POV ALESSIA
Salgo del cuarto de Ezequiel casi corriendo, con la toalla apretada contra mi cuerpo como si esa tela pudiera borrar lo que acaba de pasar. Mis pies golpean el pasillo con torpeza, resbalando un poco sobre la madera, y yo solo pienso una cosa: respira, Alessia, respira. Porque no estoy huyendo de un monstruo. Estoy huyendo de una imagen. De una escena. De una sensación que no sé dónde meter para que no me desarme por dentro.
Y es ridículo, porque he estado en escenarios más intensos. He estado rodeada de hombres que te miran como si fueras un premio. He estado en fiestas donde te hablan al oído cosas peores que amenazas. He estado en habitaciones de hotel donde el silencio se llena de intenciones. He tenido sexo. No soy virgen. No soy inocente. No soy de porcelana.
Pero esto… esto fue distinto.
Esto no fue seducción. No fue un juego. No fue “una noche loca” ni un coqueteo planeado.
Fue un accidente.
Un instante real.
Y lo peor es que mi cuerpo lo entendió antes que mi cabeza.
La imagen de Ezequiel se me queda grabada como una fotografía que no pedí: el agua, el vapor, su cuerpo marcado por el trabajo, la piel húmeda, los músculos tensos en el abdomen como si hasta respirar fuera parte de su disciplina. Y esa tensión de su cuerpo… esa señal evidente, imposible de ignorar, incluso debajo de la toalla, incluso sin querer mirar, incluso aunque yo intentara fingir que no la vi. Estaba ahí. Y mi mente se quedó enganchada a eso con una curiosidad que me da rabia.
Siento el calor subirme a la cara mientras camino más rápido, como si el pasillo fuera demasiado pequeño para contener mi vergüenza. Me arde el cuello, me arden las orejas, me arde esa parte de mí que no soporta perder el control. Y entonces pasa lo peor: mi cuerpo reacciona.
No “bonito”.
No “romántico”.
Reacciona como si hubiera tocado un cable vivo.
Una ola de calor me nace en el vientre bajo, lenta al principio, casi confusa, como si mi cuerpo estuviera preguntándose “¿esto qué es?”. Luego crece. Se expande. Se vuelve más intensa. Baja, sube, se enreda en el pecho y me deja la respiración rara, cortada. No es dolor, pero se parece a una tensión que no sabía que existía. Y, como si el cuerpo quisiera humillarme todavía más, siento una sensibilidad incómoda, involuntaria, como si mi piel se hubiera despertado donde nunca se despierta sin que yo lo decida.
Me detengo un segundo, apoyando la mano en la pared, con la toalla apretada contra mí.
No. No, no, no.
Me digo que es el cansancio. Que es el estrés. Que es la adrenalina. Que es vergüenza. Me digo cualquier cosa menos la verdad: que por primera vez en mi vida, alguien me provocó esa reacción sin siquiera intentarlo. Sin una frase bonita. Sin un halago. Sin una mirada calculada. Solo existiendo. Siendo él. Con esa autoridad absurda que corta el aire.
Trago saliva, camino hasta mi cuarto, entro y cierro la puerta con un golpe seco como si el sonido pudiera ponerle final al momento. Me apoyo con la espalda contra la madera y cierro los ojos. El cuarto huele a mí mezclada con rancho: perfume barato, ropa sucia, polvo. Me obligo a respirar lento, a bajar la temperatura interna, a convencer a mi cuerpo de que se calme. Pero el calor se queda, terco, como si no entendiera que yo no permito estas cosas.
Me miro en el espejo manchado y me veo roja. Ridículamente roja. Con el cabello húmedo, la cara encendida, la mirada alterada.
—Estás bien —me digo en voz baja—. No pasó nada.
Mentira.
Pasó.
Y ahora mi cuerpo lo sabe.
Me quito la toalla con movimientos bruscos, más por rabia que por prisa, y me seco con una toalla vieja que tengo en mi cuarto. Me visto rápido, no por pudor, sino porque estar desnuda ahora me hace sentir vulnerable de un modo que no quiero. El silencio del cuarto me pesa. La cama me llama. Dormir sería perfecto. Apagar la mente. Borrar la escena. Pero sé que si me acuesto ahora, la imagen se va a repetir en mi cabeza como un video en loop. Y no voy a aguantar eso.
Respiro hondo. Me quedo quieta un segundo frente a la bolsa de ropa que Ezequiel me compró. La miro como si fuera una rendición envuelta en tela.
Ayer me negué por orgullo. Hoy mi cuerpo me está gritando otra cosa: tu orgullo no te está ayudando a sobrevivir aquí.
Abro la bolsa.
Saco las calcetas gruesas. Solo verlas me da una paz absurda. Me las pongo y siento el alivio inmediato, como si mis pies por fin tuvieran una capa real entre la bota y la piel. Luego me pongo los jeans vaqueros, más duros, menos “stretch”, pero se sienten… correctos. Como si mi cuerpo se acomodara mejor en ropa que no está diseñada para verse bonita sino para aguantar. Me pongo la camisa de cuadros de franela. Me la abotono a medias y el olor a tela nueva se mezcla con el olor a jabón y me calma un poco. Me amarro las botas otra vez, esta vez con firmeza. Me miro al espejo.
No me reconozco.
Y, por primera vez, eso no me provoca asco.
Me provoca algo parecido a respeto.
Como si estuviera viendo a alguien que está empezando a entender.
Me recojo el cabello en una coleta apretada y me digo: ok. Hoy no voy a ser estrellita. Hoy voy a ser… funcional.
Salgo del cuarto.
La casa está viva. No como antes, no con el caos del desayuno, sino con ese movimiento constante de rancho donde siempre hay algo que hacer. Escucho voces afuera, cubetas, pasos, algún animal. Camino por el pasillo y siento una punzada rara cuando me doy cuenta de que no he visto a Ezequiel desde que huí. Me sorprende que eso me moleste. Me sorprende más que mi primer impulso sea buscarlo con la mirada, como si mi cuerpo quisiera confirmar si lo que vi fue real.
Y ahí me riño a mí misma.
¿Qué te pasa?
Te estás volviendo ridícula.
Entonces escucho una voz detrás de mí.
—Alessia.
Me giro. Samuel está ahí, con una gorra, una sonrisa leve, y esa energía limpia de persona buena que no trae veneno. Me mira de arriba abajo y se nota que registra la ropa.
—Ah, ya te pusiste la ropa que te dejaron —dice, y su tono no es burla. Es aprobación simple.
—Sí —respondo, y mi voz sale más seca de lo que pretendía—. Ya me cansé de sufrir por… calcetas.
Samuel se ríe.
—Esa es la actitud —dice—. Oye, ven conmigo.
—¿A dónde? —pregunto, aunque ya sé que aquí “ven conmigo” no es invitación. Es agenda.
Samuel se acomoda la gorra.
—Ezequiel me dijo que te enseñe a alimentar a los caballos.
La palabra “Ezequiel” me pega en el pecho con un golpe pequeño. Me da una desilusión absurda no verlo yo. Me da rabia sentir esa desilusión. ¿Qué quería? ¿Que me estuviera esperando? ¿Que me mirara como si nada pasó? ¿Que me dijera “buenos días” con esa voz neutra que ahora mi cuerpo interpreta como peligro?
Me obligo a sonar normal.
—Ok —digo.
Samuel empieza a caminar y yo lo sigo. Salimos al patio, el sol ya está alto, y el aire fresco de la mañana se mezcla con calor prometiendo que en una hora me va a estar mordiendo la nuca. Caminamos hacia los corrales y el olor a caballo me golpea distinto al estiércol: es fuerte, sí, pero es un olor vivo, caliente, con paja, con sudor animal, con cuero.
Samuel me señala dos cubetas grandes.
—Primero, el grano —dice—. Luego el heno. Luego agua. Siempre agua.
Yo asiento como si estuviera en clase. En mi cabeza, todo suena fácil. En la práctica, nada es fácil aquí.
Samuel abre un saco de alimento y mete una pala dentro.
—Mira —dice—. Esto se mide más o menos. No es “a lo loco”. Si les das demasiado, se empachan. Si les das poco, se te bajan.
—¿Se te bajan? —pregunto.
Samuel sonríe.
—Se ponen flacos. Se ponen de malas. Te patean.
—Perfecto —murmuro, mirando los caballos con desconfianza.
Hay un caballo n***o cerca, enorme, brilloso, con ojos que parecen inteligentes de una manera inquietante. Me mira como si estuviera evaluándome. Como si supiera que yo no pertenezco aquí.
—Ese es Lucifer —dice Samuel, como si me leyera la mente.
—¿Le pusieron Lucifer? —pregunto, escandalizada.
Samuel se ríe.
—No lo bauticé yo —dice—. Pero sí, así le dicen. Y sí, tiene actitud de Lucifer.
El caballo resopla como si confirmara.
Samuel me pasa la cubeta con grano ya servido.
—No te acerques por detrás —me advierte—. Siempre por el lado. Y no metas la mano donde no debes. Si te muerde, no te suelta.
—Me encanta este rancho —murmuro, y Samuel suelta una risa.
Me acerco al primer corral con la cubeta pegada al cuerpo, como si el grano fuera explosivo. El caballo café se acerca, curioso, moviendo la cabeza. Yo doy un paso atrás por reflejo.
—Tranquila —dice Samuel—. Solo quiere comer. No te va a comer a ti.
—No estaría tan segura —respondo, pero me obligo a avanzar.
Le dejo la cubeta en el suelo, pero lo hago demasiado cerca del caballo y él baja la cabeza rápido, de golpe, y el movimiento me asusta. Suelto la cubeta de más, el grano se derrama un poco, y yo salto hacia atrás como si me hubiera atacado.
Samuel se ríe.
—Eso fue dramático —dice.
—Ese caballo me odia —respondo, señalándolo.
El caballo mastica como si yo no existiera.
—No te odia —dice Samuel—. Ni te conoce. Solo te ve nerviosa. Los animales huelen eso.
—Qué bonito —murmuro—. Hasta los animales me leen.
Samuel me mira con una sonrisa.
—Bienvenida.
Seguimos con el siguiente. Me siento un poco más segura. Dejo el grano con más cuidado. No se derrama. El caballo n***o se acerca, baja la cabeza, y por alguna razón eso me impresiona: un animal tan grande moviéndose con tanta precisión para comer algo tan simple. Me quedo mirándolo un segundo demasiado largo.
—¿Te da miedo? —pregunta Samuel.
—No —miento, y luego suspiro—. Un poco. Es… demasiado grande.
Samuel asiente.
—Solo respétalo —dice—. Como con todo aquí.
Esa frase me deja pensando porque no suena solo a caballo. Suena a rancho. Suena a Ezequiel. Suena a regla.
Luego viene el heno. Samuel abre una paca y saca un montón con manos expertas.
—Agarra así —me muestra, metiendo los dedos y jalando sin que se le caiga todo encima.
Yo lo intento.
Y claro que se me cae encima.
El heno se me viene en la cara, me entra en la boca, me raspa la nariz, y empiezo a toser como si me estuviera asfixiando con paja.
Samuel se dobla de risa.
—¡No manches! —dice—. Pareces caricatura.
Me limpio la boca, furiosa.
—Esto es humillante.
—Sí —admite—. Y aún así lo estás haciendo.
Eso me calla un segundo.
Agarro otra vez, con más calma, y esta vez lo logro. Lo dejo en el comedero y el caballo se acerca a comer. Su boca enorme mastica como si fuera lo más normal del mundo.
—Ok —digo—. Esto… esto sí lo puedo hacer.
Samuel asiente.
—Ya ves.
El agua es lo último. Samuel me lleva hacia el bebedero, me muestra cómo abrir la llave, cómo revisar que no esté sucia, cómo limpiar rápido con una cubeta si hay tierra acumulada. Me explica que el agua es sagrada para los animales aquí, que si el calor pega, se les puede ir la energía rápido.
Yo lo escucho y no puedo evitar pensar en la forma en que Ezequiel me mandaba agua. En la forma en que le ordenó a Lorena que nadie se quedara sin agua en la tarde. En la forma en que su “cuidado” no suena a cariño, suena a sistema.
Terminamos la primera ronda y Samuel me hace caminar con él hacia las vacas y gallinas, porque aquí no hay una sola tarea. Aquí todo se encadena.
En el camino, Samuel me mira de reojo.
—¿Estás bien? —pregunta, con esa voz honesta.
—Sí —digo automático, y luego resoplo—. Bueno… no. Me duelen los pies. Me duele todo. Pero… estoy bien.
Samuel sonríe.
—Eso es estar bien aquí —dice—. Estar mal, pero seguir.
Me río por la nariz, y esa risa se siente extraña porque no es sarcasmo. Es aceptación.
Luego pasa otro accidente vergonzoso: una gallina me corretea porque piso demasiado cerca de su nido, y yo termino subiéndose a una piedra como si fuera un drama de película, con Samuel muerto de risa y yo insultando a una gallina como si entendiera español.
—¡Te voy a denunciar! —le grito a la gallina, furiosa.
Samuel se ríe tanto que se le salen lágrimas.
—¿Denunciar a una gallina? —se burla.
—Me atacó primero —respondo, y por primera vez en días, mi risa sale fácil.
Y ese es el detalle que me desconcierta más: la burla aquí no se siente como crueldad. Se siente como pertenencia. Como si reírse de mí fuera una forma de decir “estás aquí, y sigues aquí”.
Cuando el sol sube más, siento el calor en la nuca otra vez. Pero ahora traigo franela. Traigo jeans. Traigo botas buenas. Traigo calcetas gruesas. Mi cuerpo sufre menos. Y eso me hace entender algo que odio admitir: Ezequiel tenía razón. Mi orgullo solo me estaba lastimando.
Samuel termina de explicarme todo y al final me mira con orgullo sencillo.
—Para ser tu primer día con caballos… no lo hiciste tan mal.
—Me corrió una gallina —le recuerdo.
—Detalles —dice, y se ríe.
Nos quedamos un segundo en silencio. Los caballos comen. El rancho suena alrededor. Y yo siento que mi mente, por fin, deja de repetir el espejo… aunque la imagen sigue ahí, escondida, como una brasa.
Miro hacia la casa sin querer.
Buscando a Ezequiel.
No lo veo.
Y una parte de mí se decepciona otra vez, como si quisiera comprobar algo. Como si necesitara verlo para convencerme de que fue un accidente y nada más.
Me riño por ello, con rabia silenciosa.
Concéntrate, Alessia.
No viniste a enamorarte de un vaquero gruñón.
Viniste a sobrevivir.
Me ajusto la franela, respiro el aire caliente del rancho y vuelvo a mirar a los caballos, como si fueran la única cosa real.
Porque hoy, por primera vez, quizá sí lo son.
Samuel y yo terminamos temprano porque, para mi sorpresa, los animales no me odian tanto como yo pensaba. O quizá sí me odian, pero hoy decidieron no mostrarlo. O quizá es que Samuel está encima de mí como niñera profesional y no me deja cometer un error mortal. Sea lo que sea, cuando acabamos de revisar los comederos y dejar el agua limpia, él se quita la gorra, se limpia el sudor con el antebrazo y me mira como si tuviera una idea peligrosa.
—¿Quieres montar? —pregunta, casual, como si me estuviera ofreciendo un chicle.
Yo parpadeo.
—¿Montar qué?
Samuel sonríe, como si fuera obvio.
—Un caballo.
Mi primer impulso es reírme. No por chiste. Por nervios. Porque en mi mundo “montar un caballo” es una foto de revista, un sombrero bonito, un rancho de mentira para i********:. Aquí montar un caballo es un animal gigante, real, con patas que te pueden mandar al suelo y un orgullo que te puede dejar en ridículo delante de todos.
—Nunca he montado —admito, y esa frase me suena rara en la boca, como confesar una ignorancia que debería darme pena.
Samuel levanta las cejas.
—¿En serio? —se sorprende de verdad—. ¿Ni en paseos esos turísticos?
—Samuel… —respondo con una mueca— yo soy de ciudad. Mis “paseos” son en Uber.
Él suelta una carcajada.
—Ok, va. Entonces hoy toca debut. —Hace una pausa, midiendo mi cara—. Pero si no quieres, no pasa nada.
Y ahí está. La salida fácil. La puerta abierta para que mi orgullo diga “no gracias” y me vaya a esconder al cuarto con cualquier excusa.
Solo que hoy… hoy mi orgullo no está en modo “me niego”. Está en modo “no me vas a ver rendirme”.
—Sí quiero —digo antes de pensarlo demasiado.
Samuel sonríe como si eso fuera lo que estaba esperando.
—Entonces ven. Te voy a poner con el viejo Thor.
El nombre me hace fruncir el ceño.
—¿Thor? ¿Como el dios?
—Exacto —dice—. Pero este dios ya está jubilado. Es viejo, es noble, y no es brusco. Perfecto para ti.
Caminamos hacia el corral donde Thor está dando su paseo lento, como si el mundo no tuviera prisa y él sí supiera vivir. Lo veo de lejos y se me aprieta el estómago. Es grande. No “bonito grande”. Grande de verdad. Músculo, peso, presencia. Su pelaje es oscuro, con brillo bajo el sol. Sus orejas se mueven como antenas, registrando todo. Y cuando me acerco, siento el olor: animal, heno, cuero, algo cálido y vivo que no tiene nada que ver con perfume.
Samuel se acerca primero, tranquilo, y Thor ni se inmuta. Samuel le pasa la mano por el cuello y Thor baja un poco la cabeza como si lo conociera de toda la vida.
—¿Ves? —me dice—. Es un señor. No un loco.
Yo me acerco con cuidado, como si Thor fuera a juzgarme. Y eso me da risa porque sí, estoy personificando a un caballo como si fuera un crítico de moda.
—Primero, acércate por el lado —me instruye Samuel—. Nunca por detrás. Y siempre habla.
—¿Hablarle? —repito.
—Sí. Para que sepa dónde estás. Los caballos se asustan cuando algo aparece de golpe.
Trago saliva y le hablo como idiota.
—Hola, Thor… —digo, y mi voz suena ridícula.
Samuel se ríe.
—Está bien. Así.
Pongo la mano en el cuello del caballo, despacio. La piel se siente caliente bajo el pelaje. Thor no se mueve. Solo respira. Y esa calma me afloja un poco por dentro.
—Ok —susurro—. Ok, no me va a matar.
Samuel me mira con esa sonrisa de “ya lo estás logrando”.
—Ahora te explico cómo subir.
Me enseña dónde poner el pie, cómo agarrarme, cómo impulsarme sin jalar al caballo como si fuera escalera. Me señala la silla, los estribos, la posición de la pierna. Todo suena simple cuando lo dice él.
—Cuando pongas el pie aquí, no dudes —me advierte—. Si dudas, te atoras y te caes.
—Genial —murmuro—. No dudemos.
Samuel sostiene las riendas y me hace acercarme por el lado. Pongo el pie en el estribo con demasiada timidez. Me agarro de la montura como si me estuviera subiendo a un barco en tormenta.
—Más fuerte —me dice—. No lo vas a romper.
Resoplo y hago fuerza.
Mi pie se resbala.
Mi cuerpo se va hacia atrás.
Y me caigo.
No una caída dramática de película. Una caída torpe, real, con la dignidad desintegrándose en cámara lenta. Caigo de sentón en la tierra y el golpe me saca un “¡ah!” que me arde en el orgullo más que en el trasero.
Samuel se tapa la boca, pero se ríe.
—No te rías —le gruño.
—Lo siento —dice, pero sigue riéndose—. Te lo dije, no dudes.
Me levanto rápido, con la cara caliente.
—No dudé.
—Dudaste con todo el cuerpo —se burla.
Lo miro con odio, pero mi odio dura poco porque sé que tiene razón.
—Otra vez —digo, tercamente.
Samuel asiente, ahora más serio, como si apreciara mi insistencia.
—Eso. Otra vez.
Lo intento de nuevo. Pongo el pie, agarro, jalo… y mi pierna no sube lo suficiente. Me quedo colgando como un costal a medio levantar. Thor ni se mueve, el viejo ni se inmuta. Eso es lo que me salva de la humillación total: al menos el caballo no me está saboteando.
Pero yo sí.
Mi pie resbala y vuelvo al suelo, esta vez no de sentón sino de lado, más ridículo todavía.
—¡Mierda! —escupo, sacudiéndome.
Samuel se ríe, pero ahora tiene una risa más suave, como si no fuera burla sino ánimo.
—Vas bien, Alessia. De verdad. —Hace una pausa—. Lo bueno es que Thor no se asusta. Con otro ya estarías volando.
—Qué… bonito —murmuro, furiosa.
Me limpio las manos en los jeans, respiro y me vuelvo a acercar. Me duele el orgullo, pero eso no me frena. Al contrario. Es gasolina.
—No me voy a rendir —digo, más para mí que para Samuel.
Samuel me observa, orgulloso.
—Esa es la actitud. Ahora hazlo como te dije: pie firme, impulso firme, y sube la pierna de un jalón. Sin pensar.
Asiento. Me concentro. Pongo el pie. Agarro. Respiro.
Impulso.
Siento que subo… pero el cuerpo se queda a medias otra vez y por un segundo la vergüenza me atraviesa. Estoy a punto de caer por tercera vez y ya me estoy viendo en mi cabeza: “influencer caída del caballo, edición tonta, música de circo”. Me arde.
Y entonces siento algo distinto.
Un contacto que no esperaba.
Manos grandes en mi cintura, firmes, seguras, como si alguien hubiera decidido que ya era suficiente espectáculo. Esas manos me levantan con una facilidad casi ridícula, como si yo no pesara nada, como si lo único que hacía falta era el impulso correcto. En un parpadeo estoy arriba, sentada donde se supone que debía estar desde el inicio, con el equilibrio acomodándose de golpe.
Me quedo quieta, sorprendida, el corazón acelerado por el susto.
Volteo de inmediato, pensando que fue Samuel… pero Samuel está a un lado, con una sonrisa enorme, celebrando como niño.
—¡Eso! —grita— ¡Lo lograste!
Y entonces veo quién sostiene las riendas de Thor.
Ezequiel.
La camisa a cuadros, los jeans vaqueros, las botas plantadas en la tierra como si fueran parte del corral. Su sombrero n***o le marca sombra en la cara. Sus manos están en las riendas con esa calma de quien no necesita fuerza para imponerse porque ya la trae en la postura.
Me quedo helada, porque no lo esperaba. Porque no lo vi venir. Porque mi cuerpo todavía trae el eco del baño y ahora él está aquí, tocándome—no tocándome, ayudándome—como si nada.
Thor se mueve brusco, una sacudida mínima, como probando mi equilibrio.
Yo me tenso, agarro la montura con pánico y suelto un sonido ridículo.
—Tranquila —dice Ezequiel, y su voz es baja, controlada.
No sé si se lo dice al caballo o a mí.
Ezequiel acaricia el cuello de Thor con una mano y el caballo baja la cabeza como si obedeciera una ley antigua. La sacudida se va. El mundo vuelve a estar quieto.
Yo respiro. Siento el corazón en la garganta.
—¿Estás bien? —pregunta Ezequiel, mirándome como si estuviera evaluando si me voy a romper.
—Sí —digo, demasiado rápido.
Samuel sigue sonriendo, feliz con mi “logro”.
—¿Viste? —me dice—. Te dije que podías.
Ezequiel me mira de arriba abajo con esa forma suya de escanear que molesta y, al mismo tiempo, te hace sentir demasiado vista.
—Te ves bien con esa ropa —dice, y su tono suena neutral… pero hay algo debajo, una mínima aprobación—. Te ves real.
Luego levanta la vista y me remata con su frase como si fuera un sello:
—Y sobre un caballo de verdad, estrellita.
Se me calienta la cara. Otra vez. Porque odio el apodo, pero hoy no me suena solo a burla. Me suena a… reconocimiento. Y eso me confunde.
—No me digas así —murmuro por reflejo, pero mi voz no tiene el veneno de antes.
Ezequiel alza una ceja.
—¿Te vas a caer si te lo digo? —pregunta con ironía.
Samuel se ríe.
—¡Patrón! —protesta—. Déjela disfrutar.
Ezequiel no suelta las riendas. Me mira como si esperara que yo haga algo más que solo estar sentada temblando.
—Suelta un poco el cuerpo —ordena—. Si te pones rígida, Thor lo siente.
Trago saliva.
—Estoy… bien —miento otra vez.
Ezequiel resopla por la nariz.
—No estás bien. Estás asustada. Pero no pasa nada. —Su voz baja un poco, extrañamente paciente—. Respira.
Respiro.
El aire me entra caliente.
Thor respira.
El corral suena.
Y yo, por primera vez, estoy arriba de un animal enorme, viva, sin haberme rendido, con Samuel celebrando y Ezequiel sosteniendo el control como si fuera lo más normal del mundo.
Y por dentro, aunque no lo diga, siento algo que me sorprende:
orgullo.
No de cámara.
No de “me vieron”.
Orgullo real.
Y eso… eso sí me da miedo.