Santino se sirvió un trago sin preguntar si ella quería uno. Solo se lo tendió con la misma arrogancia con la que respiraba.
—No me gusta perder —dijo, la mirada fija en su copa mientras el líquido ámbar giraba en su cristal—. Pero contigo… es diferente.
Analena aceptó la bebida con una media sonrisa. Se sentó en el sillón frente a él, con las piernas cruzadas, la blusa ligeramente abierta por el movimiento, revelando un poco más de piel que cualquier decencia permitiría en una junta directiva.
—Hagamos un trato, entonces —dijo ella, dejando la copa intacta sobre la mesa baja—. Un juego, si prefieres llamarlo así.
Santino arqueó una ceja, intrigado.
—“Verdad o reto”. Una pregunta cada uno. Si contestas… puedes tocarme. Si no… me dejas ir.
Él se echó hacia atrás, evaluándola como a un oponente de ajedrez, con esa mirada afilada de depredador que no necesitaba levantar la voz para intimidar.
—Acepto.
Analena sonrió, felina.
—Empieza tú —le cedió el primer golpe.
Santino no lo dudó.
—¿A quién odias más, a mí o a ti misma?
Ella se quedó en silencio. Sus labios se apretaron por un instante. Luego asintió.
—A mí —respondió, con una calma glacial—. Por seguir deseándote.
Él se inclinó hacia ella. Le acarició lentamente el cuello, bajando con la yema de los dedos por su clavícula desnuda. No la besó. Solo dejó el roce suspendido en el aire.
—Mi turno —dijo ella, alzando el mentón—. ¿Con cuántas mujeres pensaste en mí mientras te las cogías?
Santino apretó la mandíbula. La tensión en sus ojos era peligrosa. Casi dolía.
—Con todas.
Analena contuvo la respiración por un instante. No porque la respuesta la sorprendiera… sino porque le gustaba imaginarlo ardiendo en otro cuerpo, frustrado, con el rostro de ella grabado en su mente.
—Puedes tocarme —susurró.
Él lo hizo.
Sus dedos subieron por su pierna, lenta, profundamente. No hubo prisa. No hubo delicadeza. Fue una posesión muda. Le rozó el muslo por debajo del pantalón, donde la tela rozaba la piel más vulnerable, sin llegar al punto donde el deseo explotaba. Solo la sostuvo ahí, con los dedos firmes, tibios.
—Mi pregunta —dijo él, ronco—. ¿Te corriste con Wallace?
Ella se acercó. Su aliento rozó su mejilla. Le tomó la mano y la apretó más fuerte contra su pierna.
—Varias veces.
Santino exhaló por la nariz, como una bestia a punto de romper las cadenas. La mano se deslizó más arriba. Analena arqueó ligeramente la espalda, pero no cedió.
—Mi turno —susurró—. ¿Te imaginas follándome en esta misma silla?
—No —dijo él, y luego bajó la voz hasta volverla un susurro contra sus labios—. Me imagino follándote en la mesa de juntas. Donde todos puedan oler lo que me pertenece.
Analena jadeó, pero no se movió. Solo lo miró a los ojos, inmóvil.
—Mi pregunta —dijo con voz rasposa—. ¿Qué estarías dispuesta a hacer por mantener tu lugar en la mesa?
El silencio se hizo espeso.
Analena no respondió de inmediato. Su lengua pasó lentamente por sus labios, como si saboreara la tensión.
—Cualquier cosa —respondió.
No fue un susurro. No fue un grito. Fue una sentencia.
Santino se acercó. No como un amante. Como un animal decidido.
—Entonces puedes quedarte.
Sus dedos acariciaron la línea de su mandíbula, apenas, como si la estudiara. Luego la sujetó por la nuca y la hizo retroceder hasta estrellarla suavemente contra la pared, sin violencia, pero con fuerza.
—Mi turno —dijo ella, con la respiración desordenada—. ¿Te has tocado pensando en mí?
—Sí. Más de una vez. ¿Quieres saber cuándo fue la última?
Ella tragó saliva. Él bajó la mano y la posó sobre el primer botón del pantalón.
—Hace dos noches. En la ducha. Mientras imaginaba esto.
La besó. Pero no fue un beso dulce, ni siquiera un beso furioso. Fue una declaración de guerra. Le tomó la boca como si fuera suya, su lengua la invadió con hambre contenida. Ella respondió, con las uñas hundidas en su camisa y la boca abierta al deseo.
—Tu turno —susurró él, contra su garganta—. ¿Estás mojada ahora?
—Sí —jadeó ella, sin pensar, sin calcular, con la voz quebrada.
—Entonces me gané mi premio.
Santino se arrodilló frente a ella, sin dejar de sostenerle la mirada. Le bajó los pantalones con una parsimonia deliciosa, y luego el encaje. El aire frío golpeó su piel húmeda, pero su cuerpo ya estaba en llamas. Analena intentó resistirse, no a él… sino a sí misma. A la vulnerabilidad que venía con ceder. Pero cuando con los dedos Santino tocó el centro de su deseo, la última capa de frialdad se rompió como cristal.
—Mírame —ordenó, y Analena, contra su voluntad, obedeció.
El primer contacto fue deliberadamente leve. Los dedos de Santino acariciaron su piel sin apuro, dibujando círculos que se volvían más urgentes, más profundos, pero nunca lo suficiente. Cada vez que ella arqueaba las caderas, él se detenía.
—Santino… —suplicó, esta vez con voz ronca.
—Dime qué quieres.
Ella tragó saliva. Él era el único hombre que la hacía dudar de sus propias reglas.
Cuando al fin la tocó donde más ardía, no fue un triunfo. Fue una ceremonia. Sus dedos hábiles, precisos, encontraron cada punto que la hacía perder el control. Y cuando la sintió tensarse, cuando sus gemidos se volvieron casi dolorosos, él alzó la mirada, sosteniéndola en vilo.
—Así… —murmuró, mientras sus movimientos se volvían implacables—. Así es como se pierde.
Su mano se volvió implacable. Sus dedos se curvaron, empujando en un ritmo que la desgarraba y reconstruía al mismo tiempo. Analena se aferró a sus hombros, las uñas se hundieron en su piel, pero él no se detuvo. La tenía atrapada entre el placer y el dolor, entre la resistencia y la rendición.
—Vas a correrte —ordenó, y no era una sugerencia—. En mis términos.
Ella intentó negar con la cabeza, pero su cuerpo ya se deshacía, los músculos se tensaron, el calor explotó en oleadas. Cuando el orgasmo la golpeó, fue violento, fue un colapso de temblores y gemidos entrecortados.
Santino no la soltó. La sostuvo, observando cómo cada espasmo la recorría, cómo su respiración se volvía caótica. Solo entonces, cuando el último estremecimiento la abandonó, retiró sus dedos lentamente y se los llevó a los labios.
—Juego terminado —repitió, saboreando su victoria. Y su sabor.