Adam
Miré a Kamil dormir como cuando era pequeño, seguía teniendo ese rostro inocente como en aquel entonces. Ese pensamiento fue reemplazado con el recuerdo de su expresión de excitación mientras se masturbaba. Traté de apartar ese pensamiento, lo último que quería era que mi cuerpo reaccionara ahora que lo tenía pegado al cuerpo. Fue imposible, mi cabeza no solo quería recordarme su expresión, sus gemidos también irrumpieron en mi mente como un eco constante, mi nombre en esos suspiros de placer. De repente, todo se derrumbó, Kamil conocía a alguien más con mi nombre, probablemente pensaba en él y no en mí. Una punzada de celos me atravesó de repente, no sabía si era porque Kamil ya no era el niñito que conocí o porque no quería que pensara en nadie más. Me obligué a descartar la segunda opción, era ridículo que quisiera ser el centro de su atención, primero, porque era su padrastro; segundo, porque ya no estaba en edad de querer esas cosas. Respiré profundo y me abracé más a Kamil, como si así evitará que siga creciendo y se fuera de mi lado para siempre.
—No me dejas respirar, papá —dijo apartándose un poco—. Me gusta que me abraces siempre y cuando no me asfixies.
Solté una risita sorprendido de lo lúcida que había sonado su queja a pesar de la somnolencia que impregnada su voz.
—Lo siento, es que te ves demasiado lindo cuando duermes.
—Intenta no estrangularme con tu cariño.
Me reí de nuevo besando su frente. Al menos había logrado que dejara de pensar en estupideces. Me quedé mirándolo de nuevo, está vez sin pensar en nada más que en lo afortunado que era por tenerlo acá conmigo todavía, que viniera a buscarme, que me necesitara todavía como cuando era un niño pequeño. Le pasé los dedos por el cabello suavemente, sintiendo cómo su respiración se volvía suave y pausada, se había quedado dormido de nuevo. Ya no lo molesté, no quería que volviera a despertarse, por la mañana debía ir a la escuela y yo debía reunirme con los demás. Me obligué a dormir, aunque, por un rato no pude dejar de pensar para intentar dormir un poco, al menos lo suficiente para poder concentrarme.
***
Apenas sentí una leve presión en la mejilla antes de escuchar pasos salir de mi habitación. Tanteé en la cama, estaba solo. Abrí los ojos con pereza, Kamil se había ido a la escuela, me hubiera gustado que no se fuera, pero, si no se preparaba para los exámenes, no podría graduarse, si era por mi culpa, me odiaría toda la vida. Suspiré, me levanté y me preparé para la reunión que, mientras revisaba mi celular, me enteré que sería en una hora aquí. Me paseé con la taza de café en la mano por el comedor y por la sala, todo estaba ordenado y limpio, aunque no duraría mucho así, cuando empezáramos el trabajo, todo quedaría lleno de expedientes vacíos, carpetas con papeles que, en su mayoría, estaban sueltos por alguna razón, las pruebas de nuestro defendido. Todo estaría sobre la mesa, junto con tazas de café manchadas en el fondo o tan frías que eran asquerosas. Empecé a traer lentamente los papeles y carpetas para dejarlas en la mesa del comedor, dejé mi computadora portátil y esperé a que tocaran el timbre. Me senté a revisar los papeles mientras terminaba mi café. No mucho después, llegaron Norbert, Ewa y Cecylia con sus propias carpetas, papeles y portátiles.
Apenas me di cuenta que rondaban las cinco de la tarde cuando Kamil llegó de la escuela y entró al comedor con su amigo David. Saludó a Ewa, a Norbert, ignoró a Cecylia como siempre y, por último, me besó en la mejilla abrazándome un poco como era su costumbre. Luego se fue a su cuarto con su amigo con la excusa de estudiar. Lo que siguió de la reunión apenas me pude concentrar, algo me molestaba, no podía dejar de pensar en Kamil, en lo que estaría haciendo encerrado en su habitación con David. Era consciente que no debía importarme, que él era adulto y tenía derecho a tener pareja o relaciones. No me agradaba la idea de que lo hiciera en casa mientras estábamos aquí, pero yo también había tenido dieciocho años. Tampoco era eso lo que me molestaba realmente, me molestaba que estuviera con él a solas. Su rostro volvió a mi cabeza, David podía tener el privilegio de verla, peor aún, lo que hacía que la punzada fuera todavía más dolorosa, era saber qué él podía provocarla. Esa idea me dio vueltas por la mente hasta que todos se fueron. Una vez solo en la sala, decidí ir a la cocina, preparé tranquilamente un par de batidos que serví en dos vasos, los puse en una bandeja junto con un paquete de galletas, las favoritas de Kamil. Tomé la bandeja y subí con paso lento, tranquilo, entumecido. Me paré frente a la puerta, tomé valor para abrir y enfrentarme a lo que fuera que estuviera pasando entre ellos. Abrí la puerta lentamente antes de asomarme, Kamil estaba acostado en su cama con un libro y sus cuadernos, su amigo estaba en el escritorio con sus útiles. Ambos me miraron. Sentí cierto alivio, aunque me duró poco, cualquier cosa que quisieran hacer, ya lo habrían hecho mientras estaba en la reunión de trabajo. Dejé la bandeja en el escritorio y los dejé solos para que estudiasen tranquilos, al menos de eso quería convencerme. Me obligué a ordenar y limpiar todo lo que habíamos usado para distraerme, puse música para que las voces de mi cabeza me dejaran en paz un rato. Fue suficiente hasta que escuché las voces y los pasos de los chicos bajar hasta la puerta de entrada. Terminé de organizar lo que habíamos usado y las llevé a mi despacho, luego volví al comedor, Kamil se acercaba a mí con una sonrisita en la cara.
—¿Qué cenamos hoy? —preguntó.
—¿Me harás cocinar?
—Te daré un día libre. —Sonrió—. Aunque debería hacerte cocinar como castigo por no almorzar.
—¿Cómo sabes que no almorcé?
—Porque estaban todos cuando llegué, por la cantidad de tazas en el fregadero y porque te conozco perfectamente, papá.
Levanté las manos en señal de inocencia, aunque Kamil no se equivocara realmente, no había almorzado nada, ninguno de nosotros lo hicimos intentando terminar de una vez para que Ewa y Norbert pudieran ganar el juicio.
—Se me antoja kopytka.
—Suena bien. ¿Quieres que te ayude?
—Relajate, papá, no quemaré la casa.
—¿Debo confiar en ti?
—Siempre.
Se acercó a mí para besarme en la mejilla, demasiado cerca de las comisuras como se le había hecho costumbre, luego fue a la cocina. Me senté en el comedor escuchando como sacaba lo que necesitaba para cocinar. Miré la larga mesa mientras esperaba, metido en mis pensamientos que, de una u otra manera, siempre terminaba en Kamil, en recuerdos. De repente, deslizó por la mesa una copa de vino hasta mí, lo miré, él sonrió antes de volver a la cocina. Kamil sabía que no bebía, pero, tal vez, hoy me haría falta, al menos para evitar seguir pensando en cosas que no debía, intentar relajarme un poco, estar aquí y ahora con él. Bebí la copa de un trago, me levanté y fui a la cocina, donde Kamil preparaba salsa mientras amasaba el kopytka. Me serví otra copa de vino y bebí sin apartar la mirada de él, Kamil empezó a hablarme de la escuela, de los exámenes que se le acercaban, de lo emocionado que estaba por la graduación y poder despedirse de la preparatoria de una vez, aunque no le gustaba mucho la idea de empezar la universidad. Lo escuché atentamente. Era llamativo como lo único en lo que podía concentrarme a veces era en su voz, como si mi cerebro no fuera capaz de comprender ningún otro tipo de sonido.
***
Después de cenar, nos acomodamos en el sofá para mirar una película, aunque no le estaba prestando mucha atención realmente, solo podía pensar en una cosa, tal vez por el efecto del alcohol que había tomado incluso durante la cena. No solía beber y tomar tres copas de vino era suficiente para alterar mis sentidos. Pasé mi mano por el cabello de Kamil. Estaba recostado contra mí, con su cabeza en mi hombro y su brazo cruzando por mi cintura. Sentí cómo se acurrucaba más contra mi cuerpo.
—Kamil —lo llamé, pero no esperé a que me contestara—, ¿sales con ese tal Adam o con David?
Kamil levantó la mirada hacia mí mostrándome una sonrisita burlona.
—¿De nuevo con eso, papá? ¿Qué tienes? ¿Por qué te interesa tanto si tengo novio o no?
Me quedé callado unos instantes pensando en cómo justificar mi repentino interés, nunca me había interesado más de lo necesario, ni siquiera le había preguntado directamente, había dejado que me hablara de ellos cuando se sintiera seguro. Pero ahí estaba preguntándole de nuevo. No supe qué fue lo que me hizo soltar las palabras con tanta facilidad, pero me escuché hablar con si no fuera yo mismo:
—Te vi masturbándote hace unos días y te escuché decir “Adam”.
Su rostro entero se puso rojo como un tomate, era la primera vez que lo veía así de avergonzado. Abrió la boca para contestar, pero no emitió sonido, era como si hubiera perdido la capacidad del habla.