—¿Qué? ¿En la grabación de las cámaras de seguridad está la prueba de que Lorena me envenenó?— asiento. —Eso está muy bien, amor, voy a demandar a esa mujer y voy a hacer que se hunda en la cárcel, y tú y yo podremos ser felices, sin ninguna preocupación, sólo tú y yo, mi vida. —Eso ya no es posible, señor Gil, no me voy a prestar más para sus juegos, siempre soy la que termino más lastimada, y no estoy dispuesta a sufrir tanto por una persona que no vale la pena. —No, Lea, no digas eso— fingí abrazarlo, y cuando sé que no se lo está esperando, lo empujo y me aparto de él. Santiago casi se cae, pero logra estabilizarse lo suficientemente rápido como para perseguirme, mientras corro hacia la puerta del penthouse. —¡No, Lea, no te vayas, no me dejes sólo!— llora, y se deja caer de rodil

