Capítulo 1
Klimore: Ciudad donde habita la resistencia.
A veces me preguntaba cómo era la vida antes de la guerra. El mundo antes del ataque de los vampiros, era lleno de color y las personas eran felices; o al menos eso era lo que me contaba mi abuela. Quisiera haber nacido en esa época, para mí son muy afortunados los que tuvieron la dicha de vivir antes del caos. Aunque mi abuela opina lo contrario.
Mis abuelos fueron unos de los sobrevivientes en la guerra, la cual describen siempre como la peor de todos los tiempos. Constantemente, describen a los vampiros como unas criaturas horribles, sanguinarias, que no tienen piedad de nadie. Pero cuando pregunto por el motivo que los llevó a emprenderla contra nosotros, nadie es capaz de darme una verdadera justificación.
Ni siquiera en la Academia.
—¡Hailey! —Alargó mi madre desde la cocina.
—¡Voy! —Contesté.
Mamá y papá hacen parte de la segunda generación de los sobrevivientes, o conocidos como la generación de la “fusión”. Papá siendo hijo de dos homine virtutes, se enamoró de mi madre, una humana común, y así como ellos, pasó con muchas otras parejas; lo que provocó el surgimiento de la r**a homine potens, mi r**a.
Todos los homine virtutes, lucen como humanos normales, a diferencia que sus habilidades están incrementadas de una forma increíble. Ellos son mucho más veloces, ágiles y fuertes.
En mi generación los homine virtutes son contados, incluso tienen clases exclusivas dentro de la Academia, y la mayoría son bastante arrogantes con aires de superioridad, viéndonos a los homine potens como una r**a impura y despreciable. Sin embargo, he visto homine potens con poderes especiales y bastante sorprendentes, aunque bueno, también hay otros con características un poco raras y que no destacan, mucho menos podrían salir bien librados ante una batalla con los vampiros.
Luego estaba yo, Hailey Jones. Genéticamente una homine potens, pero sin alguna característica especial. No tenía las habilidades de los homine virtutes, pero tampoco un poder como al parecer lo tenían todos aquellos que pertenecían a mi r**a. En pocas palabras: no era nadie. Lo que producía que mis clases en la Academia se resumieran en debates mentales sobre lo que sucedería conmigo si la revancha se llevara a cabo.
Seguramente sería la primera en morir.
Acomodé un poco la falda plisada de mi uniforme y tras echarme un último vistazo en el espejo, salí de mi habitación. En la cocina se encontraban mi madre y mi abuela preparando el desayuno, mi abuelo leía un libro sentado en su sillón y mi padre hablaba por su audífono mientras daba vueltas por toda la sala.
—Buen día. —Solté algo tímida y ellos me respondieron. Tomé asiento en el banquillo junto a la isla de la cocina y mi madre me entregó el desayuno. Con calma meneé un poco los cereales en la leche, esperando que mi padre terminara de hablar ya que por su aspecto fatigado y algo molesto, presentía que la llamada seguramente era por lo mismo de siempre.
Mi abuela me acarició la mano dedicándome una tierna sonrisa, a la cual correspondí sin pensarlo dos veces.
—Hailey. —Habló mi padre tomando asiento en el banquillo de al lado.— De la jefatura han vuelto a llamar, me están preguntando si tú ya…
—¿…He descubierto mi poder? —Terminé por él. Y por su silencio descubrí que sí era eso. Suspiré. — Nada, aún.
Mi padre se rascó el cabello con frustración. —Se les está agotando la paciencia. Sus llamadas son cada vez más constantes y ya no puedo pedirles más plazo. —Me observó ceñudo. — Dicen que si no tienes ningún poder que no tiene caso que…
—¿…Que siga en la Academia? —Volví a terminar por él.
—Hailey, respétame que soy tu padre. —Advirtió.
—¿Me enviaran a trabajo común? —Cuestioné sintiéndome algo decepcionada.— Si no tengo ningún poder… ¿Me sacarán de la Academia para hacer trabajo común con los humanos normales?
—Hija no hay ningún problema con que hagas trabajo común… —Añadió mi madre.
—¡Por supuesto que lo hay, Jennifer! —Exclamó mi padre notablemente… ¿Ofendido? — Hailey es una homine potens y su obligación es prepararse para servir en la batalla.
—Pero yo no tengo poderes, mis padres tampoco y no por eso debería extrañarme que mi hija no asista a esa Academia. —Acotó mi madre enojándose también.
—Pero Hailey no es una humana común. ¡Entiéndelo! —Señaló mi padre perdiendo la paciencia.
—¡Basta! —Exclamé cortando con esa interminable discusión. — Todos los días es lo mismo, que si tengo poderes o no, que si la guerra o no. Todo por unas estúpidas razas.
Todos en la casa me observaban como si tuviese un bicho extraño en mi cara, estaban totalmente anonadados por mis palabras, pero la verdad no lo soportaba más. Agarré mi bolso y salí de la casa. Ni siquiera esperé a que mis amigos pasaran por mí, como usualmente lo hacían para ir juntos a la Academia. Ya esa situación me tenía cansada y había agotado por completo mi paciencia. Desde que cumplí los 18 e ingresé a la Academia Klimore como una homine potens, la Jefatura de Klimore me ha tenido el ojo encima, pues soy el único caso de homine potens sin poder conocido. Innumerables pruebas me habían hecho y todo arrojaba, el mismo resultado: que estaba perfectamente bien, exceptuando el hecho de que aún no descubría cual era mi poder.
Si es que tenía.
De pronto por eso mi manera de pensar. Mi perspectiva de que todo lo que hacíamos era una estupidez, o mejor dicho, todo nuestro estilo de vida era una locura. Vivíamos encerrados, aislados de las especies de vampiros que desde la guerra han estado gobernando el mundo. Por momentos solo quería escapar, saber qué había del otro lado de la barrera, conocer el mundo y poder ver con mis propios ojos cómo era el mundo habitado por nuestros enemigos.
Quizás piensen que estoy loca, pero yo deseaba poder saberlo. Quería respuestas, las mismas que no iba a encontrar en Klimore.
Y ahí estaba, tanto había caminado sumida en mis pensamientos que no me había percatado de que me encontraba a pocos metros de la barrera hecha para que los vampiros no invadieran nuestro territorio, un ligero toque en nuestra valla hecha con hojas de Vellkron y podían quedar paralizados, así que si intentaban atravesarla podían morir en cuestión de segundos.
Pero no pasaba nada si nosotros la atravesábamos. Solo que estábamos advertidos, fuera de Klimore, la resistencia no tenía valor. Ellos nos superaban por mucho en número y al ser unas criaturas tan despiadadas, acabarían con cualquiera de nosotros sin pensarlo. Según nuestros profesores, solo un homine virtute bien entrenado podía librar una batalla cuerpo a cuerpo con un chupasangre.
Pero yo no era una homine virtute y mucho menos tenía alguna habilidad especial.
Di media vuelta para irme a la Academia y olvidar todas esas ideas locas que había tenido en ese momento. Pero entonces lo escuché.
Ruidos extraños provenían del otro lado de la barrera. Desde el interior del bosque podía escuchar ruidos de ramas y hojas estremeciéndose, seguramente por el movimiento de algún animal. Y tenía pensado irme de ahí e ignorar lo que había escuchado. Pero los animales no tosían ni pronunciabas palabras, y yo podía oír claramente quejidos de dolor.
¿Alguien de Klimore había atravesado la barrera? Pensé. ¿Y si un vampiro lo había atacado?
En ese momento no supe qué hacer. Claramente tenía la opción de irme y llamar a mi padre o algún homine virtute para que se hiciera cargo de la situación, pero aquella persona se quejaba cada vez con más fuerza. Si lo dejaba tirado podía regresar el vampiro y acabar con él.
Entonces lo hice. Sin dudarlo un segundo más, me hice paso entre los ramales para atravesar la barrera con hojas de Vellkron y salir de la resistencia. No podía creerlo, ni siquiera pensé en lo que podía sucederme al salir del único sitio en el mundo donde podía estar segura y lejos de los vampiros. Había sido una completa locura.
Había salido de Klimore.