de su gira… de su vida. Una vida en la que él estaba incluido. Un hombre que la apoyó, que estuvo allí cuando yo no. Un hombre cuyo nombre y apellido no son los míos. Al principio, fingió no verme. O tal vez fue un acto calculado de indiferencia: ignorar, con toda elegancia, aquel corto pero profundo pasado que nos unió… o que yo insisto en creer que nos une. Antes de ella, yo era un hombre inconsciente del amor, un turista emocional sin mapa ni brújula. Tal vez por eso, viéndola con él, sonriendo así, los celos me cubrieron como una sombra espesa. Y en ese instante lo supe: no se trataba solo de quererla… se trataba de querer quitarla de ahí, tomarla de la mano, y sacarla de ese mundo en el que yo no tenía lugar. Pero me contuve. Porque el papel de caballero es un disfraz que, de vez en cuando, me queda bien. Necesitaba un consejo. De esos que solo mi padre podía dar. Marqué a casa, porque su celular no respondía. Al quinto timbrazo, una voz femenina respondió. No era la de mi madre, pero la reconocí al instante. —Hola, Eva… ¿qué haces en casa de mis padres? —Hola, Evan… querrás decir nuestros padres —corrigió con sorna—. Y aunque tenga mi propia familia, esta siempre será mi casa. —Sí, hermana, lo que tú digas —resoplé—. ¿Está papá? Necesito hablar con él. Es urgente. —¿Por qué suenas al borde de un colapso? ¿Dónde estás? —preguntó, con esa habilidad natural de las hermanas para oler drama a kilómetros. —Eva, estoy en Londres. —Ohhh… —su tono se afiló—. Eso suena interesante. ¿Ya viste a Aria? —Evaaa… —protesté, pero la curiosidad me venció—. ¿Cómo lo sabes? —Digamos que soy muy observadora… y que los que te conocemos sabemos que esa mujer te ha robado algo más que la atención. —Pues sabías que se va a casar… en un mes. —Querido hermanito… —su voz destilaba malicia— según mi invitación, en veintiocho días exactos. —Eva.. dime algo… ¿cómo logró Nigel conquistarte en menos de una semana y hacerte cancelar tu compromiso? —¿En serio? Ya que lo pregunta, voy a presumirte eso ahora—dijo Eva con fingida inocencia. —Aunque pensándolo bien no es presunción, es ciencia comparativa —añadió con burla—. A diferencia de ti, él era mi esposo, accidental… pero estábamos unidos. Tú, en cambio… ¿qué eres para ella, Evan? Tal vez… solo un invitado en su boda. —¡Eva! ¿Cuándo aprendiste a ser tan cruel? —Cruel, no. Eficaz. La verdad no duele tanto cuando se adorna con un poco de sarcasmo. —O cuando la dice alguien que disfruta verme retorcerme —añadí. —Ese es un beneficio extra —rió—. Además, hermano, deberías agradecerme: no todos tienen una hermana que les ahorre tiempo persiguiendo amores imposibles. —Y no todos tienen una hermana que debería dedicarse a la comedia negra.—respondí con ironía. —Y tú deberías dejar de vivir como el protagonista dramático de una novela trágica —remató, antes de soltar una carcajada que, para mi desgracia, sonó exactamente igual que cuando éramos niños… solo que ahora, yo estaba perdiendo la partida. Luego, bajó un poco el tono y añadió con fingida solemnidad—: Está bien, Evan, seré buena hermana y te daré un pequeño consejo. Si de verdad te importa, no te quedes en la orilla mirando cómo otro pesca… acércate, conviértete en su amigo, espera a que baje la guardia… y entonces, ¡zas!, ataca como un ninja emocional. —¿Un ninja emocional? —pregunté, incrédulo. —Claro, pero elegante. No queremos que termines pareciendo un acosador ¿verdad? —respondió, aunque no la vea sabía se le escuchaba que se estaba muriendo de la risa. —Aunque te burles, Eva Olsen, yo creo que si treinta días cambiaron la historia de nuestros padres… y también la tuya con Nigel, no veo por qué la mía tendría que ser la excepción —dije, con esa mezcla de desafío y esperanza que ella suele destrozar con un simple comentario. Al final, no hablé con papá y me despedí de mi hermana. Pero, curiosamente, ella me dejó un regalo: una magnífica idea. «Fingir ser su amigo, para después atacar.» Sí… eso haré. Más decidido que nunca, me preparé para salir. Necesitaba encontrar su ubicación, así que encendí la computadora y, con un par de trucos sencillos —no ilegales, pero tampoco dignos de contar en una cena familiar—, encontré su número de celular y su localización aproximada. Descubrí que solía salir a trotar temprano y, después, pasaba por una cafetería cercana al parque. Me puse ropa deportiva, de esas que gritan “corredor profesional” aunque yo no haya corrido más de cien metros desde el colegio. Para darle más realismo, me rocié la cara con un poco de agua fría, dejando que las gotas cayeran estratégicamente para simular sudor. Me miré en el espejo, orgulloso de mi imagen. “Atleta convincente, check”, pensé. Tomé un taxi al parque y, como quien sigue el guion de una comedia romántica, tome aire dispuesto a dar mi mejor actuación, entré con disimulo a la cafetería. Ella estaba allí, sentada junto a la ventana, con los audífonos puestos. Quizá escuchando música… o tal vez alguna de esas conferencias motivacionales que te hacen creer que puedes escalar el Everest con dos botellas de agua y determinación. Cuando alzó la vista, me acerqué con la sonrisa más casual que pude fingir. —Hola, Aria —saludé—.¿Qué casualidad tú por aquí? Ella me sonrió, quitándose un auricular, y dijo: —Buenos días, Evan. No sabía que te gustaba trotar. —Claro que sí… —respondí, haciendo una pausa dramática—. Es mi pasión secreta—añadí sonriendo, pero en mi interior completé la frase… justo después de coleccionar excusas para no hacerlo. Ella rió, ladeando la cabeza. —Interesante. Y dime, ¿trotas por salud… o por casualidad solo para terminar en la misma cafetería que yo? —Mera coincidencia —dije, levantando las manos en un gesto inocente—. Pero ya que el destino me trajo hasta aquí… ¿me invitas un café o lo pago yo y luego inventamos una bonita historia? Ella me miró con una ceja arqueada, gesto que aún recuerdo fue su manera de decir sé exactamente lo que tramas, pero me divierte verte intentarlo. —Una bonita historia… —repitió, revolviendo su café—. A ver, sorpréndeme. —Fácil —respondí, tomando asiento sin pedir permiso—. Yo estaba trotando cuando, de pronto, un rayo de luz atravesó las nubes y me guió hasta aquí… y ahí estabas tú, iluminada por él. —Ajá… y supongo que el sudor artificial es parte del milagro —replicó, señalando mi cara con una media sonrisa. —No es artificial —protesté, llevándome una mano al pecho con fingida indignación—. Es… transpiración estratégica. Los grandes atletas lo practicamos para no deshidratarnos. —Claro… y los grandes atletas también llegan en taxi al parque, ¿verdad? —dijo, mordiéndose el labio para contener la risa. —El calentamiento empieza en el asiento trasero, Aria. Es un método innovador… aún no aprobado por la federación —improvisé. ¡Diablos! había olvidado lo absurdamente inteligente que era. Ella soltó una risa breve, de esas que parecen querer escapar pero se detienen en la mitad. —Está bien, señor atleta, te invito un café… pero advierto que no pienso quedarme a escuchar toda una conferencia motivacional sobre tu “régimen de entrenamiento”. —No te preocupes —dije, inclinándome hacia ella con una sonrisa cómplice—. No voy a aburrirte con eso… al menos hasta nuestra tercera cita. —¿Tercera cita? —arqueó de nuevo la ceja—. ¿Y en qué momento tuvimos la primera y la segunda? ¿Te gusta salir con mujeres comprometidas? —La primera fue hace años… cuando me miraste como algo más que un desconocido, en aquel bar en Dinamarca. —Y la segunda… —hice una pausa, tomando un sorbo del café que la camarera acababa de dejar— está ocurriendo ahora mismo. Y ya que lo preguntas… sí, me gustan las mujeres comprometidas. Ella arqueó una ceja, divertida. —¿Ah, sí? —Solo si se trata de ti —respondí, encogiéndome de hombros con descaro—. Pero no te preocupes, es un problema con solución sencilla y rápida. Se inclinó hacia mí, apoyando el codo en la mesa. —¿Y cuál sería tu brillante solución, señor atleta-de-taxi? —Fácil —dije, con la seguridad de un vendedor de milagros—: rompes tu compromiso, cancelas la boda… y me concedes más citas. Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo debido. Y aunque intentó disimularlo con un sorbo de café, vi perfectamente cómo la comisura de sus labios se curvaba apenas… ese gesto traicionero que delata a alguien que está disfrutando de un juego que no planeaba jugar, pero que no piensa abandonar tan rápido. Eso pensé hasta que cambió su gesto a uno más serio: —Evan, dime… ¿qué pretendes? —preguntó, con un tono tan sereno que me heló la sangre—. Porque, si lo has olvidado, permíteme refrescarte la memoria: hace cuatro años fuiste tú quien no pudo lidiar con mi edad… y ahora vienes a decirme que quieres citas. Su seriedad me erizó la piel. Era mi momento. Era ahora o nunca para ser sincero. —Aria… me arrepiento. Y no tienes idea de cuánto. De haberte alejado… de no haber tenido el valor. Quiero demostrarte que aún estamos a tiempo de reescribir nuestra historia. Ella sonrió. No con dulzura, sino con una malicia casi diabólica, como quien está a punto de desenfundar un arma invisible. —Evan… ¿crees que es así de simple irrumpir en la vida de alguien, y que solo porque a ti se te antoje, los demás debamos cambiar el rumbo de la nuestra? Cada palabra fue una bofetada, golpes de realidad que, aunque me hicieron tambalear, no lograron borrar del todo mi sonrisa. La miré, y respondí: —Sé que estos cuatro años me has castigado con tu ausencia. Te busqué en reuniones, en eventos… y nunca estabas. Y ahora que dices que te casarás, siento que es un llamado de atención. Te lastimé, lo sé, pero créeme: en ese proceso, yo también salí herido. Aria, por favor, no me castigues con tu indiferencia. Sé que lo nuestro fue único… fue amor a primera vista. Ella no movió un solo músculo de su rostro. Su voz, fría pero impecable, fue un bisturí directo a la herida. —Evan… ¿no se te ha ocurrido pensar que mi ausencia se debe a que estaba ocupada? Estudiando… formándome para ser la pianista que soy hoy. —Buen punto —admití, sin pensarlo. —Y sobre mi matrimonio… creo que no necesita mayor explicación. Jacob es un gran hombre. Crecimos juntos. Me acompañó en todo el proceso… y, a diferencia de ti, supo esperar a que cumpliera la mayoría de edad. Otro golpe. Directo al corazón. —Mira, Evan, yo no te guardo rencor. No tendría por qué. Al final, uno no puede mendigar amor a quien no quiere dártelo. Yo soy el tesoro de mis padres, la joya más preciada para mis hermanos… y para mi novio, qué decir: soy su princesa. No podía quedarme llorando por ti. Sí, fui una “niña” inconsciente, como tú me definiste, que según tú jugó contigo… pero no es resentimiento, es lealtad conmigo misma. Dios… ¿por qué tenía que enamorarme justamente de la mujer más sabia e inteligente del mundo? Esto no era difícil: era imposible. —Aria, yo… —intenté hablar, pero ella me interrumpió. —Evan, lo único que puedo ofrecerte ahora es mi amistad —sonrió al decirlo, con esa sonrisa que mezcla ternura y sentencia final. Esa era mi puerta abierta. Mi oportunidad. Tenía que aprovecharla. —La acepto, Aria. Acepto esa amistad que me ofreces. Y, como ahora estoy de vacaciones y quiero demostrarte mi sinceridad, déjame ayudarte con la planificación de tu boda. —¿Estás seguro? —preguntó, entre curiosa y divertida. —Claro que sí. Nunca he estado más seguro de algo en mi vida. Seré… algo así como tu “dama de honor.” Ella rió. —Está bien, Evan. Al final, sí necesitaré una. Bueno… en este caso, uno. Te cuento que mi futura cuñada, que también es mi mejor amiga, está en Italia estudiando y no podrá venir antes de la boda. Mejor para mí, pensé. Gracias, universo, por alinearte tan bien conmigo… hasta que su teléfono sonó justo en ese instante. Ella sonrió y contestó con toda la dulzura del mundo: —Hola, cariño, ¿cómo estás? ¿Qué tal la universidad?—continuó hablando. —¿Qué? ¿No puede ser? —dijo con una mezcla de sorpresa y preocupación—. Tranquilo, yo me encargo de todo, no te preocupes. ¿A qué hora sale tu vuelo? —pausó, alargando el silencio con mucho dramatismo—. Oh… esta noche, ¿eh? Bueno, iré a despedirte. Yo también te amo. Y yo, ahí, sentado frente a ella, fingiendo la serenidad de un monje zen, con mi mejor cara de “qué lindo, qué tierno”, mientras por dentro mis oídos trabajaban a máxima capacidad. Cada palabra que salía de su boca era como un capítulo extra del mejor reality show jamás producido. Ella jugaba con un mechón de su cabello, dibujaba círculos con la taza sobre el platillo, y yo anotaba mentalmente cada gesto, cada inflexión de voz, como un espía con butaca en primera fila. No pude contenerme y, con la voz cuidadosamente medida para sonar curioso pero no ansioso, pregunté: —¿Qué pasa? ¿Por qué ese gesto tan acongojado? Ella hizo una mueca dramática y soltó: —Nada… —suspiró—. Jacob está por concluir sus prácticas. Es arquitecto y aspira a convertirse en docente en la Sapienza University of Rome, una institución de arquitectura de renombre internacional. Por ello debe viajar hoy mismo y no podrá acompañarme en los preparativos de nuestra boda. Por dentro, yo celebraba en modo “fiesta privada”: perfecto, primer error del “hombre perfecto”, dejar sola a la novia. Y ahí estaba yo, en mi papel de villano encantador y oportunista, marcando el primer punto a favor del hombre que planea robarse a la novia —porque, seamos honestos—, ¿quién en su sano juicio dejaría pasar la oportunidad de estar en primera fila para cada detalle de la boda… y quizá reescribir el final? Llamarlo suerte, casualidad o destino… no lo sé. Pero soy un hombre de negocios, y mi padre siempre me enseñó: “Cuando la oportunidad llama, no le preguntes si puede pasar; ábrele la puerta y obtén lo mejor de ella.” —Tranquila, Aria. Créeme, seré de gran utilidad y te ayudaré en todo… haré que no lo necesites —dije con una autosuficiencia tan calculada que, de haber llevado sombrero, lo habría inclinado con arrogancia. Ella sonrió, ladeando la cabeza, y replicó con una chispa de comedia en la voz: —Claro que sí lo necesito… es el novio, ¿no? —remató, dejando escapar una risa ligera—. Pero bueno, agradezco tu apoyo en esta hermosa etapa de mi vida. Moduló su voz con una calma hipnótica; tenía un timbre tan dulce que, por un segundo, pensé que si en otra vida hubiera sido una sirena, yo me habría perdido en su hechizo. —Bueno, entonces preparemos la mejor boda del año —dije, sacando mi celular como quien despliega un arma secreta. —Está bien… —aceptó—. Aunque ya tengo muchas cosas adelantadas, aún quedan varios detalles. Ya sabes: la última prueba del vestido, el ajuar para la noche de bodas… que, pensándolo bien, es bueno que un hombre me ayude a escogerlo. Así podré sorprender aún más a mi novio. —Sonrió con malicia, como quien lanza un dardo envenenado pero perfumado. Eso fue otro golpe directo, pero yo no iba a tambalearme. Al contrario, le regalé mi sonrisa más segura y, con una picardía perfectamente ensayada, respondí: —Perfecto. Créeme, estaré en todo… seré el mejor caballero de honor que hayas tenido. —Le guiñé un ojo con la sutileza de un ladrón profesional que acaba de encontrar una ventana abierta. En sus labios se dibujo una suave sonrisa, y yo, aprovechando el momento, lancé la última jugada: —Aria, dame tu número. Hoy mismo nos pondremos en contacto para planificarlo todo con tiempo… y estilo. Ella tomó mi celular, anotó su número y, al devolvérmelo, dijo: —Está bien, Evan. Gracias por tu apoyo. Le regalé una sonrisa disfrazada de inocencia, pero cargada de artillería ligera; una declaración silenciosa de guerra… de esas que se ganan con encanto, paciencia y un par de movimientos estratégicos bajo la manga. Salimos de la cafetería caminando, ella hablando de flores y manteles, yo calculando estrategias, como un general en campaña que ya conoce el terreno y sabe que la victoria es cuestión de paciencia.
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