Capítulo 2

1612 Palabras
Capítulo 2. Del otro lado de la barrera.  Los quejidos de aquella persona me hicieron volver a la realidad y recordar el motivo que me había llevado a salir de Klimore.  —¿Hola? —Pregunté en voz alta con la esperanza de que el susodicho me escuchara. Pero mi voz salió bastante temblorosa debido a los nervios y la adrenalina que me había producido atravesar la barrera, lo que delató cierta vulnerabilidad en mí.— ¿Necesitas ayuda? De repente los quejidos se silenciaron, solo podía percibir el crujido de las ramas y algunas hojas moviéndose con brusquedad como si el individuo tuviera prisa por irse. Estaba completamente hecha un manojo de nervios, pero en la Academia nos habían enseñado que bajo cualquier circunstancia podíamos dejar a un compañero solo, si su vida estaba corriendo peligro.  Regla número 1 de la supervivencia homine: Jamás abandonar a un compañero, aún más si este se encuentra expuesto al peligro.  Sin embargo, nunca creí que me llegaría el momento donde tuviese que poner en riesgo mi vida para salvar a un coterráneo. ¡Demonios, estaba sola! De paso aún no había descubierto mis poderes, así que peor aún. ¡Vaya ayuda que podía dar yo! —¡No tengas miedo! —Exclamé entrando poco a poco al interior del bosque. Eché un vistazo hacia atrás y repasé en Klimore. Cada paso que daba hacia adelante, me alejaba del único sitio donde podía estar segura. Pero si no lo hacía, esta persona podría incluso morir.— Vengo de Klimore, solo quiero ayudarte. ¿Estás herido? O… ¿Herida? El ruido de las hojas cesó. Ya no podía escuchar ni percibir nada. Entonces pensé: ¿Será que murió? No podía dejar el cuerpo ahí tirado, tenía que llevarlo de vuelta a Klimore para que la Jefatura se encargara del caso. Seguí caminando, adentrándome cada vez más en la espesura del bosque, tanto que poco a poco la luz del sol mañanero comenzó a desaparecer. Incluso una sensación de escalofríos me recorrió todo el cuerpo.  —Hay algui… —No pude terminar de hablar porque unas manos me cubrieron la boca, impidiéndomelo. Mi corazón latió con fuerza y de inmediato el miedo me invadió.  —Haz silencio o van a escucharte. —Susurró una voz ronca en mi oído con sus manos aún puestas sobre mi boca.  Segundos después comenzó a aflojar su agarre y yo me giré para verlo de frente. Era un sujeto al parecer de mi misma edad, con la vestimenta bastante sucia y de tez extremadamente pálida. Se agachó un poco agarrándose una parte en el abdomen, mientras respiraba con dificultad, sin despegar de mí sus grandes ojos oscuros.  —¿Estás herido? —Solo pude preguntar mientras intenté acercarme, pero él retrocedió, impidiéndomelo.— Descuida no te haré daño. —Lo animé en un esfuerzo por ganarme su confianza.—  No soy un vampiro.  Él frunció el ceño aún sin dejar de verme. —¿Vam-piro? Asentí con la cabeza. —Porque eso te lo hizo un vampiro… ¿No? —Claro, un vampiro. —Afirmó poniéndose de pie y entonces reparé en cuán alto era, podía medir al menos dos metros. Así que seguramente era un homine virtute. ¿Pero qué hacía por estos lados? ¿Por qué estaba afuera de Klimore? — No debes estar aquí, vete. Al decir eso último, comenzó a caminar con paso tranquilo pero firme, abriéndose paso entre los árboles y dejándome completamente desconcertada en mi lugar. ¿Por qué me decía eso? ¿Que yo no debía estar ahí? ¿Y desde cuándo él sí? —¡Hey, espera! —Intenté alcanzarlo, pero torpemente tropecé con una roca y al caer, una rama filosa me rasguñó en el muslo, justo debajo de la falda plisada, provocando que una línea de sangre apareciera en mi pierna.— j***r… —Musité por lo bajo mientras limpiaba los restos de tierra del uniforme con la piel ardiendo un poco.  El sujeto se detuvo a unos pocos metros de mí y aún dándome la espalda escuché cómo inhaló fuerte. De repente sujetó un pedazo del jersey que llevaba puesto y tiró fuerte de él arrancando un trozo de tela, el cual me arrojó.  —Cubre la herida. —Indicó dándose la vuelta y viéndome aún con esa misma expresión fría.— Pueden detectar el olor a kilómetros.  —¿Los vampiros? —Pregunté.  Él solo asintió. Sin embargo, cuando estuvo a punto de decir algo, se vio impedido al escuchar algo que yo no logré percibir. De repente posó sus ojos sobre mi pierna que ya se encontraba vendada y su ceño se frunció. Había algo que lo inquietaba, y sin esperar un segundo más, se agachó y me sujetó en sus brazos con una facilidad impresionante como si el dolor que antes lo invadía ya hubiese desaparecido por completo.  —¿Qué pasa? —Pregunté en voz baja pero él no respondió. Miraba a todas direcciones en el bosque como si buscara algo, entonces corrió. Pero era una velocidad impresionante, apenas podía ver las siluetas borrosas de los árboles cuando pasábamos entre ellos sin chocar con ninguno. Todo parecía indicar que él era un homine virtute, pero para verse de mi edad no se me hacía un rostro conocido. Y créanme porque sus rasgos singulares serían algo muy difícil de olvidar; esas facciones toscas y su cabello n***o azabache cayendo en mechones lacios sobre su frente, enmarcando sus grandes ojos negros que mostraban siempre una expresión tan frívola. Definitivamente no había nadie parecido a él en la Academia Klimore.  Entonces se detuvo en la entrada de una cueva. Me bajó de sus brazos dejándome en el piso cada vez más confundida.  —Entra. —Ordenó con prisa.— Escóndete y úntate mucho barro en las piernas.  —Pero, ¿Por..?  —Hazlo si quieres vivir —Advirtió y ante esa alternativa no me quedó de otra más que obedecer.  Entré a la cueva, pisando con dificultad ya que el suelo era bastante lodoso y resbaloso, entonces vi una roca grande unos metros adentro y me escondí detrás de ella. Recordé lo que me dijo y con mis manos agarre mucho lodo del suelo, y comencé a esparcirlo sobre mis piernas sin entender aún lo que sucedía. Por lo que lo único que pensé fue que el mundo afuera de Klimore era bastante raro… Y peligroso. Pero la duda que aún me invadía era porqué este chico estaba del otro lado de la barrera y además porqué nunca lo había visto en la Academia. Todo era muy confuso. Las mismas preguntas se repetían una y otra vez dentro de mi mente, incluso me cuestioné porqué le hacía caso a un desconocido. Hasta que escuché unas voces fuera de la cueva y tuve que agudizar bastante mi oído para lograr entender lo que decían.  —¡Mira Thiago pero si es Christopher! —Exclamó una voz varonil acompañado de risas.  —Estuvo de cacería y no invitó. —Añadió otro con un exagerado tono ofendido.— Y por lo que percibí era algo grande… Un oso, ¿tal vez?  —Un oso no creo —comentó la misma voz de antes —, ese olor era diferente. Era más… Delicioso. ¿Cacería? ¿Olor delicioso? Ahogué un grito cuando los cabos sueltos se ataron dentro de mi mente. Así que al final todo tenía sentido. Las habilidades de él y su preocupación por cubrir mi herida; sabía que me encontrarían. Pero si ellos hablaban de una cacería y que al parecer el chico que estaba conmigo no los había invitado, eso quería decir que… Eran vampiros. Los tres sujetos que estaban fuera de la cueva eran vampiros.  Tuve que poner mis manos sobre mi boca para silenciar el grito ahogado. No podía creerlo, había estado frente a frente con un vampiro, con mi mayor enemigo, incluso platiqué con él. Y ahora estaba cerca de encontrarme con dos más. Mis piernas tambaleaban y de repente la respiración me faltó. ¿Qué podía hacer yo, una homine potens sin poder conocido, contra tres temidos vampiros? Claramente me destruirían en un parpadeo.  ¡Cómo pude ser tan tonta! Me lamenté mentalmente. ¡¿Para qué tuve que atravesar esa estúpida barrera?! Aunque a quién quería engañar, el hecho de querer ayudarlo fue la razón válida que necesitaba para poder salir porque ya lo anhelaba desde hacía rato. ¡Pero él no parecía un vampiro! Era muy diferente a como nos los habían retratado en la Academia. Él no se veía para nada como un monstruo con colmillos gigantes, con ojos rojos escarlata ni tampoco tenía garras largas y afiladas con apariencia espeluznante. Por el contrario, parecía un humano común, que por su altura y su gran velocidad pensé que podía tratarse de un homine virtute pero claramente estaba equivocada.  Y de qué manera. —Puedes salir. —Dijo la voz del mismo chico con el que había tratado hace un rato, y el mismo por el cual había atravesado esa estúpida barrera. Entonces, con un nudo en la garganta y las piernas temblorosas, salí lentamente de la cueva. Y lo vi, estaba recostado en la entrada de la cueva, con la cabeza inclinada hacia atrás, en una postura bastante relajada y con las manos dentro de los bolsillos de su sudadera gris. Sin embargo cuando volteó hacia mí y me reparó, su expresión cambió por completo, incluso sus enormes ojos negros que hasta entonces se habían mantenido fríos y distantes, se abrieron de par en par, pues había caído en cuenta de cierta desconfianza y temor en mí.  —¿Lo escuchaste todo?
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