Malentendido

3794 Palabras
POV Edgar Llegamos buscando a las chicas, pero no se ven señales de ellas. Supongo que nos va a tocar estar con ojo de halcón entre toda la gente que hay. ―Edgar, ¿quieres algo? ―pregunta Ricardo levantando la voz, haciendo una seña con la cabeza en dirección a la barra. ―Paso ―respondo sin despegar la vista de la multitud esperando encontrarme a Natalia. ―Vamos a buscarlas entonces, vente ―indica, y camino detrás de él. Rodeamos la pista, pero no están a la vista así que nos detenemos en una mesa vacía. Veo por un instante a Lucy acercándose a una mesa que está al otro extremo de donde estamos recargados. ―Creo que están allá ―aviso codeándolo. Voltea a verme y señalo con la barbilla en esa dirección. Vemos a Karla saliendo de la pista acercándose a Lucy. Algo le dice, y la Mendoza se va. Karla, al ver que nos acercamos, se lanza a los brazos de mi amigo. —¿Con quién bailabas? —Le escucho preguntar mientras nos sentamos. Hay botellas de cerveza y vasos sobre la mesa. —Con Alicia y su amigo ―contesta agitada haciéndose aire con las manos―. Hola, Edgar. —Hey, ¿y Natalia? ―pregunto buscándola con la mirada. —Se había quedado aquí con Matías―responde haciendo lo mismo que yo. —¿Quién es ese tipo? —inquiero. —Pues, es un chico que conocemos de la secundaria. A ella le gustaba, así que si no te pones listo, te la ganan ―responde mientras le da un trago a una botella. ―No te pases, mami ―reclama quitándole la botella para posteriormente mirar en su interior cerrando un ojo—. ¿Qué tal si le echaron algo a esta bebida? Esbozo una sonrisa. Pasó de ser su bebé, a su mami. El comentario referido a las drogas me hace sentir incómodo. Sé que no lo dijo con la intención de molestar, pero igual se sintió feo. ―No le echaron nada ―asegura, pero está claro que ella ya no anda en sus cinco sentidos―. Mira, ahí viene por quien lloras. Señala con el dedo en dirección a mi espalda. Volteo hacia donde señala para encontrarme con Natalia. Está jodidamente hermosa. No me llegó a pasar por la cabeza que ella hubiera crecido tanto. Es toda una mujer, ¡y que mujer! Luce inocentemente provocativa. Algunos tipos voltean a verla, pero ella no se da cuenta o simplemente los ignora. Solamente se da prisa por llegar a nosotros. —¡Edgar! ―exclama dejando el vaso que trae en la mano sobre la mesa, y enseguida me abraza. Y yo por supuesto, no la dejo con los brazos al aire. ―Bueno, nosotros vamos a bailar un rato —anuncia Ricardo llevándose a su amigovia de la mano, directo a la pista. Natalia no les toma importancia. Me mira con esa sonrisa que no solamente me apendeja con facilidad. Me vuelve loco subiéndome los colores a la cabeza. No me suelta, ni yo a ella. —Me dijeron que ibas a estar aquí —le digo acercándome a su oído. Ella se estremece, y se pega más a mí. —Sí. Sabía que ibas a venir, y te estuve esperando. —¿Cómo supiste? ―pregunto, y ella se incorpora un poco. ―Soy adivina. A pesar del escándalo, logro escucharla; aunque muy bajo. Igual me concentro en sus labios y puedo entender lo que me dice. ―¿Ah sí? ―pregunto siguiéndole el juego. ―¿Lo dudas? ―Un poco ­―digo haciéndola sonrojar. ―Bueno, me lo dijo un pajarito ―murmura pegándose otra vez a mí hundiendo su rostro en mi hombro. Niego con la cabeza sonriendo. Se me eriza la piel al sentir su respiración. Después de unos segundos, ella se separa acomodándose la falda de su vestido, y pasándose el cabello por un costado de su cuello. ―Hoy conocí a Abi ―digo cambiando la tensión del ambiente. Y evidentemente para que no note tanto el hecho de que me quedo como pendejo viéndola, completamente idiotizado. Pero, ¿cómo no quedarse idiotizado con ella? —Ella es genial, ¿verdad que sí? ―¡Alivianadísima! ―Lo sé. Es la onda esa Abi ―dice comenzándose a mover con el ritmo de la música. —¿Dónde estabas? ―pregunto sin sonar molesto, porque solo de pensar que haya estado con uno de esos dos tipos, me enoja. —Fui a la barra por un vaso de vodka, la cerveza no me gusta ―responde mientras agarra el vaso. Le da un largo trago hasta terminárselo, y lo deja sobre la mesa nuevamente. No sabía que ella probara siquiera el alcohol, obviamente no sé mucho de ella. Hablo de la Natalia de ahora. —¿Quiénes vinieron? —inquiero con curiosidad en general para saber si Abel está aquí. Porque si es así, no estoy como para meterme en problemas ahorita. No quiero arruinarle a ella la noche. Es obvio que se la está pasando genial. —Gaby, Lucy ―dice contando con los dedos de su mano―, su hermano y su novia, Gil el amigo de Jorge, Alicia, y dos chicos que estaban con nosotros en la secundaria —dice sin darle mucha importancia, lo cual es bueno para mí. No conozco bien al tal Gil ni las intenciones que tiene con ella. El tal Matías, menos. Pero mientras este conmigo, no me importan esos dos, y que no mencionara a Abel me deja más tranquilo. ―Ven ―Toma de mi mano y la sigo hasta la barra sin soltarla. Pide más de la misma bebida, y se sienta sobre un taburete. Yo me quedo a un lado de ella recargándome de espaldas al barman. Le da un largo trago al vaso en cuanto se lo entregan mientras le paga al barman. —¿Qué tanto has tomado? ―inquiero al ver que se le sonrojan las mejillas. —Es el segundo, y tiene licor de melón. —¿Segura?, luego no vayas a tener problemas en tu casa. ―¿Recuerdas aquel dicho: es mejor pedir perdón que pedir permiso? ―Sí, ¿por qué? —Saca su celular del pequeño bolso que trae cruzado desde el hombro, y me lo enseña. En la pantalla hay varias llamadas perdidas que dicen Bobo uno, pero ella no se molesta en regresar las llamadas, y lo guarda. —Me castigaron ―dice simulando comillas con los dedos índice y medio de cada mano—. Me salí a escondidas. Es obvio que Iván ya notó mi ausencia; es el Bobo uno, Luis es el dos. Pero quiero divertirme, y eso implica unos tragos para relajarme. —¿Por qué te castigaron? ―Le da un trago más al vaso. —Por culpa de Abel. Porque así son mis papás, y porque en esa casa todos tienen la razón, excepto yo. No quiero hablar de ellos —dice casi a forma de súplica juntando las cejas, y asiento. Si lo dice, es porque así es y no le preguntaré más por el momento. —Abi y Javier me regalaron un celular ―le cuento para cambiar la conversación. —¿En serio? —Asiento―. Ya vas a estar comunicado entonces. ―Javier me dio tu número. —¿Y porque no me enviaste un mensaje? ―reclama dándome una palmada en el hombro. —No lo sé, quería ver cómo moverle primero y eso. —Bueno, espero que me mandes mensajes —dice mirando a su alrededor. —Tenlo por seguro. —Vamos a bailar —propone con una enorme sonrisa tomando mi mano. No puedo decirle que no. Le sonrío, y le da un último largo trago a su vaso, después lo deja sobre la barra. Se baja del taburete y camino detrás de ella adentrándonos a la pista. Yo no bailo mucho en realidad, pero lo intento por ella; resulta divertido seguirle el paso. Prácticamente, los empujones nos sacan de la pista dejándonos fuera. Aunque no somos los únicos, hay otras personas bailando cerca de nosotros. Después de varias canciones, ella se ve cansada y se detiene haciéndose aire con las manos. —¿Ya te cansaste? —le pregunto mientras pongo mis manos en jarras agitado; inhalando y exhalando aire. —¡¿Que?! —grita acercándose a mí. —¡¿Que si ya te cansaste?! —pregunto más cerca de ella alzando la voz. —No —dice sin borrar su sonrisa negando con la cabeza. —Si quieres no sentamos un rato. —No… —responde agitada, y pienso que es la oportunidad que necesito para hablar con ella. Le agarro la mano, y camino alejándonos de todos. Busco con la mirada un lugar aislado, pero no veo muchos así que caminamos por el pasillo de los baños. Vemos a Lucy en pleno faje con el tal Gil. Nat suelta una risa, y es ella la que termina guiándome al otro lado de la discoteca. Entre la entrada y la barra, hay unas escaleras y subimos. Se puede ver la pista desde aquí arriba. Solamente hay un barandal que deja ver desde las mesas que hay aquí, pero no hay mucha gente. Todos bailan abajo. Ella camina alejándose del barandal, y se recarga en una de las mesas que están al fondo. Yo me quedo parado frente a ella. —Sí me cansé un poquito —dice sin gritar porque aquí arriba no retumba tanto el ruido. —¿Por qué dijiste que no? —Porque quería que te quedaras conmigo. Me toma por sorpresa. Ella solo tiene que decir lo que quiere de mí, y no se lo negaría. —Vine aquí por ti Nat, puedo quedarme contigo sin que bailemos. —¿Enserio? ―pregunta con timidez. —Sí —aseguro. Se queda mirando hacia la pista. Quiero saber que piensa, así que se lo pregunto. ―¿En qué piensas? ―Me siento en una de las sillas, ella voltea a verme y se sienta a un lado mío. —En que creía que no ibas a venir. —Yo también, pero se pudo y aquí estoy. Sonríe dejándome apendejado por unos segundos. ―Casi no hay gente aquí arriba —dice volteando a su alrededor para disimular que está nerviosa. ―Están bailando —Asiente sin mirarme. Volteo a ver percatándome de que hay varias parejas en pleno romance a nuestro alrededor; no todas, pero si al menos unas cinco. Recargo mi codo sobre la mesa, y me acerco a ella para que me escuche sin tener que gritarle o alzar la voz. —Te ves hermosa. —¿Tú crees? —Se gira hacía mí. —No. Estoy seguro. Y todos los tipos que se te quedan viendo lo han notado también. Es la verdad, aunque me pese decirlo. Admitirlo está más cabrón, pero ¿que esperaba si tiene todo para llamar la atención? —Edgar... —Se sonroja. —Dime. —Me importa que nada más tú lo notes, no los demás. Ok. No me esperaba eso, y para ser honesto se siente genial escucharlo. —Sería imposible no notarlo. ―Edgar, ¿yo te gusto? ―pregunta agarrándome en curva. Justo ahora no sé si confesarle lo que siento porque está un poco subida de tono con lo que se tomó; y no se ve que tolere mucho el alcohol. No quiero aprovecharme de la situación. ―¿Por qué me lo preguntas? Eres muy bonita, Natalia. A cualquier tipo le puedes gustar. ―Sí, pero no quiero saber a cuáles tipos ―enfatiza―, les gusto. Quiero saber si te gusto a ti en especial. Para mí, tú no eres cualquier tipo. ―Ya no somos niños, Nat. Soy un hombre, y tu una mujer muy hermosa. Sería estúpido decirte que no. Sería una gran mentira. Estoy diciendo puras idioteces y nada concreto. Ella me mira apagando su sonrisa con tanto rodeo que doy. —Eres mi mejor amiga —continúo—, eso lo sabes. O sea… como hombre pues sí, me incluyo. Pero como amiga, sabes que te respeto más que a nadie… ―Edgar ―interrumpe desanimada―, ya te entendí. ―No es eso, Nat ―me excuso, o eso trato de hacer. Ella pierde la mirada otra vez en la pista. Sí quiero decirle que me gusta como mujer y que no solamente la veo como una amiga. Quiero confesarle que, desde niño siento más que cariño por ella. Quisiera besarla para demostrárselo, pero está tomada. Fue directa con su pregunta, y puede que el alcohol le haya dado ese valor, aunque no lo necesita porque ella podría decirme siempre con total libertad lo que piensa, lo que quiere, lo que siente. Pero no así. Sí, para otros puedo verme como un pendejo, un tipo al que le da miedo para hablar. Pero la verdad es que no. No sé… Natalia vale demasiado para mí. Yo estoy en mis cinco sentidos para decirle eso y todo lo que me he guardado por años, pero ella no. ―Natalia ―Voltea a verme con una sonrisa apagada, y la mirada triste. No se sí por no responderle como ella quería, o por los efectos del alcohol; puede que sean ambas cosas―. No me malentiendas. ―No te preocupes, solo era curiosidad ―Ahora finge una sonrisa―. Perdón si te incomodé. ―¡No! No, no, no, no para nada. No fue así ―aclaro―, es solo que… ―En serio ―interrumpe otra vez―. Ya déjalo. Ella vuelve a desviar la mirada. No quiero que se quede con la impresión de que no quise realmente contestarle. Se voltea pasando disimuladamente una mano por su mejilla. ¡Puta madre! ¿Es que no puedo hacer nada bien? ―Hey ―le hablo, pero ella no responde―. Natalia. Voltea sorbiendo su nariz forzándose a sonreír, y toco su mano acercándome más a ella. Con mi otra mano, acaricio su mejilla secando una lagrima que se escapa sin poderla contener. Me mira con tristeza. Sé que no está bien lo que haré y que me contradigo, pero no me gusta verla así. Mañana podremos hablarlo mejor, pero si por ahora lo quiere o lo necesita, no se lo negaré porque yo también lo necesito. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Me acerco acortando la distancia, ella se queda paralizada y no pienso dar marcha atrás. Pego mi frente con la suya, y llevo mi otra mano a su nuca mientras deslizo la otra desde su mejilla hasta la cintura. La detengo a un costado de su cadera. Ella coloca las palmas de sus manos abiertas sobre mi pecho y dejo de pensarlo tanto. ¡Carajo! Nuestros labios se pegan como si fueran atraídos por inercia, como si se tratara de imanes. Son cálidos, suaves, y deliciosos con ese ligero sabor a licor. Nunca, en todas las veces que me imagine como sería besarla, se compara ni le hace justicia a como es en realidad. Se deja llevar los primeros segundos que, para mí avanzan lentamente y no puedo negarme a disfrutarlos. Sus manos ascienden hacía mi nuca, y mi otra mano se desliza para encontrarse con el otro costado de su cadera. El beso pasa de ser tierno, a un poco más intenso. Sus labios se abren invitándome a explorar su boca con mi lengua; y por supuesto que le regreso la invitación. Por un instante el beso que se intensificó hace unos momentos, baja de intensidad y lentamente con suavidad. Ella muerde mi labio inferior pegándose más a mí provocando que, por instinto suba mis manos a su cintura, posándolas en su espalda baja para después deslizarlas suavemente más abajo; un poco más de lo permitido en realidad. Como si fuera en cámara lenta, acaricio disfrutando la sensación del roce de mis dedos sobre la tela que cubre su piel. Esa piel que desearía sentir directamente. Su respiración se agita con mi tacto al igual que la mía. Me tiemblan las manos y a ella el cuerpo. Siento que sudo, la cabeza me hierve, y esa intensidad llega hasta abajo poniéndome duro; aunque trato de disimular, es obvio que ella lo nota. Se incorpora un poco buscando mi mirada. Solo fue un beso lo que nos ha dejado sin aliento, ¿cómo será si fuéramos más allá de eso? ¡Por Dios! Que cosas pienso… su mirada hace que la sangre me viaje por cada arteria a una velocidad increíble haciéndome sentir un subidón. Se siente genial. El beso que esperé por años, es sin duda una especie de elixir para mí. Sí, lo he descubierto. Después de este beso sé que necesitaré mi ración diaria de ellos. Declaro la inauguración de mi nuevo vicio, y me gusta. Sus pupilas están dilatadas, me sonríe con esa misma soltura de hace rato, cuando me recibió con un abrazo. ―Nat, no quiero que pienses algo que no es ―me explico, o eso intento―. Me gustaría que aclaráramos mañana con más calma esto que acaba de pasar. Se le borra la sonrisa. ¡Mierda!, ¿qué está pasando? Se echa hacía atrás quitando todo contacto entre mis manos y su cuerpo. ¡No, por favor! Ahora es desesperante no tocarla. Me mira confundida con el ceño fruncido. ―¿A qué estás jugando, Edgar? ―cuestiona confundida cambiando el tono de su voz; ahora se escucha un poco molesta. ―A nada, Nat. Me preguntaste si me gustabas, y no supe cómo responderte. Esta es la mejor manera que tengo de hacerlo. ―No tenías por qué hacerlo así. ―¿Así como?, no estoy entendiendo. Y es la verdad, estoy perdido. ―Así, con un beso. Primero le das vueltas porque no sabes cómo responder… ok, lo entiendo. Me aclaras que soy tu mejor amiga y me respetas. Eso lo entiendo también. Lo que no comprendo, es ese cambio repentino. O sea, ¿me besas por lastima?, ¿porque tu respuesta no es lo que quería escuchar, y ahora te retractas para que no me sienta mal? ―¡No!, no es por eso. Sí quería hacerlo, pero no quiero que pienses que me aprovecho porque estás tomando, Natalia. ―¡No estoy borracha, Edgar! ―exclama ofendida. ¡Puta madre!―. Ni he bebido para darme valor a preguntarte. Iba a hacerlo desde ayer, pero primero Karla nos interrumpió, después Abel y ya no pude decir nada. No le des atributos al alcohol porque soy consciente y responsable de mis actos. ―No lo digo por eso Nat. Bueno, sí, un poco. Ya no sé qué digo, debería callarme. —Pues no parece. —Solamente quería que tuvieras claro que te respeto. Por encima de todo, te respeto. No pretendía que esto pasara así, igual ayer quería hablar de esto contigo, pero por los mismos motivos que ya mencionaste no lo hice. ―Ya. Me tomé algunas libertades que quizá no debí. Ya lo entendí. No hay nada más que hablar. ―Sí. Sí hay mucho que hablar. Al menos yo sí tengo mucho qué decir. Estaba esperando a hacerlo mañana, pero ya que estamos en eso… ―No hace falta, Edgar. Ya me quedó claro que sigo siendo tu mejor amiga ―recalca―, nada más. ―No quiero que malinterpretes las cosas, Nat. ―Lo sé, perdón por haberlo hecho. No volverá a pasar. ¿Cómo será que le puedo explicar, que está entendiendo todo mal? Con malinterpretarlo, me refiero a que ella piense que no me gusta cuando en realidad me muero por ella. Nos sumimos en un silencio abrumador; sin importar la música que retumba, se siente el silencio entre nosotros. Ella pasa su mano sobre su cara limpiando las lágrimas que intenta aguantar sin éxito. Se remueve un poco en su asiento, y después se pone de pie. ―Voy al baño ―anuncia con la voz entrecortada y camina sin esperarme; aun así, la sigo. Se abre paso entre la gente. Uno que otro tipo voltea a verla con morbo, y me dan ganas de partirles la cara. Camina tan aprisa que, cuando estamos abajo se mete por la pista, y se me pierde. Dijo que iba al baño así que rodeo todo el antro y me recargo en el pasillo para esperar a que salga. Pasan varias canciones y se comienza a tardar. Llevo alrededor de media hora recargado, y Nat no sale. Saco el celular buscando su número; me manda directo al buzón. Regreso la vista hacía la multitud que baila buscando no sé qué carajo, porque se supone que ella está en el baño, pero algo me hace pensar que podría estar en la pista. Veo que Ricardo y Karla se acercan. ―¿Por qué estás solo, hermano? ―pregunta mi amigo. ―Estoy esperando a Nat. Entró al baño… pero ya tiene rato. ­―¿A Natalia? ―pregunta Karla―. La acabamos de ver en la barra. ―¿Qué? ―Me saca de onda. ―Sí. Pensamos que a lo mejor te estaba esperando. ¿Qué pasó? ―Voy a buscarla ―anuncio, y me encamino. No la veo. Los chicos me dan alcance parándose atrás de mí. ―Edgar, ¿qué pasó? ―insiste Ricardo, y antes de que le pueda contestar se nos acerca Alicia. ―¿Dónde se metieron todos? ―pregunta. ―No sé ―responde Karla―, andamos buscando a Natalia. ―Ella ya se fue —anuncia despreocupada. Todos nos miramos unos a otros. ―¿Cómo que se fue? ―inquiere Karla. ―Pues a su casa, mensa. ¿A dónde más? ―¿Ella te dijo? ¿La viste? ―pregunto desesperado. ―Sí, hace como quince minutos. La vi, y me dijo que ya se iba. ―No jodas, Alicia ―dice Karla―. ¿Y la dejaste? ―¿Pues qué hacía? ―Decirle que se esperara. Llegamos juntas y nos vamos juntas. ¡Puta madre! Karla saca el celular, y ve la hora. —Es la una, ¿cómo se le ocurre irse sola? Marca, pero cuelga enseguida; la mandó a buzón. ―¿Qué le hiciste, Edgar? ―me cuestiona molesta. ―Solamente estábamos hablando. De pronto malinterpretó algunas cosas que dije. En verdad no fue mi intención. —Ya mejor vámonos de aquí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR