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Leyla.
Adam y Chad entran en la sala antes, yo solo los sigo detrás como un perrito faldero, mirando a todos lados intentado ver al tatuado.
Y mi corazón se para cuando lo veo sentado, donde minutos antes, mi c**o estaba aplastado en ese banco en concreto. El cuerpo empieza a arderme.
No puedo evitar mirarlo, y él al percatarse de mi presencia hace lo mismo. Examina mi cuerpo, y eso hace que me sienta aun más incomoda y nerviosa.
—Bueno, Leyla —comienza a hablar Chad —Adam me ha contado que eres una máquina en esto del boxeo.
Sonrió.
¿De donde ha sacado eso? No siquiera me ha visto pelear.
—Lo era antes, ahora no se como se me dará —miento de nuevo. Estoy cogiendo el gusto a esto de mentir —. Puede que este un poco oxidada.
Chad asiente con la cabeza, y el rubio solo me mira emocionado.
—¿Qué te parece si me haces una demostración de lo que sabes hacer? —pregunta, con su típico acento ruso.
La verdad es que me causa bastante gracia su modo de hablar, y tengo que hacer un esfuerzo por no estallar en carcajadas. Si hago eso seguramente me echaría por mi falta de respeto.
Tal vez eso sea una mejor opción, que demostrarle algo que no sé. Espero que con cuatro puñetazos que le pegue a la saco ese, sea bastante.
—Emm... —titubeo —Claro.
Adam sonríe de nuevo dándome ánimos. Si fuera el no sonreirá tanto.
De repente siento la atosigante mirada del tatuado, en mi cuerpo. Lo por no mirarlo, si fuera otro día lo enfrentaría pero hoy, o. Tengo que dar buena impresión.
Arrugo mi nariz y sigo al ruso, que va hacia el ring.
Mierda.
Yo pensaba que eso lo haríamos después. Solo ruego que no me toque un contrincante más fuerte que yo, aunque habiendo aquí solo gorilas, es difícil que escoja a alguno debilucho.
—Entra —abre la puerta del ring, y hago lo que dice.
Entro con cuidado de no caerme, pero antes me quito los zapatos quedando descalza.
Cuando estoy adentro, suspiro.
—¿No hace falta que me ponga los guantes?—pregunto mirándolo a través de las rejillas.
Niego con la cabeza.
Adam se acerca hacia el ring, en concreto a mi dirección.
—A ver —echa una mirada por el sitio —¡Eh, tu!
Llama la atención de una chico delgaducho, pero fuerte con notables músculos en sus brazos.
El chico mueve sus piernas hasta Chad, y me mira con indiferencia.
—¿Qué pasa, Chad? —pregunta, cansado.
—Entra al ring con la chica y pelea con ella hasta que no pueda más —ordena en un tono serio.
El chico, que desconozco su nombre entra conmigo al ring y se posiciona a un lado.
—Si es tan buena como dices, no se dejará vencer tan fácilmente —cruza los brazos y se dirige hacia Adam.
Pues claro que no me voy a rendir tan fácilmente, voy a luchar y voy a aguantar hasta que me tengan que sacar inconsciente de este sitio.
Trago saliva nerviosa.
El chico se mueve, poniéndose en una posición específica. Lo imitó, poniéndome como el.
Los gritos eufóricos de las personas, resuenan en todo el gimnasio. Y rápidamente, la gente empieza a arremolinarse redondeando todo el ring.
Oigo palabras obscenas dirigidas a mi, pero me mantengo en mi sitio. No me interesan ahora.
Sin poder evitarlo miro hacia el banco donde estaba sentado el tatuado, observo entre las cabezas, pero frunzo el ceño cuando no lo veo. Se ha marchado.
Como si me importará algo lo que haga ese estúpido.
La puerta del ring vuelve a abrirse.
—Chico, bájate —el pelinegro mira entraña do a Chad, pero no le contradice.
—¿Entonces con quien peleo? —pregunto, mi voz sale chillona.
No puede ser.
Por la puerta aparece el tatuado sin camiseta, tiene unos perfectos abdominales que están demasiado tonificados, tanto que hasta parece irreal.
Con una sonrisa de autosuficiencia ingresa en el ring, y siento que mi mandíbula cae al piso. Pasa por mi lado, y se queda quieto para poner su boca en mi oído.
—Ya no puedes huir —susurra bajito en mi oreja.
Mis piernas tiemblan, y mi corazón empieza a latir con demasiada intensidad. Me siento intimidada por ese cuerpo de metro ochenta, que se posiciona a mi lado.
Todos callan. El gimnasio se resume en un silencio, que empieza a darme miedo.
La gente empieza a mirarme con compasión.
Observo como el rostro de Adam se descompone, mientras tanto Chad me examina con cierta diversión.
Cruzo la mirada con la montaña de musculo que tengo delante de mi, y sus ojos grisáceos me dan la bienvenida al infierno. Sonríe malévolamente mientras se frota las manos.
—¡Empezad! —exclama Chad desde la distancia.
Pero lo oigo claramente por culpa del silencio.
Todos me miran expectantes, mientras vuelvo a imitar la posición que antes tenía el chico pelinegro. Pongo mis manos en puños y lo alzó hacia arriba.
Camino lentamente hacia el.
—Va ha matarla —oigo un murmuro entre la m******d.
Yo también lo pienso.
No voy a poder aguantar ni un asalto. No con esta bestia como contrincante.
Expulsó el aire que tenía retenido, busco toda la fuerza que me queda, y lo hago.
Le propino un puñetazo que va dirigido a su mandíbula, el impacto hace que los huesos de mis dedos emitan un chasquido. Algo una mueca, cuando tono el dolor en ellos.
Al contrario, el sonríe de lado a lado. Parece como si mi golpe no le hubiera echo ni cosquillas.
Noto un fuerte dolor en mi vientre, cuando su mano se estrella contra mi parte baja. Mi vista se nunca por culpa del dolor, pero me mantengo seria e intento disimular mi molestia.
Mi mirada se vuelve oscura, y dejo que toda la rabia salga. Me desahogo, dejando salir todo lo malo que tenía rene tenido en mi cuerpo, y le meto varios puñetazos pareciendo una loca.
El me los devuelve. Y sin poder evitarlo, caigo al suelo cuando me pone la patilla, pero el cae conmigo.
—Vaya, pensaba que eras una gallina —susurra posicionándose encima de mi.
Mi cuerpo tiembla, pero no porque le tenga miedo, sino porque a pesar de no ser pequeña a su lado, me siento como una diminuta hormiga sintiéndose amenazada por la pata de un elefante.
Su colonia varonil embriaga mis fosas nasales, y extrañamente me gusta. Pero otro golpe guiado especialmente a mi mejilla, hace que deje de pensar en eso.
Me rabia se acumula en cada una de las venas que posee mi cuerpo.
Mi labio se rompe, y la sangre se cuela por mi boca. Evito mirar hacia mi alrededor, y lo miro directamente a los ojos.
Voy a acabar con esta tortura ya mismo.
—Pues ya ves que te equivocaste —levanto mi pierna derecha, y con ella pateo sus bolas.
La satisfacción viene a mi cuando cae a mi lado, con una mueca de dolor y chillando como un cerdo.
Entonces me pongo encima de él, y me vengo. Le devuelto todos los golpes que me ha dado, y la sangre en su nariz no tarda en llenar.
Voy a romperle esa perfecta nariz que tiene.
Pareciendo una desquiciada, enfoco cada unos de mis puños en su rostro.
Estoy es demasiado satisfactorio, y aunque mi cuerpo parezca que lo ha atropellado un camión, la adrenalina llena mi sistema.
No pienso. No oigo nada.
Solo pego. Me concentro en machacar al tatuado, y de paso dejarlo inconsciente. Pero unas manos cogen mi cintura y me alejan de su cuerpo. Rápidamente identifico al tipo, es Adam.
Me saca del ring a la velocidad de la luz, me pone en el suelo cogiendo mi mano, y me arrastrándome hasta lo que parece ser los baños.
Intento mirar atrás, pero Adam me detiene. Quiero saber como lo he dejado, quiero saber quien se atreve ahora a decir que me va a matar.
No puedo creer que lo haya conseguido. He derrotado a esa bestia llena de músculos, he machacado sus bolas y lo he avergonzado delante de todos esos machorros.
—¿¡Estas loca!? —exclama Adam, cerrando la puerta del baño.
Me quedo mirándole confusa.
—¿Por qué? —cuestiono, mirándome al espejo.
Mi pelo esta enmarañado, y todo mi rostro está decorado de sangre y de moratones. En mi cuerpo también hay varias manchas pintadas sobre mi piel.
—¡Leyla, le has pateado las bolas! —brama.
—Pensaba que en eso consistía el boxeo, en derrotar lanzando puños y patadas —digo con certeza, alzando una ceja.
Adam se pone las manos en la cabeza, y empieza a andar de un lugar para el otro
—¡Si! Pero esta p*******o pegar patadas ahí abajo —se queja mirándome —Y encima a ese tipo Leyla...
—Pues si te soy sincera, me ha encantado patearle en el c**o —una carcajada se escapa de mi boca.
—¿Sabes acaso quien es? —pregunta con un hilo de voz.
Niego con la cabeza, y el pone sus manos en la encimera del lavabo y se mira con detenimiento en el espejo.
—Madre mía —murmura, dice frustrado.
—No pasa nada tío, tranqui. Solo es un niñato tatuado que se lo tiene creído, ¿entonces que, entro al club? —pregunto acercándome a él.
Adam de pasa los dedos por el puente de la nariz.
—¿Qué sólo es un niñato tatuado? Leyla, ese tío es el mayor narcotraficante de todo el estado. Tiene negocios en toda Latinoamérica, e incluso en Europa. Tiene negocios por todos sitios. Ese tío soborna a la policía y a los jueces para que no lo acusen de asesinatos, ni de mover droga por ahí. Es el puto rey de los Ángeles, y tu vas y...
Me quedo estupefacta cuando escucho lo que Adam dice. No puedo creerlo. Tan solo no puedo.
—Eso, —titubeo —¿Eso quiere decir que, me he metido en un problema?
—Eso quiere decir que tu vida está en peligro