6.4

865 Palabras
Gabriel no volvió a mencionar lo que vio. No con Abraham. Ni con Analena. Pero desde esa madrugada, no dejó de observarla. Al desayuno siguiente, apareció más temprano de lo habitual. Sin gafas de sol, con una camisa blanca abierta hasta el pecho y el cabello aún húmedo. Se sentó frente a Analena y le sostuvo la mirada como si pudiera desnudarla solo con los ojos. Ella no parpadeó. Tomó un sorbo de café. Y le sonrió. —Buenos días, Gabriel. —Madrugaste —dijo él, con voz rasposa. Luego miró de reojo a Abraham, sentado a su lado—. O tal vez no dormiste. El comentario flotó en el aire como un cuchillo. Abraham levantó la vista, pero Analena fue quien respondió. Cruzó las piernas lentamente, sin dejar de mirarlo. —A veces es mejor aprovechar la noche que perder el tiempo con fiestas vacías. Gabriel apoyó un codo en la mesa y se inclinó hacia ella, dejando que su voz bajara a un susurro audible solo para los tres. —Depende de qué se considere vacío, ¿no crees? La tensión en la sala era consistente, pero Analena sonrió como si nada. Como si no acabara de clavarle una uña en el ego a cada uno. Luego se levantó, recogiendo su taza con una elegancia que sólo irritaba más. —Disculpen. Tengo asuntos más importantes que atender. Se fue. Y Gabriel… empezó a preparar su jugada. Esa noche, la mansión dormía de nuevo. Pero no Gabriel. Vestido de n***o, con una chaqueta de cuero, caminó por el pasillo como un depredador al acecho. No entró a la habitación de Analena. Entró al despacho de Edmund. Sabía que ella pasaba tiempo allí leyendo documentos, moviendo hilos en silencio. Y tal como lo sospechaba… la encontró allí. Sentada en el gran sillón de cuero, con un vaso de vino tinto en la mano, descalza, con el cabello suelto y una blusa blanca que dejaba ver más de lo que cubría. Analena lo vio entrar sin sorpresa. —¿Buscabas algo? Gabriel cerró la puerta con seguro. —Sí. Ella alzó una ceja, burlona. —¿Y qué sería? —A ti. En un parpadeo, estaba frente a ella. Le quitó el vaso de la mano y lo dejó en la mesa sin romper el contacto visual. Se inclinó, apoyando las manos a cada lado del sillón, encerrándola sin tocarla. —¿Te divierte jugar con todos? —murmuró, su voz vibrando—. ¿Te excita saber que te deseamos? Analena ladeó el rostro, desafiante. —¿Tú me deseas, Gabriel? —Tanto que me duele. Ella bajó la mirada, y su sonrisa fue como un cuchillo envuelto en terciopelo. Gabriel la miró, con la respiración acelerada. Con sus pupilas dilatadas y la mandíbula tensa. Ella le acarició el cabello con una delicadeza cruel. Él apretó los dientes, pero no se movió. Analena se inclinó hacia él, bajando la blusa lentamente, Sin apuro. Sin pudor. Dejó que sus senos turgentes y redondos quedaran expuestos frente a él, orgullosa y salvaje. Sus pezones estaban duros. —Ya que viniste por mí, hazme un favor… Y entonces, él se lanzó. Hambriento y salvaje. Hundió el rostro en sus pechos, besándolos como si fueran la única fuente de alivio en la Tierra. La escuchó gemir por primera vez. La lengua de Gabriel trazó círculos húmedos y lentos, dejando un camino de fuego que subía directo a la espalda de Analena. Gabriel intentó tomarla de la cintura con manos temblorosas, pero Analena lo detuvo y se levantó. Le sujetó las muñecas y con firmeza lo empujó hacia atrás, obligándolo a sentarse en la amplia silla de cuero frente al escritorio de su difunto padre. —No tan rápido, Koch —susurró, mirándolo desde arriba—. Si vas a jugar conmigo… será bajo mis reglas. Gabriel tragó saliva. Sus piernas se abrieron instintivamente mientras ella se acercaba como una pantera: lenta, elegante, letal. Se subió a su regazo a horcajadas, sin dejar de sujetarle las muñecas. Lo hizo inclinar hacia atrás y llevó sus manos tras el respaldo de la silla, atrapándolas allí. —No te muevas. No me toques. Solo siente. ¿Puedes hacer eso? —No sé… —murmuró él con una sonrisa torcida—. ¿Es una orden, fierecilla? Ella bajó la boca a su oído, su voz sonó como un veneno exquisito: —Sí. Comenzó a moverse sobre él, despacio, haciendo presión justo donde sabía que lo enloquecería. Su centro rozaba la erección contenida de Gabriel, separada apenas por la fina tela de sus bragas y el pantalón desabrochado de él. Movía las caderas con ritmo lento, calculado, como si cabalgara sobre un peligro dormido que solo ella podía despertar. Gabriel apretaba los puños detrás de la silla. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso. Analena bajó sus labios a los de él, lo besó suave, apenas un roce. Y luego se alejó justo cuando él intentó buscar más. Él gruñó bajo. Ella sonrió. Lo besó de nuevo. Lo mordió. Y se alejó. —¿Así estás bien, Gabriel? —le dijo entre dientes— ¿O ya estás a punto de rogar?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR