CAPÍTULO 17: LA ESTRELLITA SOBRE TIERRA FIRME

4084 Palabras
POV EZEQUIEL El día se me va en números. En cuentas. En el tipo de conversación que no emociona a nadie, pero sostiene todo lo que importa. Estoy sentado en la mesa de mi cuarto con el teléfono en videollamada, una libreta abierta, una pluma que ya manchó el papel dos veces por la presión, y el rancho respirando del otro lado de la ventana como si quisiera recordarme que la vida real no cabe en una hoja cuadriculada. Valentina Torres aparece en la pantalla con su cabello recogido y esa mirada de mujer que nació con columna vertebral. Es mi mejor amiga desde que tengo memoria. No “amiga de fiesta”. Amiga de barro y hambre. Amiga de crecer con nosotros, de vernos sin nada, de vernos con rabia, de vernos con ambición. Amiga de la clase que no se compra. —A ver, repíteme lo del gasto del veterinario —dice, sin preámbulos, porque Valentina no cree en relleno. —Lo de esta semana o lo de la lesión del caballo de la tormenta pasada —contesto, y mi voz suena cansada, pero firme. Valentina rueda los ojos. —Los dos, Ezequiel. Los dos. Porque si seguimos así, el rancho se come el fondo de emergencia en tres meses. Me paso una mano por la nuca y respiro. La pantalla brilla. El aire está caliente. Me siento como si tuviera el rancho entero sobre los hombros. Valentina es dueña del rancho por derecho. Originalmente, el rancho era de ella y de su padre. Y el padre de Valentina… fue el primer adulto que nos miró como algo más que dos huérfanos estorbando el paisaje. Nos dejó entrar al mundo sin humillarnos. Nos dio trabajo cuando éramos chamacos y nos daba hambre. Nos dio un lugar donde no nos preguntaban de dónde veníamos, solo si podíamos cargar un saco y hacer lo que se debía. Cuando él falleció, le dejó todo a Valentina. Todo. Con una condición clara, escrita, pesada: que siempre apoyara a Emiliano y a mí. Porque crecimos juntos. Porque nos vio crecer como si fuéramos parte de esa tierra. Y porque, si algún día Valentina quería vender el rancho, solo podía venderlo a nosotros… si nosotros lo queríamos. Ese detalle no lo sabe nadie en el pueblo. O no lo saben completo. Porque aquí la gente no entiende lealtades así. Aquí la gente solo entiende chismes. Valentina sí entiende. Valentina sabe por qué sigo aquí, por qué me parto el lomo, por qué no me voy al carajo. Ella también se parte el lomo, solo que su lomo se parte entre números y contratos mientras el mío se parte entre madera y alambre. —Mira —me dice, y señala algo en su propia libreta como si yo la pudiera ver a través del teléfono—. Si el gasto se mantiene, tenemos que ajustar: o se vende más abono o bajamos compra de alimento por dos semanas y usamos más del pasto del norte. —No me gusta bajar alimento —respondo, seco. Valentina me mira como si fuera obvio. —A mí tampoco. Pero me gusta menos quedarnos sin dinero. Los animales comen, sí, pero el rancho también come. Y tú lo sabes. Me quedo callado, porque lo sé. Y porque no tengo ganas de pelear con la verdad. Seguimos así horas. Cuenta por cuenta. Fecha por fecha. Un gasto se abre como herida y lo cerramos con otra cifra. Valentina no suaviza. No me pregunta si estoy bien. No me habla de sentimientos. Su amor es práctico. Su apoyo es duro. Eso es lo que la hace invaluable. Y aun así, cada tanto, mi vista se va a la ventana. No por curiosidad del cielo. Por ella. Alessia. La veo pasar allá afuera de vez en cuando, con la ropa de trabajo puesta, la camisa de franela, los jeans vaqueros, las botas que por fin le quedan como se debe. Se mueve distinto cuando se viste así. No se arrastra. No intenta flotar. Camina con peso real. Con presencia. La primera vez que la vi con esa ropa pensé “por fin”, porque era una señal de que el orgullo ya no le estaba ganando tanto. Pero ahora… ahora hay otro pensamiento que me fastidia más. Se ve hermosa. No “bonita de ciudad”. No “perfecta de i********:”. Hermosa de una forma que el rancho entiende: real, fuerte, viva. El sol le marca la piel, la ropa le enmarca el cuerpo sin pretenderlo, y su cara ya no está pintada para una cámara, está pintada por cansancio y polvo. Y eso, para mi maldita sorpresa, le queda mejor que el glamour. Me molesta notarlo. Me molesta porque no quiero estar en este lugar mental. Me molesta porque sé que parte de la culpa es simple: llevo meses sin tocar a nadie. Meses de celibato voluntario, casi obstinado. Y el cuerpo, cuando se le priva demasiado, se vuelve un perro hambriento: todo le parece comida. Me digo eso para no admitir lo otro: que no es solo el cuerpo. Es algo en ella. Algo que se está volviendo peligroso. —¿Ezequiel? —me llama Valentina desde la pantalla—. Te fuiste. Parpadeo, regreso a la mesa. —Aquí estoy —respondo. Valentina frunce el ceño. —¿Qué traes? ¿Estás distraído? —Trabajo —miento. Valentina levanta una ceja, como si no comprara. —Ajá. —Luego cambia de tema porque Valentina no insiste cuando sabe que yo no voy a hablar—. A ver, dime lo de los ingresos de la semana pasada. Le doy números. Ella anota. Me corrige. Me exige. Me salva. Y cada vez que me levanto para caminar un poco, para estirar la espalda, para no volverme loco con la pantalla, la veo otra vez. La estrellita. Trabajando. Aprendiendo. Sin su show. Y eso me da una sensación extraña, como si el rancho estuviera haciendo lo que yo esperaba: transformarla. No convertirla en sirvienta ni en “humilde”. Transformarla en algo más útil. Más real. Pero el día cambia cuando la veo a lo lejos cerca del corral. No la veo trabajando. La veo intentando montar. Samuel está con ella. Thor, el viejo, está tranquilo como siempre. Alessia intenta subir y se cae. Se levanta. Lo intenta. Se vuelve a caer. Samuel se ríe, la anima, la sostiene. Y yo debería seguir con Valentina, debería volver a la mesa, debería seguir con mis cuentas. Pero algo en mi pecho se afloja al verla insistir. No es ternura idiota. Es reconocimiento. Ese tipo de terquedad… esa terquedad es la única cosa que salva a alguien aquí. Y entonces pasa algo que me enciende por dentro de una forma que no me gusta: Samuel intenta ayudarla físicamente. La sostiene por la cintura, la empuja un poco, la levanta. Nada raro. Nada s****l. Nada indebido. Solo ayuda práctica para que no se rompa la cara. Pero en mí vibra algo. Algo territorial. Algo primitivo. Algo que me hace apretar la mandíbula sin razón lógica. Me molesta. Me irrita. Me sorprende. Porque Samuel es un chamaco, porque Samuel es buena gente, porque Samuel no tiene malas intenciones. Y aun así, ver sus manos donde no deberían estar —no por derecho, por contexto— me mueve una incomodidad que no quiero admitir. Y antes de pensarlo bien, antes de justificarlo, antes de frenarme, ya estoy de pie. —Valentina, te marco en una hora —digo, sin pedir permiso. —¿Qué? —Valentina frunce el ceño—. ¿Por qué? —Algo del rancho —respondo. Valentina me mira, y en su mirada hay sospecha y conocimiento. Ella conoce mis silencios. Conoce mis cambios de tema. Conoce mi forma de huir cuando algo me toca. —Ezequiel… —empieza. —Luego —corto, y cuelgo. No porque sea grosero. Porque si me quedo en la pantalla, no voy a dejar de ver por la ventana. Y si sigo viendo, me voy a distraer de verdad. Salgo. Camino hacia el corral. El sol me pega en la cara. La tierra cruje bajo mis botas. El rancho suena: gallinas, metal, voces. Pero mi atención está en una sola escena: Alessia cayéndose con orgullo herido y volviendo a intentar como si su vida dependiera de no quedar en ridículo. Llego justo cuando va a intentar otra vez. Samuel sostiene a Thor. Alessia pone el pie en el estribo y se queda a medias, dudando, como siempre que el miedo le gana. —No dudes —le dice Samuel. Ella aprieta los dientes. —No estoy dudando —miente. Se impulsa mal. Va a caer. Y yo no sé en qué momento lo decido, solo lo hago. Me acerco por detrás, sin hablar, y pongo las manos donde se debe, con firmeza, levantándola con una facilidad casi ridícula. No porque ella sea ligera, sino porque yo sé exactamente cómo cargar peso y cómo acomodarlo. Es músculo y técnica. Es rancho. En un segundo está arriba, sentada bien, alineada, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Samuel suelta un “¡Eso!” emocionado, como si hubiera ganado algo. Alessia voltea, buscando a Samuel, y cuando me ve a mí se queda congelada. Siento el cambio en su cuerpo, el micro shock, la sorpresa. Y yo, por dentro, siento otra cosa más peligrosa: satisfacción. No por haberla tocado. Por haberle quitado el ridículo. Thor se mueve brusco un instante, una sacudida mínima que prueba a quien está arriba. Alessia se tensa de inmediato, rígida como tabla. Y un caballo siente eso. Un caballo lee eso. Pongo una mano en el cuello de Thor, le hablo bajo. —Tranquilo. El caballo baja la cabeza, resopla y se calma. Mi mano no lo obliga, lo guía. Y lo mismo hago con ella, aunque ella no lo note. —Respira —le digo. Alessia lo hace. Lento. Torpe. Pero lo hace. La miro arriba de Thor y me golpea una imagen que me fastidia: se ve demasiado bien así. Vestida con ropa de trabajo, sin maquillaje de ciudad, sobre un caballo. Se ve como algo que mi mente no debería estar imaginando. Se ve… como si el rancho la reclamara. Y ahí aparece un pensamiento que no debería aparecer: la imagino cabalgándome a mí. No lo digo. No lo muestro. Me lo trago como me trago todo lo que no me conviene. Pero el pensamiento es tan gráfico, tan inmediato, tan absurdo, que me da rabia conmigo mismo. Celibato, me digo, como excusa. Meses sin nada. El cuerpo inventa estupideces. Pero el cuerpo no inventa esa intensidad. La voz de Samuel llega desde un lado, como porra. —¡Vamos, Alessia! ¡Ya estás arriba! ¡No te vayas a morir ahí! Alessia le lanza una mirada asesina. —Cállate, Samuel. Samuel se ríe. Yo no le doy espacio a la escena. Tomo las riendas de Thor y empiezo a caminarlo, lento, guiándolo dentro del corral. Alessia se mueve rígida. Sus manos agarran la montura como si fuera salvavidas. —No lo aprietes tanto —le digo—. Te va a cansar los brazos. —¿Entonces qué hago? —pregunta, y su voz suena más pequeña de lo que le gustaría. —Siente el movimiento —respondo—. Deja que él te lleve un poco. No pelees con él. —Me está llevando demasiado —murmura. Samuel vuelve a reír. —¡Así se monta, famocilla! Ella gruñe. Yo sigo caminando con Thor. El caballo es viejo, pero no es tonto. Sabe cuándo alguien arriba está nervioso. Y sabe cuándo la persona que lo guía está en control. Por eso obedece. Por eso no la tira. —Mira —le digo—. Las riendas no son para jalar como si fuera freno de bici. Son para comunicar. Un toque. Una intención. Alessia me mira hacia abajo, atenta de verdad. Y esa atención me sorprende, porque no es actuación. No está posando. Está aprendiendo. —Pon las manos así —le muestro desde abajo, guiando la posición sin tocarla de más. Solo lo necesario, como se enseña aquí. Ella imita. Torpe al inicio. Luego mejor. —Ahora, mira hacia donde quieres que vaya —digo—. No lo mires a él. Tú marca el camino. Alessia traga saliva, mira al frente, y su cuerpo se tensa menos. Thor sigue caminando. Samuel se queda a distancia, observando, como si supiera que este momento es importante para ella. —Bien —le digo. Alessia respira más profundo. Su cara cambia. Ya no está en modo “me voy a caer”. Está en modo “lo estoy haciendo”. Suelto las riendas un segundo, solo para probarla. —Toma —le digo—. Tu turno. Haz que gire. —¿Cómo? —pregunta rápido. —Suave —digo—. Toca aquí. Y gira tu cuerpo un poco. Alessia lo intenta. Thor no gira de inmediato. Ella se frustra. —No me hace caso —murmura. —Porque le estás hablando como si le gritaras —respondo—. No grites. Comunica. Alessia aprieta los dientes. Lo intenta otra vez, más suave. Thor gira. Un giro lento, obediente, como si aceptara. Y el rostro de Alessia se ilumina. No con la máscara. Con satisfacción real. Con esa felicidad nacida del orgullo que yo ya había visto cuando cocinó tocino, pero ahora más limpia, más grande. Ella mira a Samuel, como buscando confirmación. Samuel levanta los brazos como si fuera un estadio. —¡Eso! ¡Lo hiciste! Alessia sonríe. Y ahí están los hoyuelos. Ambos. Le brillan los ojos. Y esa visión me pega en el pecho con una fuerza estúpida, porque es la Alessia real. La Alessia que no sabe actuar esa sonrisa. La que se le escapa. Yo no digo nada. Me obligo a mirar a Thor, a la tierra, a las riendas. Me obligo a no quedarme mirándola como un idiota. Pero la veo de reojo. No puedo evitarlo. La estrellita está arriba de un caballo, controlándolo, y por un segundo, en mi cabeza, ella no es castigo. No es problema. No es fama. No es ciudad. Es… algo que me está empezando a importar demasiado. Me acerco un paso, vuelvo a tomar las riendas solo por seguridad. —Bien —le digo, seco, para no mostrar nada. Alessia baja la mirada hacia mí, orgullosa y sudada. —No me caí —dice, como si fuera un logro olímpico. —Todavía —le contesto, y Samuel se ríe. Alessia me mira con fastidio, pero su fastidio trae una chispa de diversión. —Eres insoportable. —Sí —admito—. Pero funciono. Alessia se ríe por la nariz. Su risa es real. Y eso… eso me desarma más que cualquier provocación. La miro y, sin querer, mi voz se suaviza un milímetro, lo suficiente para que su orgullo no lo confunda con cariño, pero lo suficiente para que su esfuerzo quede marcado. —Te ves bien con esa ropa —digo—. Te ves real. Alessia se queda quieta un segundo, como si no supiera qué hacer con una frase que no es insulto. —Gracias… supongo —murmura. Yo alzo una ceja. —Y sobre un caballo de verdad, estrellita. Lo digo con ironía, sí, pero también con algo más: reconocimiento. Porque esto no es pose. Esto es un caballo real. Y ella lo está logrando. Samuel aplaude otra vez como si fuera su fan club. —¡Eso, patrón! ¡Dígale! Alessia le gruñe. —Cállate, Samuel. Yo sigo guiando a Thor, despacio, mientras ella se acostumbra. Le doy instrucciones cortas, claras. Le marco ritmo. Le enseño sin tocar más de lo necesario. Y mientras lo hago, no puedo dejar de verla aunque sea de reojo, como si mi mente no pudiera decidir si es peligro o fascinación. Y por primera vez en meses, me doy cuenta de algo que me incomoda: No es el celibato lo que me está jodiendo. Es ella. Cuando por fin Thor deja de probarla con esas sacudidas mínimas y se limita a caminar como si nada, el corral se llena de un ritmo distinto. Ya no es la escena de “se va a caer”. Es la escena de “lo está logrando”. Alessia sostiene las riendas con esa mezcla de terquedad y atención que me desconcierta, porque no es actuación. Está presente. Está aquí. En el rancho. En un caballo. En un cuerpo cansado que aun así insiste. Samuel le echa porras desde la barda como si estuviera viendo un partido. La molesta, claro, porque Samuel es incapaz de no hacerlo, pero también la sostiene. A Alessia le funciona que la piquen. La obliga a seguir. La obliga a no rendirse. Y yo lo sé porque llevo días viéndola. Por eso no lo callo. Solo dejo que el momento pase lo suficiente para que ella se acostumbre al movimiento. Lo suficiente para que su espalda deje de estar rígida. Lo suficiente para que el caballo la sienta menos como amenaza y más como peso. —Bien —le digo, corto, cuando la veo respirar mejor. Ella me mira hacia abajo, con esa cara de orgullo que intenta disimular. —¿Ya? —pregunta, como si esperara un “no” para seguir peleando. —Ya por hoy —respondo. Veo cómo se le alivia la cara un segundo. No por cobarde. Por cansancio. Está exhausta, aunque lo niegue. Y aunque yo sea duro, tampoco soy un pendejo. Si la dejo seguir montando hasta que el cuerpo ya no le responda, lo único que va a aprender es a odiar. Yo quiero que aprenda a respetar. Eso es distinto. Guío a Thor hacia el centro del corral y lo detengo con una presión mínima en las riendas. El caballo obedece con esa calma de viejo sabio. Le paso la mano por el cuello y él resopla como si ya supiera que terminó el trabajo. Me acomodo cerca del estribo para ayudarla a bajar. Ella mira hacia el suelo y por primera vez se ve… humana. No diva, no estrella. Una chica arriba de un animal enorme, consciente de que el suelo está lejos. —¿Cómo…? —empieza, y se muerde la frase. Odia pedir ayuda. —Despacio —le digo—. Primero saca el pie del estribo. Luego el otro. No te avientes. —No me voy a aventar —murmura. —Ajá —respondo. Alessia obedece. Saca un pie. Luego el otro. El problema viene cuando intenta bajar con dignidad y el cuerpo no le da el ángulo. Se queda un segundo suspendida, dudando otra vez, como si el miedo le regresara a la sangre. Y ahí, sin pensarlo demasiado, pongo las manos donde se debe para sostenerla. No para abrazarla. Para evitar que caiga y se reviente la espalda. La bajo con un movimiento firme, controlado. Y terminamos demasiado cerca. Demasiado. Su cuerpo queda pegado al mío un instante que se siente más largo de lo que es. La siento caliente, no por deseo, por sol y trabajo, por vida. La piel de su brazo roza mi antebrazo, suave, y esa suavidad me pega como un golpe porque no combina con el rancho, pero está aquí, real, cubierta de polvo fino y calor. Su olor me llega de golpe: no perfume de ciudad; eso ya se le fue con el trabajo. Huele a sol, a rancho, a madera y algo amaderado que no sé si viene de la franela o de su piel o del jabón de mi baño. Es un olor interesante. Atractivo. Un olor que se te queda en la garganta. Alessia alza la mirada. Yo también. Y ahí estamos, frente a frente, tan cerca que podría contarle las pecas nuevas que el sol le inventó, tan cerca que veo la forma en que se le abre la boca apenas al respirar. Sus ojos miel-aceitunados están quietos, pero no tranquilos. Se mueven como si buscaran algo en mí que no quieren reconocer. Yo no debería quedarme ahí. Debería soltarla de inmediato, dar un paso atrás, volver a ser patrón, volver a ser regla. Pero mi cuerpo se queda un segundo más, terco, como si también quisiera registrar la escena. Como si quisiera memorizarla para fastidiarme después. Siento el pulso en la garganta. Siento una tensión vieja, peligrosa, despertándose con el simple hecho de que ella no se aleja. Y ella no se aleja. Ni siquiera finge que se aleja. Eso es lo que me jode. Porque si ella diera un paso atrás, yo podría culparla de “ser diva”, de “ser dramática”, de “hacer show”. Pero no. Está ahí, inmóvil, como si tampoco supiera qué hacer con este instante. Y en esa inmovilidad hay algo que no es actuación. Es desconcierto. Es impulso. Es el mismo borde que anoche nos dejó con reglas nuevas. Me obligo a tragar saliva. A moverme. A cortar el aire. Pero antes de que lo haga, una voz rompe el corral como una piedra. —¡Eeeey! —Tomás. Volteo hacia la barda. Tomás está apoyado ahí, con esa sonrisa de cabrón que siempre trae cuando cree que está viendo algo divertido. No sé cuánto tiempo lleva mirando. Espero que poco. Espero que nada. Pero Tomás tiene un radar para el drama ajeno. —¿Ya terminó el show? —grita, burlón—. Porque tengo sed. La frase es suficiente. Alessia da un paso atrás de golpe, como si la hubieran quemado. Yo también me separo demasiado rápido, demasiado rígido, como si nos hubieran cachado haciendo algo prohibido aunque no hicimos nada. Esa reacción delata más que cualquier cosa. Y lo sé. Y lo odio. Alessia se acomoda la camisa de franela como si estuviera desordenada. No lo está. Solo necesita mover las manos para parecer normal. Yo me acomodo el sombrero como si estuviera mal. No lo está. Solo necesito ocupar mi cuerpo en algo que no sea quedarme pegado a ella. Tomás baja del corral, caminando hacia nosotros con esa energía de amigo que no pide permiso para meterse. —Ya acabaron temprano, ¿no? —dice, mirando a Alessia con aprobación—. Mira, la famocilla ya cabalga. ¿Qué sigue? ¿La vamos a meter al rodeo? Alessia lo mira con fastidio, pero su fastidio hoy trae menos veneno. —Cállate, Tomás. —No puedo, es mi don —responde él, riéndose. Luego me mira a mí, y yo ya lo conozco: Tomás está midiendo el ambiente. Ve algo raro. Lo huele. No sabe qué es, pero lo huele. —Vengan por una cerveza adentro —dice, como si no fuera invitación sino orden suave—. Ya terminamos temprano, el sol todavía no está matando, y si no tomamos una ahorita, me voy a morir de puro aburrimiento. Alessia abre la boca como para decir que no. Lo veo en su cara. No por moral. Por incomodidad. Porque no sabe qué hacer conmigo después de quedar así de cerca. Porque tampoco quiere estar sola con su cabeza. Yo tampoco quiero estar solo con la mía. Así que antes de que ella se invente una excusa, asiento con la cabeza. —Una —digo, como si poner número fuera control. Tomás sonríe triunfal. —¡Eso! —se gira a Alessia—. ¿Tú? Alessia duda un segundo. Mira hacia la casa como si fuera escape. Luego me mira de reojo, seria, desconcertada. Y en vez de decir “no”, suelta un suspiro resignado. —Una —dice. No lo dice por gusto. Lo dice por desconcierto. Por no saber a dónde ir con esta tensión. Por no querer admitir que también necesita distraerse de algo. Tomás se frota las manos como niño. —Vámonos pues. Antes de que se arrepientan. Caminamos hacia la casa. Thor resopla detrás, ya en calma. Samuel se queda un poco atrás, con esa sonrisa de “no sé qué está pasando, pero está bueno”, y yo voy en silencio, sintiendo todavía el calor de Alessia en mis manos como una marca invisible. Y mientras entramos, con el ruido del rancho alrededor, lo único que pienso es una verdad incómoda: Esto no se está apagando. Solo se está volviendo más difícil de controlar.
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