[Capítulo 7: Yo también la quiero]
Punto de vista Rose
Moscú, Rusia.
Cada tic del reloj colgado en la pared resonaba con fuerza en mis oídos, marcando el tiempo que pasaba sin noticias de Dmitri. Había intentado llamarlo varias veces desde que Anya me mostró la caja que contenía las fotos, pero el tono de llamada siempre terminaba en un silencio que me llenaba de ansiedad.
Estaba sentada en el sillón del área común, con el teléfono en una mano y la nota de Nikolai en la otra.
«Siempre serás mía»
Las palabras se repetían en mi cabeza como un eco constante. No podía sacudir la sensación de que cada segundo que pasaba sin escuchar a Dmitri era un segundo en el que él podía estar en peligro.
Sergei entró en la habitación, su figura alta y robusta proyectando una sombra larga bajo la luz tenue. Me miró con sus ojos serios, esos que siempre parecían juzgar la situación con una calma fría.
—¿Nada todavía? —preguntó, cruzando los brazos.
Negué con la cabeza, dejando escapar un suspiro frustrado.
—Su teléfono sigue sin responder. Esto no es normal, Sergei. Dmitri siempre contesta.
—Puede que simplemente esté ocupado en la comisaría —dijo, aunque su tono no era tan convincente como quería aparentar. —No saquemos conclusiones precipitadas.
—¿Y si Nikolai hizo algo? —espeté con mi voz subiendo de tono. —Él ahora sabe lo que Dmitri significa para mí y yo para él. Esa amenaza en las fotos fue clara. No puedo quedarme aquí sentada sin hacer nada.
Sergei suspiró y se acercó, ocupando el sillón frente a mí. Su mirada era firme, pero no fría. Había una pizca de empatía en ella, aunque también una determinación que no iba a dejar espacio para discusiones.
—Rose, si sales ahora, podrías estar caminando directo hacia una trampa. Eso es exactamente lo que Nikolai quiere. Quiere que te desesperes, que tomes decisiones precipitadas. Dmitri no nos perdonaría si algo te pasara por intentar buscarlo.
—¿Y qué quieres que haga, Sergei? —dije levantándome abruptamente. La energía contenida en mi cuerpo me hacía sentir como un resorte a punto de estallar. —¿Que simplemente me quede aquí sentada, esperando? Podría estar…— Mi voz se quebró antes de poder terminar la frase. No quería ni pensar en esa posibilidad.
—Sí, eso es exactamente lo que quiero que hagas —respondió Sergei con una calma que me enfurecía y al mismo tiempo me desarmaba. —Por mucho que te duela, necesitamos ser racionales. Cuando amanezca, si no hemos sabido nada de él, tomaremos medidas. Pero salir ahora, en medio de la noche, sin un plan claro, solo empeorará las cosas.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza entre mis manos, tratando de controlar la tormenta de emociones que amenazaba con desbordarse. Podía sentir la mirada de Sergei fija en mí, esperando pacientemente a que procesara sus palabras. Sabía que tenía razón, pero eso no hacía que fuera más fácil aceptar.
La noche continuó arrastrándose con una lentitud exasperante. Anya apareció después de un rato, trayendo una bandeja con tazas de té caliente. Su presencia era un contraste con la de Sergei; donde él era toda firmeza y lógica, ella traía una calidez silenciosa que me ayudaba a no sentirme completamente sola.
—¿Alguna noticia? —preguntó mientras colocaba la bandeja sobre la mesa y me pasaba una taza.
Negué con la cabeza, sosteniendo la taza entre mis manos más por el calor que por sed.
—Nada. Y cada minuto que pasa me hace sentir que algo está terriblemente mal.
Anya se sentó a mi lado, colocando una mano suave en mi brazo.
—Dmitri es inteligente, Rose. Sabe cuidarse. Y si algo estuviera realmente mal, encontraría la manera de hacérnoslo saber.
—¿Y si no puede? —pregunté —¿Y si ya es demasiado tarde?
—No pienses así —dijo Anya, su tono firme pero gentil. —No podemos dejarnos llevar por el miedo. Eso es lo que Nikolai quiere.
Sergei asintió desde su lugar.
—Anya tiene razón. Necesitamos mantener la calma y confiar en que Dmitri sabe lo que hace. Y si no aparece, iremos a buscarlo. Pero no esta noche. No así.
Sus palabras eran lógicas, pero la lógica no era suficiente para calmar la angustia que sentía. Pasé los dedos por mi cabello, un gesto nervioso que apenas ayudaba a canalizar la energía contenida en mi cuerpo.
El reloj marcó las dos de la madrugada y la tensión en el almacén era palpable. Anya había tratado de convencerme de que descansara, pero era imposible. Me quedé en la sala común, con Sergei vigilándome de cerca como si temiera que en cualquier momento fuera a salir corriendo.
—No lo haré —dije finalmente, rompiendo el silencio. Mi voz sonaba más tranquila de lo que me sentía. —No voy a salir, Sergei. Pero eso no significa que me quedaré aquí sin hacer nada.
—Eso es todo lo que pedimos —respondió él, relajando un poco su postura. —Mantenemos la cabeza fría y actuamos cuando tengamos más información.
No respondí. En lugar de eso, me levanté y caminé hacia una de las ventanas, mirando la oscuridad afuera. El reflejo de mi rostro en el vidrio me devolvía una versión de mí misma que apenas reconocía: cansada, preocupada, pero también decidida.
Sabía que Sergei y Anya estaban haciendo lo posible por mantenerme centrada, pero también sabía que, si algo le pasaba a Dmitri, nunca me lo perdonaría. Y mientras la noche avanzaba, esa posibilidad se volvió un peso casi insoportable en mi pecho.
Finalmente, cuando los primeros destellos de luz comenzaron a aparecer en el horizonte, el sonido de un motor acercándose al almacén hizo que todos nos levantáramos de golpe. Mi corazón latía con fuerza mientras corría hacia la entrada, seguida de cerca por Sergei y Anya.
Cuando la puerta se abrió y vi a Dmitri entrar con una expresión agotada pero ileso, sentí cómo una ola de alivio me inundaba, salí corriendo y brinqué sobre él abrazándolo con fuerza. Su cuerpo se tensó junto al mío antes de que me devolviera el abrazo con mucha más fuerza. Aspiré su aroma y tomé una profunda respiración, alejé un poco mi rostro y lo miré fijamente asegurandome de que estuviera bien y cuando lo hice, me llené de alivio, pero también de algo más: una chispa de rabia por el susto que me había hecho pasar.
—¿Qué demonios pasó? —exclamé, mi voz cargada de emociones. —¿Por qué no contestabas el teléfono?
Dmitri levantó las manos en un gesto de disculpa.
—Lo siento, Rose. Hubo un problema en la comisaría que me mantuvo ocupado toda la noche. No tuve tiempo de revisar mi teléfono.
—¿Y pensaste que no avisar era una buena idea? —continué sin poder contenerme.
—Estaba enfocado en resolverlo —dijo con calma, aunque su tono mostraba un rastro de cansancio. —¿Qué es lo que sucede?
Me crucé de brazos, tratando de recuperar la compostura. Finalmente, Sergei intervino, poniendo una mano en mi hombro.
—Dmitri está aquí ahora. Hablaremos más tarde, pero lo importante es que está bien.
Respiré hondo y asentí, aunque mi mente seguía llena de preguntas. Por ahora, me conformaría con el alivio de tenerlo de vuelta, aunque sabía que este no sería el final de nuestra conversación.
***
Punto de Vista Dmitri
La puerta de mi despacho estaba entreabierta, y al entrar, me encontré con el espacio tal como lo había dejado: una mesa de madera oscura cubierta de documentos y mapas, una estantería con libros de estrategia y cajas de expedientes apiladas en una esquina. Todo cabía en tres cajas, las cajas que hace menos de una semana habían llegado a este lugar y esperaba convencer al equipo de volvernos a ir a una nueva base. Había una cafetera en el rincón derecho, junto a un pequeño frigobar que siempre estaba lleno de agua y algo de comida rápida.
Dejé mi chaqueta sobre el respaldo de la silla y encendí la lámpara de escritorio, iluminando el mapa de Moscú que había estado estudiando durante la semana. Cada marca roja representaba un punto de interés, lugares que podrían estar relacionados con Nikolai. Pero por más que intentara concentrarme, mi mente seguía regresando a la imagen de Rose lanzándose sobre mí y abrazándome, luego su mirada enfadada y como poco después se encerró en su oficina dando un portazo al final.
La preocupación que había sentido en su voz durante los últimos días no era algo que pudiera ignorar. Su determinación de enfrentarse a Nikolai era admirable, pero también aterradora. Sabía lo que estaba en juego y la idea de que algo pudiera pasarle me mantenía despierto por las noches.
Un golpe suave en la puerta interrumpió mis pensamientos. Levanté la vista para encontrar a Sergei en el umbral, con su característica expresión estoica.
—¿Tienes un momento? —preguntó, entrando antes de que pudiera responder.
—Siempre, Sergei. ¿Qué pasa? —me apoyé contra el respaldo de mi silla, cruzando los brazos mientras él tomaba asiento frente a mí.
—Hay algo de lo que necesitas enterarte —comenzó, su voz tan medida como siempre, pero con un matiz de gravedad que captó mi atención de inmediato. —Tiene que ver con Rose y con la caja que llegó mientras estabas fuera.
Fruncí el ceño, inclinándome hacia adelante.
—Joder, olvidé por completo lo que me habías comentado de la caja, ¿qué había allí adentro?
Sergei suspiró y sacó un paquete de su chaqueta. Dentro había una pila de fotos y dos notas que ya había visto antes. Me las pasó sin decir una palabra, dejando que las revisara por mí mismo.
La primera nota era breve, pero cargada de significado
«Pequeña»
Mi corazón se apretó al instante al reconocer el apodo que Nikolai solía usar para Rose. Pasé a las fotos, cada una de ellas eran perturbadoras, saber que él había estado observando me daba escalofríos. Había imágenes de Rose y de mí, tomadas la tarde de ayer en el café. En una de ellas, mi mano descansaba sobre la de Rose, y en otra, mi dedo tocaba sus labios en un gesto que en ese momento me había provocado tomar su rostro y pegar mis labios a esos labios tan suaves y rosados y me jodía saber que él siempre estuvo mirando un momento en el que pudimos haber dicho más, pero el hecho de que él exista jode todo.
Nikolai Volkov era la peor escoria que pudo haber pasado por la vida de Rose y me molestaba tanto saber que una mujer tan hermosa y valiente como ella viviera con miedo por culpa de ese hijo de perra.
La última nota era la más inquietante
«Siempre serás mía»
Las palabras parecían retumbar en mi mente, una promesa y una amenaza que no podía ignorar.
Poco me importó la manera en la que yo estaba reflejado en esas fotos, pero lo que más me había molestado era leer esas palabras, arrugué la nota con bastante molestía y miré a Sergei.
—Esto es una declaración de guerra —dije finalmente, dejando las fotos sobre la mesa y mirando a Sergei. —Nikolai sabe exactamente lo que está haciendo.
—Era el maldito Boss de toda Rusia, claro que lo sabe. Y también sabe cómo manipular —respondió Sergei. —Pero eso no es todo. Hay algo más que necesitas saber sobre cómo reaccionó Rose.
Lo miré fijamente, sintiendo que mi corazón comenzaba a latir más rápido.
—¿Qué pasó?
Sergei hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. Finalmente, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
—No durmió en toda la noche, Dmitri —dijo, su voz más baja ahora. —Estuvo aquí, sentada en la sala, esperando noticias tuyas. Intentamos convencerla de que descansara, pero no quiso. Estaba demasiado preocupada por ti. Y creí que saldría directo a la calle a buscarte. Estaba desesperado al no tener noticias de ti.
Sentí un nudo formándose en mi garganta mientras escuchaba. La idea de que Rose hubiera pasado la noche en vela por mí era algo que nunca habría esperado, pero también algo que no podía ignorar.
—También dijo algo que creo que deberías saber —continuó Sergei, mirando directamente a mis ojos. —Mencionó que Nikolai te había amenazado porque sabe lo que significas para ella.
Por un momento, el mundo pareció detenerse. Las palabras de Sergei resonaban en mi mente con una claridad que casi dolía. ¿Era posible que Rose sintiera algo por mí, algo que iba más allá de ser compañeros de equipo y amigos? ¿Después de haberle confesado ayer lo que sentía por ella?
—¿Estás seguro de que dijo eso? —pregunté sintiendome idiota por un momento al estar llenó de esperanza.
Sergei asintió.
—Lo dijo claramente. Y por la manera en que hablaba, no tengo dudas de que lo decía en serio.
Apoyé la cabeza entre las manos, tratando de procesar todo lo que había escuchado. Una parte de mí quería saltar de alegría, pero otra sabía que esta situación era demasiado complicada como para dejarme llevar por la emoción.
—Dmitri — dijo Sergei, su voz sacándome de mis pensamientos. —No sé cuál sea tu plan, pero te sugiero que hables con ella. Esto no es algo que debas ignorar.
Lo miré y asentí lentamente. Sabía que tenía razón. Si lo que Sergei decía era cierto, entonces tenía que enfrentar esta situación con la misma determinación con la que enfrentaba todo lo demás. Pero también sabía que necesitaba tiempo para pensar, para entender cómo manejar esto sin poner en peligro a Rose o al equipo.
Sergei se levantó, dejando las fotos y las notas sobre la mesa.
—Tómate tu tiempo, pero no demasiado, porque él está más cerca de hacer su primer movimiento de lo que creemos —dijo antes de salir de la oficina, dejándome solo con mis pensamientos.
Me quedé mirando las fotos durante lo que parecieron horas, sintiendo una mezcla de ira, miedo y algo que no podía identificar del todo. Finalmente, me levanté y guardé las notas en un cajón bajo llave. Si Nikolai quería jugar, tendría que estar listo para enfrentarme a mí primero.
Pero más que eso, ahora sabía que tenía una razón más para luchar: proteger a Rose, no solo de Nikolai, sino de cualquier amenaza que se interpusiera en su camino. Y esta vez, no iba a fallar.