Santino Koch se estacionó frente al edificio con el ceño fruncido. Había venido a discutir un par de negocios turbios con Wallace Pete, pero apenas apagó el motor, su mirada se clavó en la figura que emergía del ascensor, deslizándose por el lobby con la elegancia de una pantera envuelta seda. La reconoció sin dudarlo. Era ella, su Analena.
Radiante. Con ese brillo en la piel que no dejaba dudas. Con ese andar lento, satisfecho. No llevaba ni la más mínima prisa, como si flotara sobre las baldosas, como si el mundo girara a su antojo.
Santino la observó tras los cristales ahumados de su auto. El pulso le golpeó en las sienes. Sabía lo que eso significaba. No necesitaba confirmarlo.
La imaginó con Wallace, con esa lengua asquerosa explorando lo que no debía, con las manos ansiosas del político tocando esa piel que él deseaba marcar con sus propios dedos.
El volante crujió bajo la presión de su agarre.
Sin pensarlo dos veces, salió del auto y cruzó la entrada como una sombra. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevía. Bajó las escaleras del estacionamiento con pasos rápidos, guiado por un instinto tan primitivo como salvaje.
Ella estaba allí, buscando las llaves en su bolso, ajena… o quizás perfectamente consciente.
—¿Te divertiste, perra? —soltó, con voz grave como un disparo en la penumbra.
Analena giró el rostro con lentitud. No se sobresaltó. Solo lo miró.
—Oh… ¿venías a ver a tu amigo? Lástima. Ya terminó su turno.
Santino llegó hasta ella en dos zancadas. La empujó contra su el auto de ella, sujetándola del brazo. El contacto fue eléctrico. La piel ardió donde sus dedos la presionaban. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—¿Te revolcaste con él? —espetó entre dientes, con los ojos clavados en los labios de ella.
—¿Y si lo hice? —susurró Analena, ladeando la cabeza—. ¿Qué harás? ¿Me castigarás, Santino?
El nombre en sus labios lo enloqueció.
La apretó más, su respiración se volvió errática. Su cuerpo entero gritaba por poseerla, por hundirse en ella, por borrar cada maldita huella ajena.
—Maldita seas… —jadeó, rozando sus labios con los de ella sin tocarla.
Analena no se movió. Lo miró con deseo, con la boca entreabierta, con el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Sus rodillas no temblaban, pero el calor en su abdomen era innegable.
—¿Te molesta que otro haya estado primero? —provocó con una sonrisa venenosa—. ¿O te excita?
Santino golpeó con la palma el techo del auto, a centímetros de su cabeza, sin apartarse. El ruido metálico rebotó en las paredes del estacionamiento. Su otra mano bajó por su brazo, hasta el muslo descubierto por la abertura del vestido.
—Eres mía —gruñó, sin pensar, sin razón.
—¿Ah, sí? —ella rió, con el veneno más dulce del mundo—. Pues llegaste tarde.
La tensión crepitaba en el aire. Sus bocas estaban tan cerca que compartían el aliento. Él se inclinó un poco más, y por un segundo, ella creyó que la besaría. Lo deseó. Lo odiaba por hacerla desearlo.
—¿Te molesta, Santino? Pensé que no eras de los que comparten, pero tampoco de los que reclaman lo que no les pertenece.
La mandíbula de Santino se tensó. Su mirada bajó inconscientemente hasta el cuello de ella, hasta la clavícula expuesta, hasta esa maldita sonrisa. La rabia le trepó por el pecho como una serpiente y se posó entre sus ojos, furioso.
—No te atrevas a jugar conmigo, Analena —gruñó, apretando más su brazo.
—¿Jugar? —susurró ella, acercando sus labios a los de él, rozándolos apenas, sin besar—. Esto ya no es un juego, Santino. Al menos, no para ti.
Y entonces, sin más aviso, él la besó.
Fue un beso brutal, como si quisiera arrancarle el alma con los labios. La empujó con fuerza contra el auto, y su cuerpo la aprisionó como una jaula viva. Las bocas chocaron, se devoraron. Analena respondió con fuego, mordiéndole el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Ella tenía razón, ya eso no era un juego, era su perdición, su lenta y deliciosa perdición.
Él gruñó. Ella jadeó.
Sus manos bajaron a la cintura de ella, la levantó apenas del suelo. Su pelvis se pegó contra la suya. La necesidad en él era punzante, enfermiza, casi dolorosa. Pero Analena interrumpió el momento. Le sujetó el rostro con ambas manos y le susurró en su oído:
—No eres tan diferente a Wallace… También quieres arrodillarte, ¿no?
Santino la soltó como si quemara. Retrocedió un paso, con los labios húmedos, los ojos dilatados y el pecho agitado.
—¿Te gusta espiarme, querido? —añadió ella, alisándose la falda—. Si quieres saber cómo fue… puedo describírtelo con detalle.
Se giró hacia la puerta del auto, abrió y se sentó con calma, sin mirar atrás. Antes de cerrar, le lanzó una última mirada por encima del hombro, como una reina que se despide de su súbdito.
—Aunque si esperas un resumen… fue delicioso.
Y cerró la puerta.
Santino se quedó en medio del estacionamiento, enojado, con el pulso desbocado y la erección palpitante bajo los pantalones. Por primera vez en años, no sabía si quería matar a alguien… o rogar por otra probada.
[...]
El rugido del motor fue lo único que acompañó a Analena mientras subía por el camino privado hacia la mansión Koch. Las luces del atardecer teñían de oro las ventanas antiguas, pero ella tenía su propio resplandor: el de una mujer que acaba de cobrar una ficha importante en el tablero.
Entró sin saludar a nadie. Ni a la doncella que intentó quitarle el abrigo, ni al mayordomo que apenas se asomó por el pasillo para ver quién había llegado. Sus tacones resonaron firmes contra el mármol, marcando cada paso como un golpe de autoridad. Su vestido estaba arrugado en los lugares correctos. El cabello, recogido a medias, dejaba escapar algunos mechones rebeldes. El aroma a hombre poderoso aún danzaba entre su perfume caro. Y ella… ella sonreía.
Cruzó el gran salón como si le perteneciera —porque ahora lo hacía—, subió las escaleras con elegancia calculada y se encerró en su habitación sin decir una palabra.
Se quitó los tacones con un suspiro casi placentero y caminó descalza hasta el tocador. Se miró en el espejo.
Triunfadora. Invicta.
Una mujer satisfecha, pero no saciada.
Se deshizo del vestido con lentitud, dejando que cayera al suelo como una serpiente deslizándose fuera de su piel. Se puso una bata de seda negra y la ató con un lazo flojo. Luego, tomó su celular, revisó el mensaje que Wallace le había enviado —una nota aduladora, ridícula, como un cachorro agradecido— y lo eliminó sin responder.
No necesitaba validación. Ya tenía lo que quería.
O casi.
Porque mientras encendía una copa de vino y se sentaba frente a la chimenea, su mente, traicionera, la llevó de vuelta al estacionamiento. A la furia de Santino. A su beso brutal. A la forma en que la deseaba… con odio. Con hambre. Con rabia. También recordó a Wallace y sonrió extasiada.
—Ah, Santino… —susurró con una sonrisa torcida, acariciando el borde de la copa con el dedo índice—. Estás tan cerca de caer. Y ni siquiera lo sabes… caerás como Wallace.
Envuelta aún en su bata negra de seda, se acomodó en el sofá con un fajo de documentos entre las manos. Los papeles estaban ordenados, clasificados y marcados con pestañas color vino: uno por cada hermano Koch.
Cortesía de Wallace Pete.
“Te serán útiles”, le había dicho con una sonrisa.
Analena hojeó el primer expediente. En la carpeta: Abraham Koch.
Treinta años. Ingeniero civil con posgrado en administración. Hijo del segundo matrimonio de Edmund Koch con una mujer respetada de la alta sociedad. Una infancia estable, una adolescencia con algunos sobresaltos. Diez años de matrimonio entre sus padres, y luego, la muerte prematura de su madre por complicaciones cardíacas.
“Él es el más noble… el más emocional”, pensó Analena, repasando una fotografía donde Abraham sonreía con la ingenuidad de quien todavía cree en el amor. “Será el primero en entregarme el corazón.”
Pasó al segundo expediente. Gabriel Koch.
Veintiocho años. Empresario de fachada, hedonista de vocación. Vive fuera del país desde los veinte. Autoexiliado o tal vez expulsado. No figura en ningún cargo real dentro de la empresa, pero tiene acceso a fondos, cuentas y propiedades de la familia. Hijo ilegítimo. Hijo de una bailarina francesa que Edmund conoció durante una gira de negocios en París. Lo reconoció al nacer, pero jamás se casó con su madre.
“El niño de las sombras. El bastardo dorado.”
La única imagen que Wallace consiguió era reciente: Gabriel montado en una motocicleta italiana, gafas oscuras, una sonrisa ladeada que mezclaba arrogancia y placer. Analena acarició el borde de la foto con los dedos.
“Tu rabia será deliciosa, Gabriel. Quiero ver si todo ese odio puede convertirse en deseo.”
Finalmente, el último expediente. Santino Koch.
Treinta y seis años. Frío, brillante, controlador. El primero. El heredero legítimo por derecho. Su madre, una aristócrata alemana de sangre azul, desapareció en circunstancias sospechosas cuando Santino tenía apenas diez años. Desde entonces, su relación con Edmund fue tirante, tensa, competitiva. ¿Dónde podría estar esa mujer? ¿por qué las fechas eran tan cercanas entre los nacimientos? ¿Acaso Edmund no era un hombre bueno como aparentó? ¿iba seduciendo mujeres jóvenes y embarazándolas? Dejó de lado esos pensamientos y siguió leyendo el expediente.
El informe de Wallace era más jugoso en este apartado.
“Santino ha sido cliente habitual en clubes exclusivos de placer durante más de una década. El más recurrente: Club Ambrosia.”
Analena alzó una ceja. Club Ambrosia… Eso explicaba muchas cosas. Y abría la puerta a otras.
También había detalles sobre conflictos internos en la empresa. Sanciones, decisiones arriesgadas, mujeres, fiestas secretas, chantajes cubiertos con dinero. Santino era una bomba de tiempo. Y lo sabía.
Cerró las carpetas una a una, con calma. Luego se puso de pie, dejando los documentos sobre el escritorio antiguo de Edmund. La chimenea ardía, y ella ardía con ella.
Tres hermanos.
Tres historias distintas.
Tres puntos débiles.
Y ella, la única capaz de encontrarlos todos.
—Bien, Edmund… —murmuró mirando el retrato colgado en la pared, ese viejo con cara de buen hombre que la había usado como escudo—. Me diste las llaves del infierno antes de morir. Gracias por eso.
Se estiró. Y entonces, su celular vibró.
Un mensaje. De Abraham.
"¿Estás despierta? Necesito verte."