Capítulo 4. Pequeña fiera

1073 Palabras
Un bastante ebrio príncipe Roberth entró contoneándose a la habitación, traía pegada una sonrisa lujuriosa y no reparó en disfrutar del espectáculo tan delicioso que su esposa le estaba ofreciendo, la miró descarado de arriba abajo y se mordía el labio inferior con una mueca burlona, dio dos pasos rápidos hacia donde ella se encontraba y disfrutó la instintiva reacción de Marianne, estaba aterrada y eso le gustaba mucho. Marianne aún tenía la esperanza de que en cualquier momento Edward derribaría la puerta para salvarla, para tomarla entre sus brazos y llevársela lejos, lejos de Roberth, de su padre, de todos, lo necesitaba, quería gritar su nombre, quería despertar de esa terrible pesadilla en la que se había convertido su vida, pero la voz de Roberth le demostraba que todo era muy real, tanto que su mente estaba a punto de abandonar su cuerpo, sentía que en cualquier momento perdería el conocimiento y quizá eso sería lo mejor, así por lo menos no sería tan traumático, sobre todo porque Edward no llegaría en su ayuda, no después de traicionarlo casándose con su propio hermano, él debía estar sufriendo su propio infierno, pero nada comparado con lo que le tocaba a ella. --No debes temer a tu esposo, querida, te aseguro que estas a punto de conocer el más delicioso de los placeres y yo me siento tan extasiado de tener el honor de mostrártelo – lo disfrutaba, aun sin siquiera tocarla estaba provocando en ella la más deliciosa sensación de terror y angustia ante lo desconocido y a él le provocaba una excitación tremenda, el solo hecho de saberla el amor de su hermano le ponía un especial sazón a la situación, la aderezaba y condimentaba de tal forma que a la pobre damisela solo la podía ver como un banquete celestial, del que solo unos cuantos podrían tener acceso, y él era uno de esos. Marianne ni siquiera lo vio venir, cuando de un solo tirón le arrebató el camisón de seda dejándola completamente desnuda y cubriéndose un poco con lo que sus pequeñas manos alcanzaban a abarcar, Roberth retrocedió un par de pasos, necesitaba observarla, saborearla con todos sus sentidos, era sin duda una diosa, su piel blanquísima hacia un bello contraste con la obscuridad de la habitación y sus labios se estaban convirtiendo en una necesidad, podía sentir como ese cuerpo contorneado y virginal le estaba preparando el mejor de los acontecimientos. --ahora entiendo por qué Edward está tan desquiciado por nuestra unión, si eres sin duda una preciosa joya, lo siento mucho por mi querido hermano, pero el dueño de tan fino diamante soy yo, y tú, tendrás que aprender a cumplir con mis exigencias – dicho eso, se abalanzó sobre el cuerpo desnudo de una horrorizada Marianne y la empezó a tocar descaradamente, la apretaba y tiraba de sus cabellos para que dejara de luchar, aspiraba su aroma de forma descarada y reía como un desquiciado, sabía que le estaba provocando el más grande dolor a su hermano y eso lo hacía sentir victorioso, satisfecho, había deseado tanto ponerlo en su lugar, demostrarle que era él quien podría tenerlo todo, incluso a ella, a la mujer que su hermano tanto amaba -- ¡No! – apenas pudo pronunciar un gemido implorando, pero nada podría detener a Roberth, nada ni nadie, ni siquiera Edward. La tomó del cuello de forma brusca y la obligo a mirarlo a los ojos, y atacó sus labios como si fuera una fiera hambrienta y ella una presa que devorar, rodeo su cintura con uno de sus brazos, mientras el otro continuaba apretando su mandíbula para asegurarse que le diera entrada a su boca, la quería explorar, quería probar ese dulce delicioso que le significaban sus labios, y sí era dulce, dulce y embriagador, delicioso, tanto que la apretó fuertemente contra su cuerpo para sentirla por completo, le gustaba que tratara de luchar, le encantaba la idea de domarla, de someterla y hacerla sucumbir ante sus caricias, su piel era tan suave y tersa que no podía dejar de viajar por ella con sus manos, le provocaba morderla y los gemidos involuntarios que le arrancaba con cada mordida lo llevaban al límite de la locura. La fuerza de Roberth le impedía a Marianne siquiera moverse a voluntad, sus besos le provocaban tanto asco que temía tener que volver el estómago, si es que algo hubiera en él, no soportaba sus pesadas manos abriéndose camino por su cuerpo, le quemaban, trataba de arrancárselas, pero no había manera, ni siquiera podía llorar, y parecía que su voz estaba apagada, intentaba gritar, pero solo salían sonidos guturales, no podía soportar su aliento alcohólico viajando por su cuerpo sin que ella fuera capaz de hacerlo parar, pero en un instante su mente la llevo hacia él y de su cuerpo salieron fuerzas que la llevaron a arrojar a Roberth tan fuerte que calló de espaldas sobre la cama ante la mirada de espanto de Marianne. --mmmm… pequeña fiera, te gusta jugar rudo, jugaremos rudo, entonces. – se levantó como un poseso para atraparla en su intento de fuga y la arrojó con tanta fuerza a la cama que ella sintió que se había quedado sin aire, le estaba costando recuperarse, pero tenía que intentar escapar, fue imposible cuando sintió el peso del cuerpo de Roberth sobre el suyo, de nada servían sus intentos por zafarse de su agarre, él era más fuerte y la doblegaba enseguida, intentó golpearlo, patearlo, le enterró las uñas en el rostro cuando ya se había quedado sin fuerzas y un golpe seco le nubló la razón, no estaba inconsciente como ella hubiera preferido, pero ya no podía mover un musculo y solo veía el rostro trastornado y nocivo del príncipe Roberth. Estaba doblegada y al borde del colapso, podía sentir cómo se preparaba para atacarla, sabía que no iba a ser cuidadoso, todo lo contrario, la iba a destrozar física y emocionalmente, iba a enseñarle quien manda y quien da las ordenes de una vez y por todas y también iba a dejar una huella muy pero muy difícil de borrar, la huella del dolor, del ultrajo y de la incapacidad de hacer algo al respecto, la huella que deja un abuso, ese maldito tatuaje imborrable y repulsivo con el que tendría que cargar por el resto de sus días, pero nada prepararía a Marianne para lo que estaba a punto de presenciar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR