Capítulo 6. 1

518 Palabras
Y él lo hizo. Wallace cayó de rodillas entre sus piernas, su pantalón de diseñador se marcó con arrugas en el suelo. Sus manos la tomaron con reverencia y desesperación, y su boca... su boca encontró el centro del deseo de Analena como si lo hubiese estado buscando toda su vida. Ella cerró los ojos, hundió una mano en su cabello. Ahora era ella la que lo dominaba. No hubo dulzura. Solo hambre. Wallace la saboreó como si su vida dependiera de ello, como si la política, el dinero, los discursos, todo se redujera a este momento: el cuerpo de una viuda joven, poderosa, que gemía apenas, sin perder nunca el control. —Sabes a poder, Analena —murmura con un gruñido bajo—. Y tengo la intención de consumir hasta la última gota. Analena se rindió al placer. Pero no a él. Analena gemía despacio, sin esfuerzo, como si le permitiera el privilegio de adorarla. —Más despacio —ordenó con un jadeo entrecortado—. Hazlo bien, Wallace… o detente. Sus caderas se movían con un ritmo lento, sensual, perfectamente medido. Controlaba su propio clímax como controlaba todo: con cálculo y precisión. Wallace jadeaba, murmurando su nombre como una oración, perdido en ella. Él se rio, las vibraciones enviaron olas de placer a través de ella, antes de comenzar a darse un festín, su lengua la exploró con una habilidad que le sacó el aire de los pulmones. Era un hombre con una misión, decidido a destrozarla, a hacerla mendigar. Él era implacable, su lengua y sus dedos trabajaron en conjunto, empujándola más alto, más fuerte, hasta que ella no pudo soportarlo más. Con un grito, se hizo añicos, su cuerpo se convulsionó mientras ola tras ola, el placer se estrellaba sobre ella. Wallace, con el rostro resplandeciente por la excitación de ella, la miró, con una sonrisa de suficiencia en los labios. Él gimió contra su piel, más desesperado. El sabor de ella lo rompía, lo encendía, lo hacía arder como un adolescente. Su pelvis se movía contra nada, contra el aire, contra el dolor de un deseo contenido por demasiado tiempo. Y entonces, sin aviso, se estremeció. Analena sintió cómo su cuerpo se tensó, cómo sus manos temblaron y su respiración se quebró en un jadeo torpe. Él se corrió en los pantalones, sin tocarse, sin darse cuenta, como un muchacho en pubertad embriagado por una diosa inalcanzable. Analena lo sostuvo entre sus muslos, jadeando suavemente, pero sin perder su compostura. Observó cómo Wallace jadeaba, aún de rodillas, completamente humillado por su propio placer. Ella lo acarició como a un animal domado, como si lo perdonara por su debilidad. —Ya te lo advertí, Wallace —susurró con una sonrisa en los labios—. Vas a arrodillarte por mí… y lo hiciste. Eso es todo lo que eres, Wallace —dijo en un suspiro, apartándolo con un leve empujón. Él cayó hacia atrás, aturdido—. Un paso más en mi camino. Y ni siquiera lo sabes. Analena se enderezó el vestido, recogió su bolso y abandonó el pent-house de Wallace Pete.
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