Las puertas del ascensor se abren, y camino hacia la oficina de Santiago, me peino un poco el cabello, y después abro la puerta de la oficina. Mi corazón deja de latir, y lágrimas se acumulan en mis ojos al ver a aquel hombre que me hizo tanto daño. —¿Lea?— pregunta confundido, mientras camina hacia mi, y yo retrosero. Actúa normal, Lea, demuéstrale que ya no te puede hacer más daño. —Estamos afuera de la oficina, entre, por favor, allá dentro es donde va a firmar el contrato— digo, mientras paso por su lado, y entro a la oficina de Santiago. —Si— dice cabizbajo. Me siento en el sillon de Santiago, y hago un ademan con mi mano para que Iván se siente en la silla de enfrente. —Este es el cotrato, léalo, y si le parece bien, firme el contrato, y prsentese el lunes a primera hofra para

