Ojalá todos mis días fueran así. Es complicado decirlo y sinceramente no creo que existan palabras para describir lo bien que se siente ser una persona ordinaria. — Derian —me llamó haciéndome un gesto con las manos —. Mira estos zapatitos ¿Qué te parecen? —su jovialidad contagiaba a mis labios esa necesidad de sonreír. Sus ojos azules brillando como el agua cristalina más pura, transmitían la calma que buscaba en mi vida, y me preguntaba ¿Por qué no puedo dejar de contemplarla? Es como un imán que atrae no solo a mis ojos, también a ese órgano interno que bombea sangre. — Son encantadores, señora —fue mi respuesta. — Primero; no me digas señora. Estamos sin los demás y puedes llamarme solo Iris. — Pero su esposo. — Derian —dijo, colocando sus manos en las caderas. — De acuerdo

