El altar era hermoso, tenía una excelente decoración de una gran gama de flores preciosas, colores pastel, frondosos adornos, aromas exquisitos.
Lydia respiró con dificultad, ese maldito vestido le apretaba un poco, no debió comer el pastel de chocolate del día anterior. Como una muñequita, sostenía el ramo de flores que tenía entre sus manos.
Se enfocó en Steve, el novio. Se veía realmente nervioso y emocionado al mismo tiempo. Lydia sonrió ante esa faceta de Steve. Entonces, visualizó que alguien le palmeó la espalda dándole ánimos, era Gareth, se veía terriblemente apuesto. Sus miradas chocaron, y Lydia solo prefirió evitarlo de la manera más disimulada posible.
La música se desplegó, “Canon” comenzó. En el umbral de la puerta la figura de su hermosa hermana emergió, era más preciosa que una princesa de tierras lejanas. Un sentimiento de melancolía la estremeció. Su madre: Bárbara, comenzó a llorar y su padre, quien la sostenía del brazo, se veía muy conmovido.
Miró nuevamente a Steve, este sonreía de manera tan radiante, ambos tenían una inmensa sonrisa. Lydia se sintió tan aliviada, sabía que ese hombre la cuidaría bien, la amaba tanto que procuraría darle lo mejor siempre.
¿Un poco de envidia? Más bien, quería un poco de su suerte.
La ceremonia había concluido y ahora, estaban en la fiesta.
El salón era exquisito, desde su arquitectura hasta su decoración. Del techo emergían sinuosas lámparas repletas de cristales. Las paredes estaban llenas de oblicuas ventanas con hermosas cortinas, que, si mirabas a través de ellas, te encontrarías con un vivaz jardín.
Las mesas redondas tenían excelentes centros de mesa con flores naturales, aromáticas velas con tonos a bosque y una colección de vajilla elegante y detallada. Las sillas del mismo color que el mantel: dorado; eran de cojines, cómodas y acogedoras.
En el centro del salón había un inmensísimo arreglo de flores en forma redonda que flotaba con ayuda de unos cables que se sostenían del techo.
Dentro de la recepción, a un lado, había una barra para los que desearan embriagarse a la brevedad. Y justamente en ese inusual oasis, estaba nuestra queridísima Lydia, sola, porque al parecer, todo el mundo estaba acaparando a su pareja y ella parecía no existir.
Canturreaba la canción de la música en vivo mientras esperaba el cocktail que había encargado. Era magnífico el grupo de Brooklyn que habían contratado para tocar esa noche. El saxofón era increíble y el piano, una verdadera delicia.
¡Qué ganas de beber hasta que el cuerpo ya no pueda mantenerse de pie!
–Justo lo que necesitaba–exclamó con una simpática sonrisa mientras se empinaba la copa de alcohol hacia ella. Se sentía un poco mareada, estaba haciendo trabajar con mucho esmero a ese barman coctelero que preparaba unos exquisitos mixes.
–¿Te estás emborrachando sin mí? –preguntó una masculina voz detrás de sí.
Ella giró la mirada. Dios, ¿por qué tenía que ser tan atractivo y encantador? Ese traje le quedaba estupendo, dejaba en ridículo a todos los hombres en esa fiesta, incluso al idiota de Gareth.
–Te veías muy ocupado, solo me adelanté –afirmó sonriente porque su madre y todas sus tías lo habían acosado para tomarse múltiples fotografías con él. Pero no podía juzgarlas, si parecía estrella de cine. –otro “Bloody mary”, Mario –le pidió al barman del cual incluso, ya conocía su nombre. Le sirvieron el vaso y procedió a beberlo, le urgía quedar fuera de sus cinco sentidos pronto.
–Te ves muy hermosa –confesó y ella se atragantó con su bebida. Él sonrió ante ese gesto en ella. Siempre era tan espontánea y graciosa. Era mitad de la noche y su peinado se estaba desajustando, entonces él, le acomodó un mechón de cabello justo detrás de la oreja. –Tu ex no te ha quitado la mirada de encima –alzó las cejas mientras probaba una copa.
–¿Enserio? –cuestionó Lydia totalmente sorprendida.
–Sí, y justo ahora, observa para acá –confesó él y Lydia intentó girar la mirada para corroborarlo, pero Trevor la detuvo con la astucia de sus masculinos dedos. –Estás conmigo, no mires a tu ex –demandó, se estaba tomando su papel de “novio falso” muy enserio y recordaba que era del tipo celoso. –Por chismoso, mejor hagámosle una travesura –se burló Trevor, ella asintió con la cabeza.
Trevor sonrió con malicia ante esa respuesta tan sutil. Había estudiado contaduría y finanzas en la universidad, si una oportunidad de inversión se presentaba: No debía desaprovecharla, esa filosofía también la aplicaba en su vida diaria, y Lydia era tan fácil de estafar.
Lydia sintió que él enredó las manos en su cintura, entonces, apretó su femenino cuerpo contra su torso ancho y varonil, de pronto, le plantó un beso con tanta desesperación que se dejó llevar ante sus demandas, el tacto era suave y apresurado, podía jurar que a Trevor lo estaba carcomiendo una terrible ansiedad o al menos, eso le hacía sentir, apretujó más su delgado cuerpo contra el suyo, ella se dejó vencer porque su perfume masculino, era delicioso.
Trevor perdió un poco el control, quizás también estaba alcoholizado como ella. Lydia olía delicioso, su piel era suave y el sabor de su boca era más exquisito que el chocolate del día anterior. No pudo soportarlo más e… introdujo su lengua en su boca, era un beso muy provocador, quizás su temple se desvanecía para dar paso a su lujuria. Eso la sacudió totalmente.
–Trevor… –susurró, él correspondió al llamado. –¿Sientes algo por mí? –preguntó fijamente, porque tenía el valor para hacerlo, estaba ligeramente alcoholizada y se sentía con el coraje suficiente. –¿O solo lo estás haciendo por darle “celos” a Gareth? –le cuestionó mientras apoyaba las manos sobre su pecho y lo miraba de frente.
Él alzó la ceja ante esa intempestiva interrogante, había interrumpido ese apasionante beso justo cuando estaba a punto de sugerirle profundizar un poco más en sus pasiones. De pronto, sonrió con suavidad y la sujetó del mentón.
–¡Lydia! –una mano fría le tocó el brazo. Ella giró la mirada. –¡Es hora de tirar el ramo! –demandó la hermosa chica que la jalaba. Era Christina, la mejor amiga de Lindsay, estaba a cargo de reclutar a las mujeres solteras del salón.
–Voy –exclamó ligeramente irritada porque ese bocado de valentía le había valido varios cocteles de Mario, el barman.
–¡Ya! –chilló la chica sin soltarla, porque sabía que era atolondrada y que se distraería.
–Hablamos después –aseguró Trevor al soltarla y entonces, ella sintió odiar a esa hermosa pelirroja que se rehusaba a ceder al agarre.