POV ALESSIA Entro a la casa con la cabeza un poco… rara. No mareada de cansancio —que también—, sino aturdida por otra clase de cercanía. Como si mi cuerpo todavía estuviera acomodándose después del corral, después de Thor, después de ese instante en el que Ezequiel me ayudó a bajar y de pronto el mundo se volvió demasiado pequeño. No fue un beso. No fue nada “grande”. No pasó nada “grave”. Y aun así mi mente no se calla. Sigo sintiendo la mano de Ezequiel en mi cintura como si se hubiera quedado marcada ahí, una presión firme, segura, de esas que no tiemblan. Me doy cuenta de que no me sujetó como lo haría alguien buscando ser gentil para quedar bien. Me sujetó como sujeta a un animal grande, como sujeta una puerta cuando el viento la quiere azotar: con control. Con certeza. Y ese

