El príncipe Roberth viajaba con su lengua saboreando la riquísima piel de Marianne, olía delicioso, le provocaba entrar en ella y poseerla, su cuerpo vibraba y ardía por el deseo que ella le provocaba y sin dejar de apretar sus manos contra la cama, se deshizo como pudo de su ropa y tomó su rostro para obligarla a mirarlo a los ojos, necesitaba asegurarse de que fuera su rostro el que Marianne viera al momento de reclamar su cuerpo, estaba consiente que esa mujer lo estaba volviendo loco, lo estaba convirtiendo en una bestia salvaje y sedienta de placer, al costo que fuera, su cuerpo comenzó a temblar de forma insana, y jadeaba como si estuviera a punto de quedarse sin aire y en su desenfrenado intento por hacerla suya, se quedó estático y con cara de frustración, sus ojos estaban desorbi

