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1271 Palabras
La mañana entró por los ventanales de la mansión como un suspiro lento y dorado, pero Analena no tenía tiempo para la luz ni la melancolía. Se levantó con el cuerpo aún cálido, con el eco de la noche anterior ardiéndole bajo la piel, y caminó descalza por el porcelanato frío del pasillo. El despacho de Edmund Koch, ahora suyo, seguía oliendo a él. A cuero, a humo de puro, a poder encerrado tras puertas pesadas. Pero en cuanto cerró la puerta tras de sí, Analena ya no era la viuda. Era la estratega. Sobre el escritorio, perfectamente ordenado, estaban los documentos que Wallace Pete le había enviado esa madrugada. Los abrió con calma, como quien deshoja los secretos de un imperio. Y ahí estaban: cifras, contratos, movimientos financieros. Detalles de licitaciones gubernamentales donde la empresa Koch Energy estaba involucrada. Y en una hoja separada, un nombre: Petróleos del Sur, una compañía emergente con vínculos sospechosos... y con Wallace metido hasta el cuello. Analena sonrió. El muy bastardo no solo quería usarla, quería aliarse con ella. Una notificación vibró en su teléfono: "Almuerzo en mi penthouse, 1 PM. Sé que sabrás qué ponerte. — W." —Por supuesto que sabré —susurró ella, dejando caer los documentos sobre el escritorio. Caminó hacia el ventanal, estirándose como una gata satisfecha, dejando que la bata de seda se deslizara apenas por su hombro. No tenía dudas de lo que Wallace esperaba a cambio de esa información. Lo conocía. Había escuchado su voz venenosa en las reuniones con su padre durante los últimos años. Había sentido su mirada pegajosa desde que tenía diecinueve. Y ahora, él creía que tenía la sartén por el mango. Analena se miró en el espejo. Eligió un conjunto ajustado, minimalista, de un blanco impoluto. Falda con abertura lateral, blusa sin espalda, sin sostén. Debajo, solo una tanga blanca y mucha, mucha estrategia. Sabía que Wallace Pete era un hombre de impulsos. Que el poder lo excitaba tanto como su cuerpo. Y ella iba a dárselo... lo suficiente para tenerlo colgado de sus dedos… Antes de salir, se acercó al retrato de Edmund que colgaba en el despacho. —Te prometí que los mantendría lejos de tus ruinas, ¿no? —le dijo al cuadro, con una sonrisa amarga—. Lo haré. Pero me voy a divertir en el proceso. Y con paso firme, Analena se fue. Al almuerzo, al juego, a cobrar su propia deuda. Porque si Wallace Pete pensaba que sería fácil devorarla... se equivocaba. Ella también iría de cacería. [...] El penthouse de Wallace Pete olía a lujo antiguo. Era de madera oscura, arte moderno con toques de vulgaridad y excesos. Todo hablaba de poder mal habido, de una ambición cultivada con whisky caro y cuerpos alquilados. Analena entró como una reina sin corona, pero con la cabeza bien alta. Cada paso suyo era una provocación medida: el sonido de sus tacones sobre el suelo, el roce sutil del dobladillo rozando la línea alta de sus muslos desnudos. Wallace la recibió con una sonrisa ladeada, un vaso de bourbon en la mano y la mirada clavada en su escote. Vestía de n***o, impecable, como si fuera a sellar un pacto con el diablo. —Llegas tarde, Analena. —Le ofreció la copa como si le estuviera entregando el control del mundo. —Las reinas no se apresuran, se hacen desear, Wallace. —Tomó la copa sin mirarlo, y bebió sin miedo. El licor ardió como debía arder todo lo que estaba por venir. La cena ya estaba servida. Un festín lujoso, pero intocado. Nadie tenía hambre de comida. Se sentaron frente a frente. Él la miraba como un depredador midiendo distancias. Ella jugaba con su copa, con sus labios, con sus silencios. —Sabes por qué te pedí que vinieras, ¿no? —murmuró él, con voz ronca, densa por el deseo. —Porque tienes hambre, y crees que soy un plato más. —Sus ojos eran dos dagas afiladas. Pero su sonrisa... esa sonrisa era de fuego. Wallace se inclinó sobre la mesa. —Porque sabes que tengo lo que necesitas. Poder, contactos, protección. Podría hacerte intocable, Analena. Pero todo tiene un precio. Ella se levantó despacio. Caminó hacia él, redibujando cada curva bajo la tela blanca, sintiendo su mirada recorrerla como una lengua invisible. Se detuvo justo a su lado. —¿Y tú crees que puedes comprarme, Wallace? ¿Después de todo lo que viste en esa mansión? —Le rozó el cuello con la yema de los dedos—. No soy una de tus muñecas. No necesito que me salves. ¿Crees que no conozco a los hombres como tú? Utilizan a la gente, en especial a las mujeres jóvenes y luego las arrojan una vez que han saciado toda su sed en sus manchados cuerpos… Él la sujetó de la muñeca con fuerza, levantando la cabeza hacia ella. Con su rostro a centímetros. Su deseo era evidente. —¿Es desconfianza en el genero masculino? Es infundado, bella Ana… Analena sonrió de lado. —El hombre al que más admiraba en este mundo, mi padre, terminó por decepcionarme. Así que tengo todas las razones para mostrarme precavida. —Entonces, dime... ¿qué necesitas? Jamás te dejaré, no te decepcionaré, te lo juro. Analena bajó la mirada a sus labios, luego al bulto evidente bajo su pantalón. Le sonrió con un poco de burla y lujuria. —Solo un poco de entretenimiento, cariño. Pero no te emociones. No eres el único jugador en la mesa. Y con la misma calma, se sentó sobre él, en su regazo. Wallace apretó los dientes, tomándola de la cintura, deslizando las manos por sus muslos. Ella no se movió. Solo dejó que su aliento rozara su oído. —Voy a hacer que te arrodilles por mí, Wallace Pete —le susurró, con la lengua apenas rozándole el lóbulo—. Y cuando lo hagas, ni todo tu poder te va a salvar de lo que sigue. Analena se había sentado en su regazo como quien se sienta en un trono robado: con poder, con intención... con un plan. Pero esta vez no lo detuvo. No lo empujó, no le dio una orden. Solo lo dejó hacer. Y eso, para Wallace, fue una especie de bendición... y una sentencia. Sus manos subieron por sus muslos, acariciándola con firmeza hasta llegar al borde del vestido. Él lo descubrió con una exhalación contenida, como si la realidad acabara de darle una bofetada de deseo. —Analena... —gruñó contra su cuello, besándola con rabia. Ella solo inclinó un poco la cabeza, dejando que su lengua bajara hasta el hueco de su clavícula, donde él depositó una mordida suave, temblorosa. Sus dedos se adentraron en ella sin preguntar. Analena solo lo miró, con esa expresión serena que quemaba más que cualquier gemido. Wallace se volvió loco con eso. Quería quebrarla, arrancarle un suspiro, hacerla perder ese control helado que lo volvía débil. Pero Analena... Analena montaba su deseo como quien doma una bestia. Se movió sobre él con lentitud, guiando su dedo para rozarlo justo donde sabía que la volvería loca. Wallace la alzó sin pensarlo, llevándola hasta la gran mesa del comedor sin dejar de besarla. La tumbó entre las copas de vino, entre platos intactos, subiéndole la falda con desesperación. Ella abrió las piernas para recibirlo, majestuosa, sin miedo, sin vergüenza. Lo miró a los ojos. Sostuvo su barbilla con dos dedos y, sin decir una palabra, dejó que su mirada hablara por ella: hazlo. —¿Ves? —le susurró—. Todos se arrodillan eventualmente.
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