Capítulo 4

1242 Palabras
Santino estacionó su coche frente a la discreta entrada del club Ambrosia, un edificio elegante y oscuro, sin letreros ni publicidad, porque quienes debían conocer su existencia ya lo hacían. Un guardia lo reconoció al instante y le abrió la puerta sin necesidad de que mostrara su identificación. Aquí no era solo Santino Koch, el heredero de un imperio petrolero. Aquí, era un dueño. El interior estaba bañado en sombras y luces doradas. La música vibraba en las paredes, un ritmo sensual y envolvente que marcaba el compás de cuerpos entrelazados en rincones oscuros. El olor a licor caro, perfume y lujuria flotaba en el aire como una droga embriagante. Santino cruzó el vestíbulo con paso seguro, ignorando las miradas que lo seguían. Aquí, no era raro verlo. No era raro saber que cuando llegaba así, con la mandíbula tensa y el ceño fruncido, era porque necesitaba saciar algo. Algo oscuro. Algo que le ardía en la piel. Una de las anfitrionas se acercó con una sonrisa cautivadora. —Señor Koch. ¿Lo mismo de siempre? Santino deslizó la lengua por su paladar. —No —murmuró con voz grave—. Hoy quiero algo... diferente. La mujer asintió y lo guio a un área privada, donde solo los miembros más exclusivos tenían acceso. Un salón con luces tenues, sofás de terciopelo y cortinas que ocultaban placeres prohibidos. Se sentó en uno de los sillones de cuero, inclinándose hacia atrás mientras una copa de whisky aparecía en su mano. Olvidar. Eso era lo que necesitaba. Olvidar la mirada desafiante de Analena. Olvidar la forma en que ella inclinó el rostro con fingida inocencia cuando escuchó el testamento. Olvidar que, durante un segundo —un maldito segundo— había querido tomarla ahí mismo, en medio de todos. —Tengo justo lo que necesita, señor Koch. La voz femenina lo sacó de sus pensamientos. Levantó la vista y vio a la anfitriona con una sonrisa coqueta. La puerta acolchada de cuero se cerró detrás de él con un suave clic. Silencio. Oscuridad. Privacidad absoluta. La sala VIP de Ambrosia olía a cuero y vino caro. Santino se quitó el saco sin mirar a la mujer. No necesitaba conocer el nombre de la mujer arrodillada frente a él. Cabello oscuro, piel desnuda bajo el corsé de encaje, mirada sumisa. Perfecta. Entrenada. Pero no era ella. Apretó la mandíbula mientras se servía whisky en un vaso bajo, con los nudillos aún tensos por la rabia que lo dominaba desde la lectura del testamento. —¿Qué desea esta noche, señor? —preguntó la mujer con voz temblorosa y ojos bajos. "Quiero olvidarla." Pero no lo dijo. En cambio, se sentó en la silla frente a ella, con las piernas abiertas, el vaso en una mano, y con la otra, le hizo una seña para que se acercara. La mujer se arrastró hacia él con elegancia entrenada, bajando la cabeza al llegar entre sus rodillas. Santino la observó. Era bella, obediente, dispuesta. Y aún así... su rostro se desdibujaba en su mente, y el de Analena ocupaba su lugar. Analena, con su boca insolente. Analena, con ese maldito brillo desafiante en los ojos. Analena, la mujer que ahora tenía parte de su empresa. De su herencia. De su vida. —Sujétame fuerte —ordenó. La mujer obedeció. Subió a su regazo, se aferró a su camisa, su corsé le tocó el pecho. Santino cerró los ojos. La besó, con furia, sin dejarla tocarlo, como si pudiera arrancarse de la boca el sabor que no era de Analena. Pero todo su cuerpo lo traicionaba. Porque la deseaba a ella. La mujer jadeaba, se entregaba... Y él la empujó bruscamente. —Quítate. Ella retrocedió, confundida. Él se levantó, furioso, respirando hondo como una fiera enjaulada. —¿He hecho algo mal, señor? Santino se giró hacia la pared acolchada y la golpeó con el puño cerrado. Sí. Había algo muy mal. No podía con el recuerdo de Analena. No podía con el odio que sentía. Tenía el deseo de poseerla, castigarla... Y adorarla al mismo tiempo. —No es culpa tuya —dijo sin mirarla, ya con la chaqueta en la mano—. Es culpa de esa maldita mujer. Y mientras salía de Ambrosia, con el cuerpo ardiendo de rabia y frustración, supo algo con una claridad absoluta: Si no podía sacarse a Analena del sistema... tendría que poseerla hasta destruirla. Salió sin esperar respuesta. Esta noche, no buscaba una desconocida que se entregara sin lucha. Esta noche, quería un enfrentamiento. Y Analena iba a dárselo. […] La mansión estaba en silencio. Después del caos de la lectura del testamento, del veneno en las miradas, de las puertas cerradas con furia... Analena se permitió creer que estaba sola. Al fin. Encendió el agua caliente y dejó que el vapor llenara el baño como una nube protectora. El vapor se elevaba en hilos perezosos, acariciando los azulejos color crema del baño principal. Analena se hundió en la bañera, cerrando los ojos por un momento. El agua caliente la envolvía, silenciosa y reconfortante, como un refugio en medio de la guerra. La tensión se deshacía en su piel como miel. Por un instante, dejó de pensar. De planear. De manipular. Solo fue mujer. Una cansada. Dolida. Pero no vencida. Jamás. Entonces, el chasquido de una puerta interrumpió su paz. Analena abrió los ojos justo cuando una silueta alta, masculina y malditamente segura de sí misma se recortaba en el umbral. Era Gabriel. Camisa de lino blanca desabotonada hasta la mitad, pantalón n***o que caía justo donde empezaban los pecados. Y esa mirada. Esa maldita mirada insolente que la recorrió sin disimulo, como si ya la hubiera tenido. Como si lo supiera todo. —Si crees que no sé lo que estás haciendo, estás equivocada —dijo con voz baja, ronca, sorprendido de verla tan vulnerable. Analena se acomodó en la bañera con la tranquilidad de una diosa en su templo. Levantó una pierna del agua, las gotas resbalaron por su piel con una lentitud provocadora, como si cada curva fuera un camino hacia el infierno. Su piel brillaba bajo la tenue luz dorada, y su cabello húmedo caía por su espalda como un río oscuro. —¿Y qué crees que estoy haciendo, Gabriel? —preguntó con una sonrisa apenas curvada. Él no respondió. Solo se acercó. Despacio. Como un felino acechando. Analena se puso de pie dentro de la bañera, el agua de deslizó por su cuerpo desnudo, marcando cada línea perfecta de su figura. No había vergüenza en ella. Control en solitario. Gabriel se detuvo frente a la tina. Su respiración se alteró apenas. Su mandíbula se tensó. Ella lo miró directo a los ojos. —¿Nunca has visto un cuerpo antes? Gabriel inclinó la cabeza, su voz saliendo apenas como un gruñido contenido: —No así. Sin bronceado... prohibido. Analena dio un paso fuera del agua, sin prisa, sin cubrirse. —Entonces míralo bien —susurró—. Porque no volverás a tener esta vista gratis. Gabriel soltó una risa oscura, pero no se movió. Solo la miró. Hambriento. Confundido. Devoto. —No eres lo que aparentas —murmuró, aunque sus ojos se negaban a apartarse de sus pechos generosos y descubiertos, del vientre plano, de las gotas que recorrían el hueco de sus clavículas. —No. —Analena inclinó la cabeza, su voz dulce salió de su boca como un veneno—. Soy peor.
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