Capítulo 3

2308 Palabras
Analena caminó por los pasillos de la mansión Koch con una sonrisa apenas perceptible en los labios. Había jugado su carta con Wallace, y aunque la partida aún no estaba ganada, había logrado lo que quería: dejarlo ansioso, frustrado, sin el control absoluto que tanto disfrutaba. Pero su mente ya estaba en la siguiente pieza del tablero. Abraham. El hombre que siempre había sido la sombra de su hermano mayor, el que tenía un corazón más blando, el que se permitía sentir. Y eso lo hacía peligroso de una forma diferente. Si Analena no era cuidadosa, él podría volverse su debilidad. Subió las escaleras con calma, dejando que sus pasos resonaran en el mármol. Sabía dónde encontrarlo. Abraham no era un hombre de grandes ostentaciones como Santino, ni de placeres corruptos como Wallace. Prefería el silencio de su estudio, el espacio donde podía encerrarse con un whisky en la mano y sus pensamientos enredados entre el deber y el deseo. Golpeó la puerta con suavidad, sin urgencia. —Adelante —se oyó la voz grave de Abraham desde dentro. Analena entró sin dudar. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de escritorio y el resplandor del fuego en la chimenea. Abraham estaba recostado en un sillón de cuero, con la camisa blanca ligeramente desabrochada y un vaso de whisky entre los dedos. Cuando la vio, alzó una ceja. —No esperaba verte esta noche. Analena inclinó la cabeza con una sonrisa ligera. —Pensé que merecías una explicación. Abraham dejó el vaso sobre la mesa de centro y se enderezó, apoyando los antebrazos en sus rodillas. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de interés y sospecha. —¿Por qué estabas con Wallace? —preguntó directamente. Analena suspiró, caminando hasta el sillón frente a él y sentándose con una gracia calculada. Cruzó las piernas con calma, sabiendo que el movimiento atraería su mirada. —Porque Wallace no deja de ser un hombre con poder —respondió, encogiéndose de hombros—. Y en este mundo, los débiles no sobreviven. Abraham apretó la mandíbula. —¿Te hizo algo? Su tono era más tenso ahora, una sombra de ira asomándose en su expresión. Analena lo estudió por un momento, disfrutando de la reacción que provocaba en él. —Nada que no pudiera manejar —respondió con suavidad. Abraham la miró con intensidad, como si tratara de descifrarla. Siempre había sido más intuitivo que Santino, más atento a los detalles. Y eso lo hacía difícil de manipular. —No quiero verte cerca de él —murmuró, su voz más baja, más ronca. Analena sonrió con diversión. —¿Y desde cuándo decides con quién paso mi tiempo? Abraham exhaló, frotándose la mandíbula con frustración. —No confío en él. No después de todo lo que ha hecho. Y tú… —su mirada se suavizó apenas—. No quiero verte envuelta en su juego. Analena se inclinó ligeramente hacia él, apoyando los codos en sus rodillas. —Abraham… ¿qué te hace pensar que no soy yo quien está moviendo las piezas? Sus ojos se encontraron, y por un momento, el aire entre ellos se volvió espeso. Abraham la miraba como si quisiera creerle, pero también con la duda ardiendo en su interior. —Siempre fuiste más lista que todos nosotros —murmuró—. Pero a veces, hasta los más listos se queman... Mira, Analena, jamás pensé que te casarías con papá, fue una sorpresa para mí, y este mundo no es facil de manejar, en verdad, tengo miedo por ti. Analena sonrió. —Eso suena como preocupación. —Porque lo es. El silencio se extendió entre ellos. Analena se levantó lentamente, acercándose a Abraham. Se inclinó sobre él, apoyando una mano en el respaldo del sillón, dejando que su perfume lo envolviera. —Gracias por preocuparte, Abraham. Pero te aseguro que sé lo que hago. Él no apartó la mirada, pero su mandíbula se tensó. Sus manos se cerraron en puños sobre sus muslos, como si estuviera conteniendo el impulso de tocarla. Analena se incorporó con calma, dándole la espalda. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y giró ligeramente el rostro. —Por cierto… gracias por la llamada. Llegó en el momento perfecto. Abraham frunció el ceño, pero antes de que pudiera preguntar, Analena ya había salido, dejándolo con más preguntas que respuestas… ... La tarde caía sobre la mansión Koch, pintando el cielo de tonos ámbar y púrpura cuando el rugido de un motor rompió la tranquilidad sofocante del lugar. El sonido no pertenecía a los autos elegantes y silenciosos que solían frecuentar la propiedad. No. Este era crudo, agresivo... indomable. Analena, de pie junto a Santino en la gran escalinata, ocultó su satisfacción detrás de una expresión cuidadosamente medida. Lo había estado esperando. La motocicleta negra se deslizó por el camino de grava con una arrogancia propia de su dueño. Gabriel Koch no era un extraño para el escándalo. Su ausencia en el funeral de su padre había sido la comidilla de todos, y ahora, su regreso resultaba un espectáculo en sí mismo. Se detuvo frente a la entrada principal, quitándose el casco con una sacudida de su cabello oscuro y desordenado. Su mandíbula marcada, la sombra de barba de días y la chaqueta de cuero lo hacían parecer más un forajido que un heredero. —Vaya, qué recibimiento —murmuró con sarcasmo, sus ojos vagando brevemente sobre Santino antes de posarse en Analena. Ella mantuvo su compostura. Lo analizó sin prisa, sin apartar la mirada. Gabriel se tomó su tiempo para devolverle el escrutinio, recorriéndola de arriba abajo con una intensidad impertinente, su expresión indescifrable. —Así que tú eres la viuda —soltó con desdén, echando un vistazo fugaz al vestido n***o que aún llevaba. Analena ladeó la cabeza, como si la grosería no la afectara. Sabía lo que él pensaba. Sabía que la veía como una cazafortunas, una oportunista que había atrapado a su anciano padre en un matrimonio conveniente. Pero ella no tenía prisa en corregirlo. Al contrario, dejó que el silencio se extendiera, disfrutando la incomodidad implícita. —Y tú eres el hijo pródigo —replicó finalmente, con una sonrisa tan pulida como mortal. Gabriel chasqueó la lengua, bajando de la moto con una despreocupación estudiada. —Me sorprende que mi padre haya tenido tiempo de casarse antes de... bueno, ya sabes. Santino apretó la mandíbula, pero fue Analena quien avanzó un paso, enfrentándolo con una tranquilidad que lo desconcertó. —Parece que la noticia te tomó por sorpresa —susurró, inclinándose apenas lo suficiente para que su perfume lo envolviera—. O tal vez solo te molesta no haber estado aquí para evitarlo. Gabriel soltó una risa seca. —No me molesta en lo absoluto. Lo que me sorprende es que todavía estés aquí. Analena sostuvo su mirada, sin retroceder ni un centímetro. Él quería intimidarla, empujarla fuera de su terreno con hostilidad. Pero no sabía que ella ya había trazado su juego. —Y no planeo irme pronto —le susurró con una sonrisa inocente. Gabriel entrecerró los ojos. No le gustó la respuesta, pero tampoco la desafió. En lugar de eso, se giró bruscamente hacia la entrada de la mansión. —Que alguien me consiga una copa —murmuró con desinterés, dejando el casco sobre el asiento de la moto. Analena lo siguió con la mirada mientras se alejaba, sintiendo cómo la adrenalina hervía en su interior. Gabriel Koch estaba allí por una sola cosa: el testamento de su padre. ... El aire dentro del gran salón estaba cargado de tensión. A pesar del lujo inmaculado de la mansión Koch, el ambiente se sentía pesado, como si la muerte de Edmund todavía rondara los pasillos. Analena estaba sentada con la espalda recta en uno de los sofás de cuero oscuro, impecable en su luto cuidadosamente elegido. Frente a ella, Santino permanecía de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, mientras que Abraham, apoyado en la chimenea, giraba su copa de whisky entre los dedos. Gabriel, por su parte, se encontraba hundido en un sillón, con una pierna sobre el reposabrazos y una expresión de absoluto desinterés. Todos esperaban lo mismo. El abogado, un hombre de edad avanzada con gafas finas y un traje demasiado serio, carraspeó antes de abrir la carpeta con los documentos. Se tomó su tiempo, deslizándose los lentes por el puente de la nariz, disfrutando quizá de la expectación en el ambiente. —Bien, procederemos con la lectura del testamento de Edmund Koch —anunció con voz grave. Analena no parpadeó. Sabía que su difunto esposo tenía un plan. Lo que desconocía era hasta qué punto había decidido enfurecer a sus propios hijos. —Como saben, el señor Koch dejó estipulado que su empresa sería dividida equitativamente entre sus tres hijos —continuó el abogado—. Sin embargo, hay ciertas condiciones que deberán cumplirse antes de que cada uno pueda disponer de su parte de la herencia. Santino no se movió, pero su mandíbula se tensó. Gabriel resopló con ironía. Abraham permaneció en silencio, aunque Analena notó cómo sus dedos apretaban con más fuerza su copa. El abogado continuó: —El señor Koch también ha dejado bienes a su esposa, Analena Koch. Y ahí estaba. Analena sintió las miradas sobre ella, pero mantuvo la compostura. —Según su última voluntad, la señora Koch recibirá el veinticinco por ciento de las acciones de la empresa. El sonido del vaso de Abraham golpeando la mesa interrumpió la lectura. —¿Perdón? —su voz fue tan afilada como un cuchillo. El abogado no se inmutó. Analena se sintió en medio de una jauría de lobos. —Además, le pertenecen la residencia de la Riviera Francesa, los autos de colección y la villa en la Toscana. Hubo un largo silencio. Analena se mantuvo impasible, pero en su interior saboreó el momento. Edmund Koch lo había hecho. Había dejado su última jugada sobre la mesa. —¿Estás bromeando? —Gabriel se enderezó en su asiento, soltando una risa incrédula. Analena no dijo nada. Se limitó a posar una mano sobre su regazo y esperar. —Esto es ridículo —gruñó Santino—. No puedes decirnos que nuestro padre le cedió parte de la empresa a una mujer con la que estuvo casado menos de un día. El abogado levantó la vista, imperturbable. —Eso fue lo que estipuló el señor Koch. Santino avanzó un paso, y Analena pensó que podría arrancarle el documento de las manos. Pero en lugar de eso, se volvió hacia ella. —¿Sabías esto? —su tono era frío, calculador. Ella inclinó el rostro, con una dulzura peligrosa. —¿Por qué asumirías que lo sabía? Gabriel soltó una carcajada seca. —Claro que lo sabías. Analena se giró hacia él, encontrándolo con una expresión burlona. —Vaya, qué suerte la tuya, ¿no? Un matrimonio fugaz y ahora una viuda millonaria. Ella no mordió el anzuelo. —Así es la vida —murmuró con una sonrisa cortés. El abogado aclaró la garganta, atrayendo la atención de nuevo. —Hay una última cláusula —anunció, hojeando el documento—. Para que la señora Koch pueda disponer de su herencia, deberá permanecer en la mansión Koch por al menos un año. Analena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Los hermanos Koch intercambiaron miradas. Pero fue realmente Santino Koche el que demostró su furia. El testamento aún resonaba en su cabeza como una sentencia de muerte. Veinticinco por ciento de las acciones le pertenecían a Analena. No era solo dinero. No era solo poder. Era una maldita afrenta. Santino salió de la mansión con los puños, sintiendo el ardor de la rabia en cada músculo de su cuerpo. Encendió un cigarro en el instante en que cruzó la puerta, el humo se mezcló con el aire frío de la noche, pero no logró calmar la tormenta dentro de él. Analena. Esa perra calculadora. ¿Cómo había conseguido enredar a su padre de esa manera? ¿Con sus labios perfectos? ¿Con esa piel cobriza que parecía tallada para ser adorada? ¿O acaso Edmund Koch había caído bajo su hechizo de una forma más... profunda? La idea le revolvía el estómago. No porque le importara lo que su padre hiciera en su lecho de muerte, sino porque ahora él tenía que lidiar con ella. Con su arrogancia. Con sus juegos. Con su presencia malditamente tentadora en su casa, en su empresa. En su vida. Arrojó el cigarro y lo pisoteó con rabia. Se deslizó dentro de su coche y aceleró sin rumbo fijo, dejando atrás la mansión que, por primera vez, se sentía menos suya. Después de todo, ahora le pertenecía a esa pequeña arpía. Sus dedos golpeaban el volante con impaciencia mientras su mente jugaba una y otra vez la escena. Analena, sentada con una expresión indescifrable, sin pestañear cuando el abogado pronunció las palabras que los condenaban a todos. Analena, con sus manos delicadas descansando sobre su regazo, con la paciencia de quien sabe que ya ha ganado. Analena, sonriendo. Santino apretó los dientes. Necesitaba liberar esa rabia de alguna manera, antes de que lo devorara por dentro. Ambrosía… El nombre se formó en su mente con la nitidez de un salvavidas. Un club exclusivo. Un lugar donde el poder no se medía en dinero, sino en deseo, en control, en sumisión y dominio. Y él era un m*****o VIP. Giró el volante sin pensarlo dos veces. Necesitaba deshacerse de esta sensación asfixiante, de la ira que le nublaba la razón. Necesitaba descargar la tensión en un cuerpo que no fuera el de Analena. Porque si la tenía enfrente en este estado... La tomaría. Y la haría pagar por cada maldito segundo en que lo hacía perder el control.
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