POV Natalia
Llegamos a la discoteca y nos bajamos del taxi en el que venimos como autosardinas.
Mientras Jorge y Gil pagan, nosotras nos acercamos a la larga fila de gente que espera para entrar.
En cuanto se acercan los chavos, Gil no pierde el tiempo y me abraza. Pero Karla como buena amiga que es; a veces, se mete en medio de nosotros enganchando su brazo con el mío.
—Dijo Ricardo que iba con Edgar a ver si había oportunidad de que viniera —me dice en secreto para que no escuchen las demás.
Pero dudo que nos presten atención porque están platicando entre ellas, mientras Jorge se besa con su novia.
—¿Y crees que venga? ―pregunto esperanzada.
—No sé —responde encogiéndose de hombros.
La música suena tan fuerte haciendo vibrar el piso. Se escucha tronar el cielo, y rogamos porque el de seguridad se dé prisa y nos deje entrar, antes de que nos caiga el aguacero.
—Conste que vengo nada más por ustedes, si no, ni venía —dice Alicia acercándose a nosotras.
—Pues yo muchas ganas no tenía, eh —aclaro parándome de puntitas, tratando de ver algo por encima de las cabezas que están delante de nosotras.
—Nada más no las tomen en cuenta y ya —dice Karla volteando a su alrededor, y se acerca a nosotras para secretear—. Al rato van a estar tan borrachas que van a andar de putas, y ni se van a acordar con quien vienen. Al rato se pierden.
—Buen punto, señorita —coincide Alicia, y nos carcajeamos sin prestarles atención a las Mendoza.
Después de media hora escuchando las anécdotas de Alicia, sobre los pleitos entre su tía y su mamá, nos dejan entrar.
Apenas está ambientándose porque hay pocas personas bailando. De las que van entrando, una parte se va directamente a la barra por bebidas. Algunas chicas como buenas vanidosas que son, se van al baño.
No entiendo a qué van, si al final de la noche van a salir de aquí peor de como vienen, y completamente borrachas como para acordarse de eso.
Seguimos a las Mendoza que escogen un par de mesas en el rincón, porque las que están cerca de la pista ya están ocupadas. Entre Gaby y la novia de Jorge, acercan dos mesas juntándolas para sentarnos todos ahí.
Jorge y Gil se van a la barra por cerveza, y nosotras nos acomodamos en las sillas. Gaby se va con un chavo que se le acerca; deben conocerse porque se saludaron como si nada. Lucy habla de algo con la novia de Jorge, pero la chica nada más le dice que sí, fingiendo que le interesa lo que le dice. Alicia entrecierra los ojos concentrándose para ver si puede descifrar lo que dicen, pero creo que no tiene suerte.
—Ahora sí, Natalia. ¿Qué pasó con Abel? —me pregunta Karla por encima de la música, cerca de mi oído.
Y parece que Alicia tuviera oído biónico, porque se acerca de inmediato a nosotras para escuchar el chisme, o simplemente la mensa de Karla gritó mucho. Creo que fue lo segundo o de lo contrario, estuviera más entretenida con la otra conversación.
—Se puso de roñoso criticando a Edgar. ¿Qué carajo le pasa?, ni que él fuera perfecto —digo con desdén.
—Pues si no se cargara ese carácter sí lo sería ―asegura Karla.
―¿Ves? ―interrumpe Alicia―, te digo… nada más porque el chico no te toma en cuenta, Karla. Si no, ya te lo anduvieras comiendo.
Su comentario me incomoda. Sí, son celos.
―Ganas no me faltan, pero ese papacito nomás tiene ojos para esta mensa ―dice señalándome con la mirada, cruzándose de piernas.
―¿Mensa por qué? ―pregunto rodando los ojos.
―Porque el muñeco ya te dijo que le gustas, y tú te haces del rogar.
―¡¿Por qué no me habías contado nada?! ―cuestiona Alicia sorprendida.
―Porque eso fue ayer.
―Aaaah. Pero ayer te fuiste con Edgar y ya no regresaste ―dice como procesando todo ese asunto―. ¿Y qué pasa con Edgar?
―Pues nada, estuvimos platicando un buen rato hasta que doña inoportuna llegó ―señalo entrecerrando los ojos en dirección a Karla, ella solo se ríe.
―Perdóóóón ―dice con ironía―. Yo quería pasar el rato con ustedes, pero pues no sabía que iban a estar en cositas más íntimas.
―¡¿Estaban haciendo cosas en la calle?!―Vuelve a sorprenderse Alicia.
―¡No! Y tú Karla, no digas tonterías.
―A ver, pues pónganme al día ―pide Alicia casi suplicando.
―Pues no hay mucho que contar, Abel se me declaró. La pasé genial con Edgar hasta que nos interrumpieron ―Vuelvo a mirar a Karla―. Y pues Abel se puso medio loco por lo de Edgar. Por eso digo que ni que fuera perfecto.
―Y yo repito que, de no ser por su carácter lo sería ―reitera Karla.
—Pero no lo es. Además, mis papás se enojaron porque me peleé con él, y no quieren que me acerque a Edgar.
—¿Y Abel no te mueve ni un poquito, amiga? —cuestiona Alicia.
—No lo sé, me dejó pensando para ser sincera.
—Con él tus papás no te pondrían peros.
—Pues no, pero todos están jodidos, Alicia. No son nadie para decidir por mí.
—Y tus hermanos también, supongo.
—Iván, pues ya saben que es el que más me jode. Pero no quiero hablar de eso ahorita —corto para cambiar el tema.
Ambas entienden, se miran entre ellas y se encojen de hombros. Como dejando de lado esa plática por el momento. ¡Gracias!
Jorge y Gil se acercan a las mesas con botellas, y todos agarran una; excepto la novia de Jorge y yo, porque no me gusta. Gil se sienta a un lado mío, y pasa su brazo por mis hombros recargándolo en el borde del respaldo de mi silla y se acerca a mi oído.
—¿Vamos a bailar o qué, chiquibaby?
—No te pases, ni hay gente bailando —respondo con indiferencia—, no me voy a acercar ahí hasta que se llene.
—Gil, ¿bailamos? —propone Lucy interrumpiéndonos, él se encoge de hombros restándole importancia, y se levanta a la par que ella.
Sé que lo hizo con intención de que yo me molestara, pero la verdad, es que me hace un favor.
El problema es Gil, anda detrás de mí desde que tuvimos sexo una vez. Sí, admito que perdí mi virginidad con él, pero no porque fuera especial.
Lo hice porque decían que la primera vez era muy dolorosa; y vaya que sí lo es. Estuve adolorida por casi una semana, así que no me arrepiento, porque cuando vuelva a tener sexo no me preocuparé por el dolor, y voy a disfrutarlo. Lo que sí no quiero, es que sea otra vez con él.
Admito también, que más de una vez nos hemos dado nuestros breves encuentros, pero nada más. Solo es atracción. Lucy influyó mucho en eso porque, ella empezó a emparejarnos para ver si Gil la volteaba a ver, y le salió mal la jugada. Es que es demasiado estúpido que, si alguien te gusta lo emparejes con otra para ver si reacciona y te voltea a ver. Lucy la pendeja, le dicen.
Veo como ella se desplaza en la pista, pidiéndole casi a gritos con ese bailecito que le quite la ropa; no tan literalmente obvio. Le baila tan cerca que lo agarra de las manos para que le agarre el trasero, y Gil como es hombre; y de los calenturientos, obvio que disfruta el manoseo.
—Mira quien viene ahí —me advierte Karla dándole un trago a la botella.
Volteo esperanzada de que sea Edgar, pero solamente es Matías en compañía de otro chico. Jorge le hace señas para llamar su atención, y ambos caminan en dirección a nuestra mesa.
Se sientan a un lado de él y su novia. Nos presentan al chico que lo acompaña; se llama Hugo. Lo saludamos de lejitos, pero Alicia que está sentada a un lado de él, le empieza a hacer preguntas. Que Matías le caiga mal, no le impidió que su amigo le agradara.
Más parejas siguen metiéndose a la pista. Se empieza a armar un lío cuando tocan payaso de rodeo de caballo dorado. Esa canción nunca falta en las discotecas porque es un clásico que se tiene que bailar aquí en el norte. Incluye: bodas, quinceañeras y cualquier otra fiesta. Karla que es buena bailadora, ni siquiera se espera a que llegue Ricardo y se levanta en cuanto suena.
Ella me cuestionó un montón de cosas, pero yo ni tuve oportunidad de preguntarle qué se trae con Ricardo, porque le tira a todo lo que se mueve cuando no está con él.
—¡Vamos, Natalia! —me grita ansiosa.
Vemos que Jorge se levanta con su novia, y el amigo de Matías invita a Alicia.
—No, yo paso —le digo entre señas, y se resigna.
Y sin más ni menos, corre a la pista uniéndose al baile sincronizado.
Matías se levanta de la mesa, y suponiendo que se va, suspiro aliviada.
Él me gustó en la secundaria. Es amigo de Luis, pero teníamos una regla. Ni yo con sus amigos, ni él con mis amigas.
Traté de tenerlo como un secreto el que me gustara, pero un día alguien del salón nos escuchó a Karla y a mí hablar de él. El chisme se corrió más rápido que nada. Se lo dijeron a él, y creo que eso alimentó su ego. Entonces Adri y Eli; otras dos amigas de la secu, cuando nos lo topábamos en los pasillos lanzaban indirectas, y los demás chicos de su grupo también. Obvio que, cuando Luis no estaba con ellos, y pues Matías se hacía el que no le interesaba.
Ellos se iban, pero yo me quedaba con mis amigas tratando de esconder y disimular la humillación adolescente del rechazo indirecto; bueno, ni tan indirecto. Luis lo ignoraba, y pienso que fue a propósito porque le comenzó a gustar Karla. Esa regla la establecimos en la secundaria, así que ella no era una excepción y en ese caso excluí a Edgar, además de que a mi favor no solo era amigo de ellos, sino mío también.
Me da risa ver como se golpean entre sí bailando como chivas locas, porque al principio coordinan con el baile, pero a la mitad se sale de control y parecen gallinas alborotadas. Me parto de risa. El DJ; que por cierto es mi primo, alarga la pieza porque me imagino que le sucede lo mismo y está cagándose de la risa. Volteo inmediatamente cuando alguien se sienta a mi lado; es Matías. Lo miro esfumando mi risa, junto con el espectáculo.
—¿Por qué no quisiste bailar? —pregunta en voz alta dándole un trago a la botella que lleva en la mano sin dejar de verme.
Es guapo, no lo niego. Lo que más me gustó de él fueron sus ojos, porque los tiene negros, así bien intensos, y una mirada penetrante e imponente, no sé, tiene ojos bonitos.
—Porque haría el ridículo muy temprano —contesto de la misma forma volviendo la vista a los bailarines aficionados.
—A eso se viene a la disco, ¿no?
—Si voy a hacer el ridículo, que sea borracha —Lo cual no va a pasar porque no me gusta la cerveza. Me ofrece de su botella, y niego con la cabeza—. No, gracias.
Se ríe.
—Y Luis, ¿qué?, ¿cómo está? ―pregunta, obviamente sacando tema de conversación.
—No lo sé―respondo encogiéndome de hombros.
—Viven juntos, ¿no?
—Sí, pero no estoy al pendiente de él.
—¿Quieres algo de la barra? —pregunta acercándose más a mí.
—No, gracias.
—¿Segura?
Asiento. Volteo a verlo cuando la pieza termina, extrañada por su insistencia. Él nunca me miró con interés en la secundaria, y ahora viene a hablarme como si nada en plan de ligue. Me saca de onda.
—Mira, no es por ser antipática, pero si quiero algo puedo ir yo misma. De todos modos, gracias.
—Está bien. No te enojes, solo trato de llevarla bien.
—Ah
Sí, claro. Con un buen manoseo; como si no supiera.
—Te ves bien… —dice interrumpiéndose a sí mismo, dejando las últimas palabras en el aire.
Descarado. Ni siquiera disimula que está viendo mis piernas. Se muerde el labio inferior con la mirada deseosa.
—Gracias —le digo sin estar segura de si me escuchó o no.
Entonces se acerca mucho más, volteo encontrándome su cara muy cerca de la mía.
—Eres muy bonita, Natalia —Este tipo de verdad que me confunde―. Pero nunca te lo dije porque luego Luis se podía enojar.
Me empieza a poner nerviosa.
—¿Le tienes miedo a mi hermano? —cuestiono sonriendo incrédula tratando de disimular los nervios.
Toca un mechón de mi cabello atrapándolo entre sus dedos mientras me habla.
—No exactamente, pero una vez mencionó de un trato que tenían entre ustedes y no quería problemas con él.
—¿Qué me estás diciendo exactamente? —pregunto arqueando una ceja.
—Que me gustabas mucho en la secundaria ―dice jugando con el mechón.
Si me lo hubiera dicho en ese entonces, probablemente Gil no habría sido el primero. Pero se le fue el tren, y como dije en las palapas, perdió su oportunidad. Se hizo de rogar.
—Juraba que no porque siempre me ignorabas.
—Por Luis.
—Ya. Qué cosas, ¿no? —digo tratando de ponerle fin a la conversación.
En serio, qué flojera.
—Pues sí. Pero Luis no está aquí, y ya no estamos en la secundaria ―insinúa deslizando los dedos hasta la punta de mi cabello.
—Exacto. Somos más consientes en quienes nos fijamos, ¿cierto? —puntualizo haciéndome la desentendida, porque se hacía dónde quiere llegar, y ahora es él quien alimenta mi ego.
—Así es. Y no hay pretextos. ¿Quieres bailar? —pregunta en cuanto suena on the floor de JLo.
Y por este tipo de música es que nos gusta venir a Tornado, porque ponen desde viejitas hasta nuevas, y otras no tan viejas ni tan nuevas. El chiste es ambientar el lugar con todo tipo de música, eso me ha dicho mi primo Fran.
Lo pienso por unos momentos, y creo que no será tan malo. Solo bailaremos. Me encojo de hombros y me levanto.
—Bueno.
Él me sigue por la pista mientras me abro paso. Comienzo a bailar, pero a mitad de canción Matías me hace retroceder alejándonos de la multitud. Trato de regresar, pero con tanta gente bailando no se puede. Entre empujones y caderazos, terminamos al otro lado de la pista y la canción cambia.
Después de unas tres canciones, me acerco a él manteniendo una distancia considerable.
—¡Vamos a la mesa! —le digo alzando la voz.
Finge no escuchar, así que se acerca más a mí.
—¡¿Qué?! —grita agarrándome la mano para alejarme de la multitud, y caminamos hacia el pasillo donde están los baños.
—Voy a la mesa —le repito sin gritar, ya que donde estamos se amortigua un poco el ruido.
—¿Tan rápido te vas? —pregunta acortando la distancia. Retrocedo hasta quedar contra la pared donde recarga una de sus manos pasándola por un lado de mi cara, y la otra en mi cintura—. ¿No quieres aprovechar la oportunidad?
Sé a lo que se refiere, y no. Definitivamente no.
—No —anuncio poniendo mi mano en su pecho para que no se acerque más.
Sin importarle la pequeña barrera que pongo entre nosotros, se acerca para hablarme al oído.
―¿Segura?
―¿No se nota? ―le respondo.
En cuestión de segundos, tengo sus labios aproximándose a mi cuello tratando de besarme, pero logro apartarlo de un empujón zafándome de él.
Camino alejándome sin voltear. Me abro paso por la orilla de la pista rodeando para llegar a donde nos habíamos sentado. Pero no me detengo ahí, me acerco a la barra pidiendo un vaso de vodka con licor de melón, y me siento en uno de los taburetes esperando mi bebida.
¿Qué le pasa a ese idiota?, solo era bailar y el imbécil ya me quería meter mano. Pero no es el único, porque se acerca Gil sentándose a un lado mío.
—¿A dónde te fuiste?, te estaba buscando —dice alzando la voz cerca de mi oído.
—Estaba bailando, pero me empujaron al otro lado de la pista. ¿Qué querías?
—Que bailáramos.
—Estabas con Lucy.
El barman me da el vaso que pedí, le pago y doy un trago.
—Ah, carajo, ¿estás celosa? —inquiere.
Ruedo los ojos y volteo a verlo. Tiene una estúpida sonrisa, como si eso fuera verdad.
—Para nada. No alucines.
—No lo hago, pero sí pareces celosa —Le pide una cerveza al barman.
—No. No tengo nada que envidiarle. Em cambio, ella…
Sé que sueno ególatra, pero sí de compararnos se trata, ella pierde.
—En eso te doy la razón —dice volteándose de espaldas a la barra, recargándose en ella.
Con una mano agarra la botella, y con la otra toca ligeramente mi pierna. Lo miro y se la quitó al tiempo que le doy un trago a mi vaso.
—No es por ser mala onda Gil, pero ya te besó el diablo —lo rechazo burlándome, y me bajo del taburete con el vaso en mi mano.
Él se incorpora dejando la botella sobre la barra, y se para frente a mí con ambas manos a mis costados sobre la barra.
—¿Apoco no quieres repetir esa vez? —dice acercándose más a mí.
En serio que venir a estos lugares es un pase perfecto para estos cabrones. Aprovechan que la música está fuerte, o cualquier otra cosa para acercarse con afán de dar arrimones, o agasajarse con el manoseo.
Carajo, me roban oxígeno.
—Obvio que no. Lo hicimos una vez y ya, no te traumes.
—Fue tu primera vez, no lo hiciste nada más porque sí. Si me dejas, te juro que no volteo a ver a nadie más.
—No gracias. Puedes voltear a ver a todas las que quieras.
—Aunque sea algo rápido, chiquibaby. ¿Por qué no quieres repetir? Nada más me hiciste probar y eso no se hace —Voltea a su alrededor, y disimuladamente roza su m*****o en mi pierna; sí, lo tiene duro, ¿pero eso a mí qué?—. Mira cómo me pones.
—Ya te dije que no. Y para que no andes con tentaciones, ya no habrá fajes tampoco. Si muchas ganas tienes pídeselo a Lucy, te aseguro que sí te lo da —Le sonrío orgullosa de mí, y lo empujo un poco haciéndolo a un lado.
—¡Pero ella no tiene ningún chiste! ¡Así no me gustan! —dice gritando, pero me alejo bailando Blurred Lines de Robin Ticke.
—¡También está Alicia, y a ella le sobra de todo! —grito girándome hacía él, caminando de reversa sin dejar de bailar encogiéndome de hombros. Después le doy la espalda, y camino de frente sin dejar de moverme al ritmo.
Está pendejo, si bien que la estaba manoseando.
Cuando me acerco a la mesa, sonrío contenta porque Edgar está sentado con Ricardo y Karla. Voltean a verme, ya que ella les advierte señalándome con el dedo.