Analena leyó el mensaje una vez. Luego otra.
Aún sostenía la copa de vino en una mano, pero ya no pensaba en el sabor. Pensaba en él. En Abraham.
En cómo la miraba como si fuera un milagro y no un peligro.
Le respondió con una simple palabra:
“Ven.”
No tardó. Diez minutos después, escuchó los pasos apresurados por el pasillo. No los del personal de servicio. No los de Santino —él caminaba como si quisiera romper el suelo—. Los de Abraham eran distintos: contenían ansiedad. Urgencia.
Tocó la puerta dos veces.
Analena se permitió un segundo frente al espejo. Se soltó el cabello con un movimiento perezoso y entreabrió un poco más el lazo de su bata, apenas lo suficiente para provocar sin parecerlo. Luego, abrió la puerta.
—Hola —dijo él, su voz cargada de tensión mal disimulada.
—Hola —respondió ella, más suave, más peligrosa.
Él tenía el rostro cansado, la mandíbula apretada. Había llorado, quizás. O tal vez solo había pensado demasiado. Analena se hizo a un lado y lo dejó pasar.
Abraham se quedó de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer con sus manos, con sus emociones.
—No sabía a quién más acudir —dijo al fin—. Esta casa... está llena de lobos.
Ella caminó hasta la copa que había dejado y la levantó.
—Y tú eres uno de los corderos, ¿verdad?
Él la miró con los ojos heridos. No entendía su tono. No comprendía aún que estaba jugando con cuchillos.
—No sé en quién confiar —susurró, y su voz se quebró apenas—. Santino está fuera de control, Gabriel... bueno, volvió hoy y ya chocamos. Wallace ronda como un buitre. Y tú… tú eres la única que parece tener todo claro.
Ella se acercó, despacio, y le ofreció su copa. Él la tomó, bebió un sorbo. La miró a los ojos. Había tanto que quería decir. Tantas dudas. Tantas emociones enredadas.
—¿Y si yo también fuera un lobo? —preguntó Analena con una sonrisa ladina.
Abraham bajó la mirada, luego negó con la cabeza.
—No. Tú... tú eres otra cosa.
Ella lo observó un momento. Luego lo tomó de la mano y lo condujo hasta el sofá frente al fuego.
—Entonces quédate esta noche. Pero no como un hombre que viene a buscar amor, Abraham. Quédate como el que quiere aprender a sobrevivir entre lobos.
Él la miró, desconcertado. Pero no dijo que no.
Ella se acurrucó a su lado, como una amante dulce. Como una promesa.
Abraham seguía junto a ella en el sofá, pero la distancia entre sus cuerpos se había evaporado. El calor de sus piernas rozaba la piel desnuda de Analena bajo la bata, y él, aunque no se atrevía a mirar directamente, lo sentía.
Analena inclinó la cabeza hacia su hombro, despacio, como una gata.
—Estás temblando —murmuró.
—No lo estoy —replicó él, con la voz tensa.
Ella rió suavemente. Lo conocía mejor que eso. No por experiencia, sino por instinto. Abraham era el tipo de hombre que se resistía al deseo porque aún creía que el control era virtud. Qué tierno.
Y qué fácil de romper.
—¿Te pone nervioso estar conmigo? —susurró, dejando que su aliento le rozara el cuello.
—No —mintió.
—Entonces mírame.
Él lo hizo. Sus ojos verdes estaban cargados de confusión, de anhelo y culpa. Analena lo miró como si no fuera consciente del efecto que causaba. Como si no supiera que la bata apenas sostenida en sus hombros estaba revelando más de lo que cubría. Como si el roce sutil de su muslo contra el suyo fuera casual.
—Sé lo que piensan de mí —dijo él al fin, en voz baja—. Que solo soy el hermano del medio. El que no tiene garra. El que no quiere poder. Pero tú no… tú no me tratas así.
Ella deslizó una mano por su brazo, suave, como si calmara a un animal asustado.
—Yo veo todo lo que ocultas, Abraham. Y también lo que podrías ser… si alguien te empujara en la dirección correcta.
Él tragó saliva.
—¿Y tú vas a empujarme?
—Si me dejas.
Sus labios estaban cerca. El silencio era una cuerda tensa entre ellos. Y entonces Abraham se inclinó, despacio, como si cruzara un umbral que había temido toda su vida.
El beso fue suave al inicio. Torpe, incluso. Pero Analena lo guio con paciencia. Sus dedos subieron por la nuca de él, lo acercaron más. Se entregó a la dulzura, a la forma en que él la tomaba como si pudiera romperla, como si fuera sagrada.
Y justo ahí, donde todo parecía tan tierno, tan puro… Analena lo envolvió en una trampa invisible.
Ella lo empujó contra el sofá, subiéndose a horcajadas sobre él. La bata cayó un poco más. Abraham se quedó sin aire. El cuerpo de Analena se pegó al de él, guiando cada caricia con precisión quirúrgica. Le mordió el labio inferior, bajó por su cuello, dejando una estela de fuego.
—¿Estás seguro? —le susurró al oído— Porque si cruzamos esta línea… no voy a devolverte el corazón intacto.
Abraham la miró con los labios entreabiertos. El deseo se le notaba en los ojos, pero él la apartó ligeramente. Ella se recostó contra su pecho, y él la rodeó con ternura. Permanecieron así por horas.
Y cuando Abraham finalmente se durmió, abrazándola como si fuera lo más preciado que tenía, Analena abrió los ojos.
Fríos. Claros. Calculadores.
…
La mansión Koch dormía en un silencio espeso, interrumpido solo por el leve crujido de la madera vieja bajo los pies de Abraham.
Eran las tres de la madrugada cuando salió de la habitación de Analena. El cierre de la puerta fue apenas un suspiro, pero el eco de lo que había sucedido entre esas cuatro paredes vibraba aún en su piel. No había sexo, no todavía, pero sí algo más peligroso: intimidad. Cercanía. Una conexión que le latía en el pecho como una advertencia.
Se frotó la cara, abrumado. No quería salir por el pasillo principal, pero tampoco se iba a esconder. Era Analena. Nadie que se acercara a ella quedaba intacto, y él lo sabía. Aun así, no se arrepentía.
Lo que no sabía, era que Gabriel acababa de llegar.
El rugido apagado de su Aston Martin se detuvo frente a la entrada minutos antes. Olía a whiskey caro, cigarro dulce y perfume femenino, pero sus ojos, tras las gafas oscuras, estaban despejados. Fríos. Lúcidos. Como siempre, cuando algo no le cuadraba.
Entró por la puerta lateral, esperando cruzarse con el mayordomo dormido o con el silencio habitual de las madrugadas… pero no esperaba ver a Abraham saliendo del cuarto de Analena.
Se detuvo en seco. Se quitó las gafas con lentitud, dejando que sus ojos azules atraparan toda la escena.
Se detuvo en seco. Sus cejas se alzaron, incrédulas, y su mandíbula se tensó lentamente.
El hermano perfecto. El buen hijo. El equilibrado. El "noble".
¿Acostándose con ella?
Gabriel se echó hacia atrás, apoyado contra la baranda, y observó cómo Abraham desaparecía por el pasillo sin notar su presencia.
y susurró para sí mismo, con esa mezcla de ironía y veneno que tanto lo caracterizaba:
—Bonita forma de hacer luto, hermano.
Luego miró hacia el pasillo, hacia esa puerta cerrada que guardaba más secretos que los que cualquier tumba podía esconder. Analena… La viuda. La cazafortunas. La intrusa.
Y, sin embargo, no podía apartar la imagen de ella de su mente.
Gabriel sonrió para sí mismo.
—Así que Abraham fue el primero…