[Capítulo 6: Pequeña]
Punto de vista Rose
Moscú, Rusia.
Mientras me preparaba para salir, el aire dentro de la base se sentía tan pesado como mi estado de ánimo. Nikolai seguía siendo una sombra constante en mis pensamientos, pero sabía que no podía permitirme quedar atrapada en ese miedo. Había mucho trabajo por hacer.
Dmitri me esperaba cerca de la entrada, revisando algo en su teléfono.
—¿Lista para irnos? —preguntó, guardando su teléfono en el bolsillo y mirándome con una mezcla de profesionalismo y preocupación.
Asentí.
—Sí. La directora de la fundación dijo que estará disponible por la mañana, así que deberíamos llegar antes de que comience su día de reuniones.
—Perfecto —dijo Dmitri mientras abría la puerta principal para dejarme pasar. —El auto está listo.
Subimos al vehículo y mientras Dmitri conducía, me concentré en revisar los informes que había preparado. La fundación a la que nos dirigíamos era una de nuestras colaboradoras clave en la rehabilitación de mujeres rescatadas de redes de trata. Su encargada, una mujer llamada Tatiana, una Colombiana madre de una chica que también había sido víctima y quien lastimosamente no salió con vida de aquellos lugares y entonces Tatiana decidió cuidar a mujeres tanto como pudiera ya que no pudo hacerlo con su hija.
Ella había estado trabajando incansablemente para proporcionar refugio, atención psicológica y oportunidades laborales a las supervivientes. Su trabajo era admirable, pero también requería recursos constantes y una de nuestras tareas principales era asegurarnos de que tuviera todo lo que necesitaba.
El trayecto fue tranquilo, aunque el silencio entre Dmitri y yo no era del todo cómodo. Podía sentir su mirada ocasional en mí, como si estuviera evaluando mi estado de ánimo sin necesidad de preguntar directamente. Finalmente, fue él quien rompió el silencio.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, su voz baja pero cargada de genuina preocupación.
—Bien —respondí automáticamente, aunque ambos sabíamos que no era del todo cierto. Desvié la mirada hacia la ventana, observando cómo la ciudad pasaba rápidamente bajo la lluvia. —O tan bien como se puede estar dadas las circunstancias.
—Eso es algo —dijo Dmitri con una pequeña sonrisa. —Pero recuerda que no tienes que cargar todo sola, Rose. Estoy aquí para ayudarte, y el equipo también lo está.
Su sinceridad hizo que una parte de mí se sintiera un poco más ligera, aunque la sombra de Nikolai seguía presente. Asentí levemente y volví a enfocarme en los informes mientras el auto se deslizaba por las calles mojadas de Moscú.
Cuando llegamos a la fundación, la fachada del edificio era tan discreta como siempre, con una pequeña placa de bronce que indicaba su nombre: «Centro de Esperanza y Rehabilitación». Tatiana nos recibió en la entrada, su rostro iluminándose con una sonrisa cansada pero sincera. Era una mujer de mediana edad, con cabello oscuro recogido en un moño simple y unos ojos que irradiaban determinación.
—Rose, Dmitri, gracias por venir —dijo mientras nos estrechaba la mano. —Pasen, por favor. Hay mucho que quiero discutir con ustedes.
La oficina de Tatiana era pequeña pero acogedora, con estanterías llenas de libros y documentos relacionados con su trabajo. Nos ofrecieron café mientras comenzábamos a hablar sobre las necesidades actuales del centro. Tatiana explicó cómo habían aumentado las solicitudes de ayuda en las últimas semanas y cómo los recursos seguían siendo insuficientes para cubrir todas las demandas.
—Hemos logrado avanzar con algunas de las chicas —dijo, mostrando un archivo con historias de reubicaciones exitosas. —Pero cada caso es único y hay muchas que todavía necesitan apoyo constante. Sin más fondos, será difícil mantener el ritmo.
Asentí, tomando nota de sus comentarios.
—Vamos a revisar nuestras posibilidades para asignar más recursos —dije. —Entendemos lo importante que es este trabajo y haremos todo lo posible para asegurarnos de que tengan lo que necesitan.
Tatiana sonrió agradecida, y continuamos discutiendo los detalles hasta que habíamos cubierto todos los puntos necesarios. Al final de la reunión, nos acompañó hasta la salida, agradeciéndonos nuevamente por nuestra colaboración.
—Su apoyo marca una gran diferencia —dijo mientras estrechaba mi mano. —No sólo para mí, sino para todas las mujeres que pasan por aquí. Gracias, de verdad.
—El agradecimiento es mutuo, Tatiana —respondí, sinceramente conmovida por su dedicación. —Estaremos en contacto pronto.
De vuelta en el auto, el silencio inicial fue interrumpido por Dmitri, quien me lanzó una mirada de reojo mientras encendía el motor.
—¿Qué te parece si tomamos un café antes de regresar a la base? —preguntó. —Te vendrá bien despejarte un poco.
Mi primer instinto fue rechazar la idea. La idea de estar en un lugar público mientras Nikolai seguía libre me hacía sentir vulnerable. Pero algo en la forma en que Dmitri me miró, con esa calma protectora que siempre parecía rodearlo, me hizo reconsiderar.
—De acuerdo —dije finalmente, dejando escapar un suspiro. —Pero no quiero quedarme mucho tiempo.
—Entendido —respondió Dmitri con una sonrisa. —Conozco un lugar tranquilo cerca. Te gustará.
El café al que nos llevó era pequeño y acogedor, con una decoración rústica que inmediatamente me hizo sentir un poco más cómoda. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver cómo la lluvia caía suavemente sobre la calle. Dmitri hizo el pedido por los dos, trayéndome un capuchino que olía a cielo puro.
—¿Te sientes más tranquila? —preguntó mientras removía su café. Su mirada era suave, pero también atenta, como si estuviera analizando cada uno de mis gestos.
Asentí lentamente, tomando un sorbo de mi bebida. El calor y el sabor reconfortante del capuchino ayudaron a aliviar algo de la tensión que había estado cargando. —Un poco— admití. —Pero no puedo dejar de pensar en…él.
Dmitri no necesitó que explicara a quién me refería. Dejó su taza sobre la mesa y apoyó los codos, inclinándose hacia mí.
—Escucha, Rose— dijo con un tono serio pero calmado. —Entiendo por qué estás preocupada y tienes razones válidas para estarlo. Pero no puedes dejar que él te controle de esta manera. Eso es lo que él quiere.
—Lo sé —respondí, apartando la mirada hacia la ventana. —Pero es difícil no pensar en todas las posibilidades, en cómo podría aparecer en cualquier momento y destruir todo lo que hemos construido.
—Eso no va a suceder —dijo Dmitri con firmeza. —Estamos listos para lo que sea. Y aunque Nikolai sea astuto, no es invencible. Lo hemos enfrentado antes, y podemos hacerlo de nuevo.
Sus palabras eran reconfortantes, pero también sabía que no podía depender completamente de ellas. Tenía que encontrar mi propia fuerza para enfrentar lo que venía. Mientras me perdía en esos pensamientos, Dmitri se inclinó un poco más, su voz bajando hasta un tono casi susurrante.
—Rose, quiero que recuerdes algo —dijo. —No importa lo que pase, no importa cuán cerca sientas que está él, yo estaré aquí para protegerte. Siempre.
Su sinceridad me dejó sin palabras por un momento. Lo miré a los ojos, buscando alguna señal de duda o vacilación, pero no encontré ninguna. Dmitri hablaba con la convicción de alguien que estaba dispuesto a cumplir cada una de sus palabras.
—Gracias — murmuré finalmente, sintiendo cómo una pequeña parte de la carga que llevaba se aligeraba. —Eso significa mucho para mí.
Dmitri sonrió, puso su mano derecha sobre la mía dándome un suave apretón cariñoso.
—Sabes que siento algo por ti y yo sé que lo sabes, pero nunca he insistido en nada porque quiero que confíes en mí y sepas que si algún día buscas algo, estoy yo aquí.
—Dmitri, yo…
—Shhh —su dedo índice se posó sobre mis labios —, no tienes que decir nada, solo que ya no quería seguir haciéndome el loco, pero esto no cambia nada. Sé que no sientes lo mismo por mí y estoy bien con eso. Soy paciente.
Suspiré cuando separó su dedo de mis labios y giré la mirada hacia otro lugar sin saber que responder a todo eso.
Él sonrió una última vez y luego continuó levantando su taza en un gesto que era tanto un brindis como un recordatorio de que no todo estaba perdido. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí una chispa de esperanza en medio de toda la incertidumbre.
***
El camino de regreso a la base estuvo envuelto en un silencio pesado, roto solo por el ronroneo constante del motor. Dmitri mantenía ambas manos en el volante, sus ojos fijos en la carretera, mientras yo miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad desaparecían a medida que nos acercábamos a las afueras. A pesar de haber intentado distraerme con el café, mi mente seguía regresando al temor que me acompañaba desde que Nikolai había enviado aquella nota.
Al llegar al almacén, Dmitri estacionó el auto cerca de la entrada principal y salió primero para inspeccionar los alrededores. Era un procedimiento rutinario que habíamos adoptado desde siempre, incluso con Nikolai encerrado en prisión, pero esta vez, el gesto me pareció más solemne. Solo después de asegurarse de que todo estaba en orden, me hizo señas para que saliera.
—Estaremos bien —dijo cuando cruzamos la puerta principal.
Cuando llegamos al área principal, los pasillos estaban silenciosos, con apenas un par de luces encendidas. Dmitri se detuvo antes de dirigirse a su oficina.
—Tengo turno de noche en la comisaría —anunció. —Asegúrense de que todo esté bajo control aquí. Y si pasa algo, llámenme de inmediato.
—Lo haremos —respondí, observando cómo se alejaba hacia su despacho para recoger algunas cosas antes de salir. Me quedé en la sala por unos minutos, dejando que el silencio llenara el espacio a mi alrededor. Entonces decidí que necesitaba algo más que distracción; necesitaba acción.
***
El gimnasio improvisado del almacén era una combinación de pesas, sacos de boxeo y un pequeño cuadrilátero para entrenar combate. Sergei ya estaba allí cuando entré, golpeando uno de los sacos con una precisión casi mecánica. Levantó la mirada al verme y asintió en señal de saludo.
—¿Lista para entrenar? —preguntó, dejando que el saco se balanceara lentamente mientras se secaba el sudor con una toalla.
—Siempre —respondí, quitándome la chaqueta y ajustando las vendas en mis manos. No había espacio para palabras innecesarias entre nosotros. Sergei entendía que el entrenamiento era una forma de canalizar todo lo que llevaba dentro y hoy necesitaba ese escape más que nunca.
Comenzamos con el combate cuerpo a cuerpo. Sergei, como de costumbre, no se contuvo, lanzando golpes calculados que me obligaron a mantenerme alerta. Cada impacto, cada bloqueo, era una forma de recordarme que debía estar preparada para cualquier cosa.
—Más rápido —gruñó cuando logró esquivar uno de mis ataques. —Si puedes alcanzarme, podrás enfrentarte a cualquiera.
Sus palabras eran duras, pero sabía que venían de un lugar de cuidado. Sergei quería que estuviera lista, que fuera fuerte. Y yo necesitaba eso más que nunca.
Después de casi dos horas de combate, pasamos al entrenamiento físico. Correr, saltar, levantar pesas; todo para fortalecer mi cuerpo y mantener mi mente enfocada. El sudor corría por mi rostro y mi respiración era pesada, pero no me detenía. Había algo en el agotamiento que se sentía liberador, como si con cada gota de sudor estuviera expulsando parte de mi miedo.
Finalmente, cuando Sergei se retiró, fui al área de tiro. Ahí estaba mi pistola, la misma que había estado mirando la noche anterior, esperando ser usada. La sostuve entre mis manos, sintiendo su peso familiar y me dirigí al campo de tiro improvisado al fondo del almacén.
Apunté al primer blanco y disparé. El sonido del disparo resonó en el espacio cerrado, pero no me hizo flaquear. Disparo tras disparo, ajusté mi postura, mi puntería. Cada impacto en el blanco me daba una sensación de control que había estado buscando desde que todo esto comenzó.
No sé cuánto tiempo pasó. Mi mente estaba completamente enfocada en el arma, en el blanco frente a mí, en el eco de cada disparo. Fue solo cuando sentí unas manos en mis hombros que volví a la realidad.
—Rose, ¿sabes cuánto tiempo llevas aquí? —La voz de Anya era suave, pero el susto inicial me hizo dar un respingo y casi soltar el arma. Me giré para verla, con su rostro preocupado iluminado por la tenue luz del almacén.
—Lo siento —dije, bajando el arma y asegurándome de que el seguro estuviera puesto. —Perdí la noción del tiempo.
Anya cruzó los brazos, mirándome con una mezcla de exasperación y empatía.
—Llevas más de cinco horas entrenando. Necesitas descansar.
Asentí lentamente, aunque no estaba del todo lista para detenerme. Pero antes de que pudiera responder, Anya cambió de tema.
—Ha llegado un paquete para ti —dijo, su tono más serio ahora. —He llamado a Dmitri y nos dejó instrucciones de que tuviéramos cuidado al abrirlo.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sabía lo que eso significaba. Dejé el arma en su lugar y seguí a Anya hasta la sala principal, donde una caja no muy grande estaba sobre la mesa. Era simple, sin marcas, pero su presencia llenaba el espacio con una tensión palpable.
—¿Lo abrimos juntas? —sugirió Anya, pero negué con la cabeza.
—Lo haré yo —dije, tomando una navaja para cortar la cinta que sellaba la caja. Mis manos temblaban ligeramente, pero me obligué a seguir adelante. Cuando levanté la tapa, lo primero que vi fue una nota.
«Pequeña»
Mi corazón se detuvo por un instante al leer esa palabra. Era su voz en mi cabeza, pronunciando ese apodo con el que solía referirse a mí. Mi mente se llenó de recuerdos no deseados, pero me obligué a seguir buscando en la caja.
Debajo de la nota, había una pila de fotos. Las saqué lentamente, con las manos cada vez más frías. Eran imágenes de hoy, tomadas desde el momento en que salimos de la fundación. Había fotos de Dmitri y yo caminando hacia el auto, de nosotros en el café. En algunas, nuestras manos estaban juntas, y en una de ellas, Dmitri estaba inclinándose hacia mí, su dedo tocando mis labios en un gesto que ahora parecía completamente fuera de lugar bajo esta nueva luz.
Lo más inquietante era que, en cada foto donde aparecía Dmitri, su figura estaba marcada con una llama de fuego dibujada a mano. Era una amenaza clara, un mensaje que no necesitaba palabras para ser entendido.
Al fondo de la caja había una última nota. La levanté con manos temblorosas y leí las palabras que parecían gritarme desde el papel:
«Siempre serás mía»
Sentí como si el aire hubiera sido succionado de la habitación. Las palabras resonaban en mi mente, una promesa y una amenaza en igual medida. Anya, que había estado mirando desde un rincón, dio un paso hacia adelante.
—¿Qué dice? —preguntó, pero no pude responder. Solo podía mirar la nota, sintiendo cómo mi mundo se estrechaba cada vez más.
Finalmente, levanté la mirada hacia ella.
—No se detendrá hasta que me tenga, ¿verdad? —dije con mi voz apenas un susurro. —Esto es solo el principio.
Anya asintió, pero podía ver el miedo en sus ojos. Yo también lo sentía, pero sabía que no podía permitirme ceder ante él. Nikolai había enviado su mensaje, pero ahora era mi turno de responder.