CAPÍTULO 15: EL ESPEJO NO MIENTE

3192 Palabras
POV EZEQUIEL Camino hacia mi cuarto con esa fatiga que no es solo del cuerpo. Es una fatiga mental, una rabia seca que se te queda en la lengua como polvo. No me duele la espalda por el trabajo, ni me arden las manos por cargar cosas. Me duele otra cosa: el control. Ese control que me he construido como si fuera pared, y que anoche se fisuró por una sola razón ridícula y brutalmente simple. Ella. No su voz. No su fama. No su máscara. Su cuerpo, de carne y realidad, apareciendo donde no debía aparecer. Y mi reacción, inmediata, traicionera, demasiado humana. Voy molesto porque mi cuerpo todavía insiste, como si no entendiera jerarquías ni sentencias ni límites. Como si no supiera que en esta casa mando yo, y aun así no puedo mandar sobre una respuesta que se prende sola, como fuego en pasto seco. La detesto. Detesto esa parte de mí. Detesto que me pase con ella. Detesto que me pase en mi cuarto, que es lo único que siempre ha sido mío sin discusión. Abro la puerta con cuidado. Y la veo. Alessia sigue dormida en mi cama. No en su cuarto. No en el cuarto de castigo. En mi cama, como si el mundo no tuviera reglas. Está acostada de lado, el cabello rubio revuelto sobre la almohada, la piel todavía con ese tono rojizo del sol, como si el rancho la hubiera marcado con una firma. Su respiración es profunda, pesada, la de alguien que por fin se cayó de cansancio después de pelear toda la semana contra el suelo, el calor, el dolor y su propio orgullo. Me quedo en el umbral un segundo, clavado. No porque me parezca “tierna” en el sentido cursi. Eso no es lo que siento. Lo que siento es lo contrario: peligro. Porque así, dormida, no tiene máscara. No tiene esa voz bonita. No tiene ese gesto de diva. No tiene defensa. Y lo peor es que mi cabeza lo nota, lo registra, lo guarda como información indecente. Mi mente no debería mirar a nadie así. Mi mente no debería ni estar pensando en ella en esta cama. Respiro hondo. No la despierto. No porque esté siendo noble. Porque si la despierto ahora, si me enfrento a esos ojos miel-aceitunados con mi cuerpo todavía traicionándome, me voy a odiar más. Y yo ya tengo suficiente odio para una vida. Tomo una toalla del respaldo de la silla, la agarro como si fuera un salvavidas y camino directo al baño. Cierro la puerta detrás de mí. Por fin, un espacio pequeño, frío, de azulejo, donde puedo respirar sin que el rancho me mire. Abro la regadera. Agua fría. No tibia. No “agradable”. Fría como para castigar la piel. Como para obligarte a volver al cuerpo. Como para borrar lo que el deseo intenta incendiar. Me meto bajo el chorro y el frío me muerde los hombros. Me corta el aire. Me tensa la mandíbula. Siento el agua correr por mi nuca, por la espalda, por el pecho, y el cuerpo debería reaccionar como siempre: debería ceder, debería bajar, debería obedecer. No obedece. Eso me enfurece más. Porque el problema no es la carne. El problema es la imagen que mi mente no suelta. La escena de anoche pegada como una marca detrás de los párpados. El vapor. La sorpresa. Su silencio. La forma en que se quedó quieta. La manera en que el mundo se detuvo un segundo. Y el hecho de que yo no fui inmune. Aprieto los dientes. Respiro. Me digo cosas que siempre me han servido: tareas, números, cercas, alambre, la lista de pendientes de mañana. Me obligo a pensar en Howard, en la valla, en los cortes que Tomás quiere mostrarme. Me obligo a salir de mi cabeza. Pero el cuerpo insiste. Como si estuviera reclamando una deuda. Y ahí aparece la tentación más fácil del mundo: apagarlo. Callarlo. Resolverlo rápido, como hacen los hombres cuando están solos y cansados y su disciplina se les agrieta por un segundo. Mi mano tiembla en el borde del lavabo, no por frío, por rabia. Y por un instante me permito ese borde peligroso donde uno se dice: “solo para calmarme”. Solo para dejar de sentir esto. Solo para poder dormir. Solo para volver a ser yo. Pero en cuanto la idea toma forma, mi mente la bloquea con una violencia silenciosa. Porque sé perfectamente qué imagen va a aparecer. No la de cualquier mujer. La de Alessia. Y yo no quiero ser ese hombre. No quiero cruzar esa línea en mi cabeza, porque una vez que la cruzas, ya no vuelves igual. Ya no puedes mirarla como castigo. Ya no puedes mirarla como problema. Empiezas a mirarla como otra cosa, y esa otra cosa se vuelve hambre. Me quedo bajo el agua fría, respirando fuerte, con la espalda tensa, con el cuerpo ardiendo por dentro, y siento la frustración como un dolor bajo, desagradable, que se instala en el vientre como una piedra. Es casi ridículo: el cuerpo pidiendo, la mente negando, y yo en medio, aguantando como si esto también fuera trabajo. Me apoyo con la frente contra el azulejo. Cierro los ojos. Dejo que el frío me muerda hasta que el cuerpo empiece a ceder por puro cansancio. Me repito algo que aprendí hace años: no todo lo que tu cuerpo quiere es tuyo. A veces solo es impulso. A veces solo es memoria. A veces solo es hambre vieja buscando dónde morder. Pasan minutos que se sienten como una eternidad. El dolor baja un poco. No desaparece, pero se vuelve manejable. Como una bestia cansada que se echa al piso, pero no se va. Apago el agua. El silencio del baño me golpea con el sonido de mis propios latidos. Agarro la toalla, me seco rápido, sin pensar, como si pensar fuera volver a caer. Me la amarro a la cintura y respiro, por fin, con algo parecido a calma. Entonces levanto la vista. Y la veo. En el espejo. Los ojos miel-aceitunados de Alessia, detrás de mí, atravesando el reflejo como si el vidrio no existiera. Me quedo congelado. No porque esté “asustado”. Porque no la escuché entrar. Porque no la escuché moverse. Y porque el baño es mi espacio, y que ella esté aquí, mirándome, rompe otra regla. Giro apenas la cabeza. Alessia está en la puerta, inmóvil, con el cabello todavía desordenado de sueño, con la cara seria, como si hubiera despertado y no supiera en qué momento su vida se convirtió en esta escena. Pero sus ojos… sus ojos no están dormidos. Están despiertos. Demasiado. Me mira. No como fan. No como diva. No como máscara. Me mira como mujer. Y eso me atraviesa. Vuelvo la mirada al espejo por instinto, como si el reflejo fuera menos real que verla directo. Error. El espejo lo hace peor, porque el espejo no tiene forma de mentir: muestra exactamente lo que está pasando. Muestra el ángulo de su mirada, cómo baja y sube, cómo se detiene en detalles sin que ella lo planee. Veo cómo su respiración cambia. Veo cómo se le aprietan apenas los labios. Y luego… la veo morderse el labio inferior, como si su cuerpo también hubiera reaccionado antes que su mente. Una reacción mínima. Involuntaria. Pero suficiente para que el mundo se me vaya al piso. El cuerpo, que yo acababa de domar con agua fría y disciplina, se despierta de golpe como si recordara con claridad brutal lo de anoche. Como si dijera: “ahí está”. Como si se burlara de mí por creer que unos minutos de control eran victoria. Mi pulso se acelera. Mi garganta se seca. Y lo peor es la traición de la mente: la imagen vuelve. La imagen de anoche, pero ahora mezclada con esta. Con sus ojos clavados. Con esa mordida de labio que no es de actriz. Es de impulso. Me quedo quieto, sosteniendo la toalla con fuerza, como si fuera lo único que me separa de perder el control por completo. —¿Qué haces aquí? —pregunto al fin, y mi voz sale más grave de lo que quiero. Alessia parpadea, como si recién notara que se está metiendo donde no debe. —No había… —dice, y se detiene, porque la frase se le muere. No dice “toalla”. No dice “ropa”. No dice nada. Solo traga saliva—. Te escuché… el agua… pensé que… no sé. Mentira. Los dos sabemos que no fue solo por agua. Los dos sabemos que algo nos jaló hasta este instante, aunque ninguno quiera nombrarlo. —No deberías estar aquí —digo, y la frase suena a orden, pero también suena a algo más: advertencia. Alessia levanta la barbilla, defensiva por reflejo, pero sus ojos siguen demasiado honestos. —Tú tampoco deberías verme —responde, y su voz es baja, pero firme. Me quedo sin respuesta un segundo, porque tiene razón. El silencio se instala entre los dos con una electricidad absurda. Una tensión que no pide permiso. Una tensión que no es “bonita”. Es peligrosa. Y yo solo puedo pensar una cosa, cruda, simple, verdadera: Mierda… Porque ahora no es solo lo que vi anoche. Es lo que ella está viendo ahora. Y la forma en que su cuerpo respondió, aunque sea un milímetro, me dice que esto ya no es un accidente aislado. Esto es un incendio esperando aire. El silencio se queda entre nosotros como una cuerda tensada al máximo. No es un silencio cómodo. No es el silencio del rancho que solo existe porque la gente está cansada. Este es otro tipo de silencio: uno que muerde. Uno que se llena de cosas que no se dicen, pero se sienten con el cuerpo antes de que la cabeza alcance a negarlas. Yo sigo frente al espejo con la toalla amarrada a la cintura, y ella está en la puerta, todavía con ese aire de “acabo de despertar y no sé en qué momento mi vida se volvió esto”. Pero sus ojos… sus ojos no mienten. Esos ojos miel-aceitunados me recorren como si estuvieran buscando algo, como si su propio instinto estuviera peleando contra su orgullo. Y yo, con el corazón acelerado y el cuerpo todavía traicionero, entiendo algo muy simple: Si me quedo un segundo más sin hacer nada, esto se sale de control. Y yo no permito eso. No porque sea un santo. Porque sé cómo empiezan las cosas que terminan mal: con un segundo de debilidad, con una mirada sostenida demasiado tiempo, con una decisión no tomada. Yo no juego a perder el control. No con ella. No aquí. No en mi casa. Así que corto la tensión con lo único que sé usar cuando el mundo tiembla: autoridad. —Sal —digo, sin gritar, sin insultar, sin humillarla. Solo una palabra, firme, final. Alessia parpadea, como si mi voz la jalara de vuelta a la realidad. Su barbilla sube de inmediato; el orgullo le entra como una armadura automática. —¿Sal? —repite, con una sonrisa pequeña que no le llega a los ojos—. ¿De tu… baño? ¿El mismo baño al que tú me metiste porque “apestaba”? Ahí está. Su sarcasmo. Su defensa preferida. La misma que le sirve para no sentirse expuesta, para no admitir que está nerviosa. Y me dan ganas de responderle con dureza, con esa frialdad que la hace temblar por dentro. Pero no lo hago. Porque eso la empuja a pelear, y pelear en este momento es gasolina. —Alessia —digo su nombre por primera vez en este tono. No como orden de rancho. Como límite—. Sal. Ella aprieta los labios. Se queda un segundo más… y ese segundo es peligroso, porque su mirada vuelve a bajar por instinto, como si su cuerpo fuera un animal curioso. La veo hacer un esfuerzo por detenerse. La veo tragar saliva. Y en vez de retroceder obediente, suelta un comentario para recuperar control. —Qué delicado el patrón —murmura—. ¿Te asusté? No respondo a la provocación. Me acerco un paso hacia la puerta del baño, despacio, sin prisa, marcando territorio como se marca en el rancho: con presencia. —No —digo, y mi voz suena más baja—. Me estoy cuidando. Eso la descoloca un segundo. Porque no esperaba esa respuesta. Ella esperaba burla. Esperaba amenaza. Esperaba “te pongo en tu lugar”. Pero “me estoy cuidando” no es un ataque. Es una verdad. Se le endurece la cara y, por un instante, la máscara se le mueve. Lo noto en la forma en que sus ojos titubean, en la línea de su boca que ya no sabe si sonreír o defenderse. —¿Cuidándote de mí? —pregunta, y el sarcasmo intenta salir otra vez, pero ahora suena más delgado. —De esto —respondo, sin señalar nada, porque no necesito. El aire entre nosotros lo señala todo—. De cruzar algo que no vamos a poder des-cruzar. Alessia abre la boca para contestar rápido, con alguna frase afilada. Pero no le sale completa. Se le quiebra una palabra en la garganta, apenas un tropiezo mínimo. Casi nada. Pero yo lo escucho. Y en ese tropiezo veo algo que no había visto antes tan claro: miedo. No miedo a mí como hombre. Miedo a perder el control de sí misma. Miedo a sentir algo que no quiera sentir. Se le baja la voz cuando intenta hablar. —Yo… no… —y se detiene. Ese “yo” que no logra completar me golpea más fuerte que su sarcasmo. Porque esa es la Alessia real. La que no tiene frase entrenada para este escenario. La que no puede convertir esto en contenido ni en chiste ni en un “ay, qué random”. La que se quedó sin guion. Respira hondo y vuelve a intentarlo, más suave, más sincera sin querer. —Yo no… vine a… —otra pausa—. No vine a eso. Asiento apenas, porque yo tampoco. —Yo tampoco —digo. Nos quedamos mirándonos un segundo en el espejo, no directo, como si el reflejo fuera una forma de sostener la tensión sin tocarla. Y ahí entiendo que, si no ponemos una regla ahora, el rancho mismo nos va a empujar hacia una escena peor. Porque el rancho no es romántico. El rancho es presión. Cansancio. Encierro. Rutina. Y en presión, la gente rompe cosas. —Escucha —digo, con calma dura—. Hay una regla nueva. Alessia frunce el ceño, como si le molestara que yo imponga reglas incluso en esto. —¿Una regla? —se burla, débil—. ¿También vas a ponerla por escrito, patrón? No caigo. —Sí —respondo—. Y me importa un carajo si te gusta. Porque esto… —otra pausa, para que no suene a amenaza barata— …esto nos puede arruinar. Ella se queda callada. Y ese silencio de ella vale más que cualquier respuesta. —Uno —empiezo, como si estuviera hablando de una valla o de un animal, porque así sé hacerlo—. No entras a mi cuarto sin que yo esté afuera. Nunca. Alessia abre la boca para protestar, pero la cierro con la mirada. —Dos —sigo—. Si vuelves a quedarte dormida en mi cama, yo te saco y te llevo a tu cuarto. Aunque estés muerta de cansancio. No lo vuelvo a permitir. Se le prende el orgullo. —Qué amable —escupe. —No es amabilidad —digo—. Es control. Ella traga saliva, molesta, pero se queda. —Tres —agrego—. Si pasa algo como hoy… no hacemos chistes. No nos provocamos. No “probamos”. Te das la vuelta y sales. Yo hago lo mismo. Alessia me mira como si quisiera odiarme por decirlo… pero por dentro sabe que es necesario. Lo sé porque su sarcasmo no sale. Lo sé porque sus ojos se mueven raro, como si estuvieran aceptando a la fuerza. —¿Y ya? —pregunta, intentando sonar fuerte. —Y ya —confirmo—. Porque si no, esto se convierte en otra cosa. Y yo no quiero otra cosa. Alessia sostiene mi mirada un segundo más, y ahí veo que quiere decir “yo tampoco”, pero no se atreve. Decirlo sería admitir que sintió algo. Así que lo que hace es lo que siempre hace: se defiende. —¿Y si yo sí quisiera? —lanza, con una sonrisa falsa, peligrosa, como si quisiera probarme. Mi cuerpo reacciona a la idea con violencia, pero mi cara no cambia. —Entonces te vas del rancho —digo, simple. El aire se corta otra vez. Pero ahora no es tensión s****l. Ahora es golpe de realidad. Alessia se queda helada, y ahí se le cae el personaje de golpe. Porque ella puede jugar con palabras, pero cuando alguien responde con consecuencias, se le acaba el juego. —¿Así de fácil? —susurra. —Así de necesario —respondo. No la humillo. No le digo “no vales”. No le digo “no eres nada”. Solo le marco el límite con la misma calma con la que marco todo: para proteger el rancho, para proteger mi cabeza, para proteger lo único que me queda intacto. Alessia baja la mirada por primera vez, como si por fin entendiera que esto no es coqueteo de ciudad. Esto es terreno real. Me acerco a la puerta, sin invadirla, solo lo suficiente para que sienta que la salida es ahora. —Sal —digo, más bajo—. Ponte la toalla. Ya. Ella parpadea, se gira rápido y toma la toalla con manos torpes, como si de pronto el cuerpo le estorbara. Se envuelve con movimientos bruscos, no elegantes. No diva. Humana. Vulnerable. Y esa vulnerabilidad me pega en el pecho como un golpe, pero no me muevo. No la miro de más. No le doy aire al incendio. Abro la puerta del baño y doy un paso a un lado, como un guardia dejando pasar a alguien. —Ve a tu cuarto —ordeno, y mi tono vuelve a ser el del patrón, porque es el único tono seguro. Alessia sale con la cara roja —de vergüenza o de rabia, no sé— y camina hacia el pasillo. Cuando llega a la puerta, se detiene un segundo, como si fuera a decir algo. Algo que quizá sería real. Algo que quizá sería peligroso. Pero no lo dice. En lugar de eso… huye. Literalmente huye. Sale del cuarto con pasos rápidos, casi tropezando por la toalla, y desaparece por el pasillo como si el rancho entero la estuviera persiguiendo. Yo me quedo ahí, en el baño, con el vapor todavía en el aire, con el cuerpo tenso, con el corazón golpeándome demasiado fuerte.
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