POV ALESSIA La cerveza se termina y lo más raro no es eso. Lo raro es que yo, Alessia, estoy sentada en un sofá de rancho, con el cuerpo cansado, el cabello amarrado como si tuviera sentido, la franela puesta, las botas puestas… y no quiero que se acabe el momento. No porque esté enamorada de la vida rural ni porque me haya convertido mágicamente en “humilde”. Lo raro es que el silencio de después —cuando todos ya soltaron la risa grande del juego y se quedan con esa calma tibia de “estuvo bueno”— no me da ansiedad. Me da una especie de paz torpe, nueva, como si por un rato mi cabeza se hubiera desconectado del mundo de afuera. Del mío. Del que siempre exige que yo sea algo. Tomás sacude la botella como si quisiera sacarle una gota más por puro coraje y la deja en la mesa con un golpe

