Los primeros rayos de sol se colaban por los ventanales de la habitación de Analena, filtrándose entre las cortinas gruesas como dedos curiosos. Ella ya estaba despierta desde hacía una hora. Desnuda frente al espejo, con el cabello aún húmedo por la ducha, se observaba en silencio.
La noche anterior había sido… conveniente.
Se colocó el conjunto que había elegido con anticipación: un blazer n***o entallado, con escote sutil pero mortal, y pantalones a juego que delineaban su figura con elegancia. Unas altas stilettos negros y el cabello suelto, liso como una hoja afilada.
Hoy haría su aparición oficial en la empresa Koch como accionista.
Descendió las escaleras de la mansión con pasos firmes, ignorando la mirada que Gabriel le lanzó desde la sala. Él, descalzo, con café en mano y ojeras de madrugada, la siguió con los ojos como quien observa a un huracán con forma humana.
Analena no le regaló ni una mirada. No aún.
Su chofer la esperaba, y al verla, se cuadró con respeto. Ella subió sin decir palabra. Sabía que ese día las oficinas de Koch Energy International serían un hervidero de cuchicheos, tensión, rabia… y miedo.
Y ella adoraba el miedo.
La sede de Koch Industries era un edificio moderno, todo cristal y acero, que se alzaba en medio de la ciudad como un monumento a la ambición masculina. Cuando Analena cruzó el lobby, los ejecutivos que la vieron pasar bajaron la voz. Nadie estaba preparado para verla así: poderosa, dueña de sí, impecable.
Subió al piso treinta y cuatro, donde los socios principales ya estaban reunidos. Santino encabezaba la mesa, con su traje gris oscuro, las mangas arremangadas como si ya se preparara para una pelea.
—Qué puntualidad tan extraña, Analena —murmuró Santino, con esa sonrisa torcida que a algunos confundía con encanto—. Pensé que hoy seguirías llorando la muerte de papá.
—Lloré lo suficiente —dijo ella, dejando la carpeta sobre la mesa con un golpe seco—. Y hoy vengo a trabajar.
Un murmullo recorrió la sala. Analena no se sentó aún. Caminó despacio, con pasos suaves y firmes, mientras los ojos de los accionistas la seguían como si fuera una actriz entrando al escenario.
Santino carraspeó y se puso de pie.
—Señores —dijo Santino, una vez ella se sentó—. Como ustedes saben, la señora Analena Koch ha heredado una participación accionaria significativa gracias al testamento de mi padre. Sin embargo, dado que no tiene experiencia, ni trayectoria en el manejo de esta empresa, y considerando las circunstancias irregulares de su matrimonio, propongo que se someta a votación su destitución del comité ejecutivo.
Un murmullo cruzó la sala.
Analena sonrió.
Analena lo dejó hablar. Lo dejó regodearse. Y cuando terminó, se sentó con elegancia en el lugar que le correspondía como viuda legal del fundador.
Abrió la carpeta. Sacó tres hojas.
Las deslizó por la mesa. Una a una hacia Santino.
Santino se tensó. Reconoció el encabezado de una transferencia bancaria. Luego otro. Y otro.
—Ambrosia, ¿no? —susurró Analena, reclinándose hacia él sin perder la sonrisa—. Un club tan exclusivo como… costoso. Y qué curioso que los fondos salieran de las cuentas ocultas de Koch Energy en el exterior.
Santino se inclinó hacia ella, con el rostro helado.
—¿Qué quieres?
Analena se acomodó en su silla. Cruzó las piernas, una sonrisa sutil curvó sus labios de carmín.
—Quiero que te tragues tu moción. Que me respetes como socia. Y que estés muy, muy callado.
Porque si no lo haces, estos documentos no quedarán aquí. Irán directo a la prensa. Y Ambrosia se convertirá en una bomba mediática. Te imaginas los titulares, ¿no? "El hijo mayor del magnate Koch, acusado de lavado de dinero a través de un burdel de élite.”
Santino la miró. Respiró hondo. No dijo nada durante segundos.
Los ojos de Santino se oscurecieron como tormenta contenida. Se recostó en su silla.
—Estás jugando con fuego.
—Yo soy el fuego, Santino.
Y con eso, la votación jamás sucedió. Más tarde, él la mandó a llamar y Analena, intrigada, acudió a su oficina.
La oficina de Santino era un santuario del control. Alta, silenciosa, construida con líneas rectas y ángulos que hablaban de una mente calculadora. Las paredes eran oscuras, como su carácter: una tormenta gris, que absorbía la luz. El mobiliario estaba reducido a lo esencial, pero cada pieza era una declaración de su personalidad: cuero n***o, madera envejecida, acero bruñido. Había en el aire un aroma sutil a tabaco caro y papel antiguo, una mezcla que se adhería a la piel como un recuerdo difícil de lavar.
La ventana del fondo se abría al horizonte de la ciudad, donde los edificios emergían como cuchillas bajo el cielo encapotado. Y allí, de pie, con las manos en los bolsillos, estaba él.
Santino Koch. Oscuro, elegante, y maldito. Con el demonio en los ojos y un cuchillo en la lengua. Cuando Analena entró, sus pasos resonaron como un eco en la habitación demasiado amplia. Cerró la puerta con lentitud, sin perder su sonrisa. Era una reina, incluso cuando sabía que estaba entrando a la guarida del lobo.
Él no se giró al escucharla. Solo habló, con la voz contenida entre los dientes:
—Te crees muy lista, ¿verdad?
Analena dejó su carpeta sobre una mesita baja y se acercó, bordeando el escritorio.
—¿Y tú te creías muy discreto con tus cuentas secretas?
Santino se dio la vuelta. No caminó hacia ella. No gritó. Pero sus ojos... Sus ojos eran un incendio helado.
—No tienes idea de con quién estás jugando.
—Oh, claro que sí. Estoy jugando contigo, Santino. Y estoy ganando.
Él cruzó la distancia en dos pasos. La tomó del brazo, con violencia, con esa firmeza que decía: “No me ignores. No te muevas. No respires sin mi permiso.” Y la arrinconó contra la pared, sin necesidad de empujarla. Solo el peso de su presencia bastaba.
—¿Te revolcaste con Pete para conseguir esos papeles?
Analena alzó el rostro, sus labios apenas separados, sus ojos ardiendo con ese fuego frío que sólo ella sabía conjurar.
—¿Eso te molesta?
—Me repugna —escupió él, pero su mano se deslizó a su cintura, como si su cuerpo hablara distinto a su boca—. Me da asco imaginarte con él… y aun así no puedo sacarte de mi cabeza.
—Qué contradictorio —susurró ella—. Tal vez lo que te molesta no es imaginarme con otro… sino no haber sido tú el primero.
Santino la apretó contra la pared. Su aliento le golpeaba el cuello. No la besó. Aún... Estaba en guerra consigo mismo.
—Eres una serpiente —le dijo con voz baja, ronca, como si cada palabra le costara sangre—. Pero maldita sea… cada vez que hablas me dan ganas de clavarte los dientes.
Analena dejó escapar una risa suave.
—¿Morderme? Adelante. Pero cuidado, querido… porque yo también sé morder.
Un silencio denso cayó entre ellos. Las luces de la ciudad parpadeaban tras el ventanal como testigos discretos. Él apoyó la frente contra la pared, junto a su sien. Cerró los ojos.
—No me provoques, Analena.
Ella giró apenas el rostro, sus labios rozaron su mejilla.
—¿Y si quiero hacerlo?
Y ahí, por un instante fugaz, Santino fue otra cosa: no el hombre de acero, no el heredero cruel ni el estratega. Solo un hombre, atrapado por una mujer que sabía dónde dolía. Y se odió por desearla.
—Tengo un trato para ti.