IAN La noche es espesa, densa como el humo de un incendio que consume todo a su paso. Afuera, el mundo duerme con la falsa ilusión de paz, pero aquí... aquí conmigo, el silencio respira más fuerte que nunca. La observo. Piper. Mi chica. Mi pelirroja de ojos azules, de piel blanquísima y labios que tiemblan incluso en sueños. La luna entra a través de la persiana medio abierta, tiñendo su cuerpo desnudo con trazos de luz pálida. Su pecho sube y baja con lentitud, y su brazo vendado —el recuerdo de una bala que no debió tocarla— se asoma entre las sábanas arrugadas. Se ve tan frágil, tan mía. Me acerco. Me arrodillo a su lado y paso los dedos con suavidad por la línea de su clavícula, bajando hasta el borde de sus senos que apenas se ocultan bajo la sábana. Me detengo en su ombligo, lo

