POV Natalia
El sonido de la alarma en mi celular me despierta. Tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy en el piso. Intento moverme, pero mi cuerpo esta adolorido. Me veo los brazos recordando lo que pasó; tienen moretones.
Me muevo un poco para alcanzar el celular de la cama tras sentarme. El dolor en todo mi cuerpo me recuerda que ese idiota me dejó viva.
Ojalá no lo hubiera hecho; lo de dejarme viva.
Recargo mi espalda en la cama dejando escapar un suspiro, y comienzo a llorar en silencio.
El sentimiento de no poder decirle a nadie lo que me está pasando, es devastador.
Karla y Alicia saben de todos mis problemas en la casa, pero de todas las veces que ha sucedido este asunto de los golpes, solamente me han visto dos veces y eso porque no tuve manera de mentirles.
La penúltima vez, Javier también lo supo, pero en su caso fue por accidente.
Escucho movimiento abajo en la cocina, pero no me atrevo a salir del cuarto. Recargo mi cabeza hacia atrás sorbiendo mi nariz y limpiando con una mano la humedad de mis lágrimas, pero me duele la cara. Levanto el celular para mirar mi reflejo con la pantalla apagada.
Tengo sangre seca, un ojo morado y algo inflamado del parpado, también moretones en los pómulos; una pequeña cortada en el derecho, la parte izquierda de mi labio inferior hinchado y con otra pequeña cortada.
Me toco la cabeza sintiendo la hinchazón por la contusión. Aviento el celular y vuelvo a recargar mi cabeza.
Escucho pisadas en las escaleras, y temiendo de que sea Iván, recargo mi frente sobre mis rodillas cubriéndome la cabeza con las manos.
Al abrirse la puerta de mi cuarto, escucho esa voz que por mucho tiempo logró tranquilizarme en los momentos que más he necesitado de alguien.
Este momento, es una de esas veces.
Pero no quiero que me vea así.
—Chaparra, ¿qué tienes? —pregunta preocupado.
Se acerca e intenta quitarme las manos de la cabeza mientras me resisto.
—Vete —le digo con la voz entrecortada, haciéndome fuerte y tratando de no llorar más.
Pero él con toda la paciencia posible lo vuelve a intentar.
—No me voy a ir hasta que me digas que te pasó ―dice con voz pasible―, sabes que soy muy necio y puedo sentarme aquí todo el día. En algún momento te cansaras de esa posición y vas a ceder.
Él tiene razón, así que dejo de resistirme.
Pero antes de que pueda verme, lo abrazo fuertemente dejando salir las lágrimas.
Después de sacar un poco de ese sentimiento, flojo mis manos. Su cara de horror ante lo que ve, me confirma que el idiota de Iván me dejo realmente mal.
Toca ligeramente mi mentón y voltea mi cara con suavidad hacia un lado para ver mis golpes.
Iván y Luis llegan parándose en el umbral de la puerta.
Luis se ve preocupado, pero Iván me mira con advertencia; y más me vale no decir nada.
—Ella tiene la culpa —dice Luis sin que le pregunten nada—. Quien sabe qué pasó. No quiere decirnos nada. Pero estoy seguro de que se peleó, y más de uno o una la dejó así, como saco de box.
—Eso se saca por desobedecer a mi papá —agrega Iván con frialdad sin una sola gota de culpa por lo que me hizo, así que evito mirarlos más tiempo. Volteo hacia el lado opuesto, y ellos se van cerrando la puerta.
—¿Con quién ibas? —cuestiona serio.
—Con los de siempre.
—¿Qué pasó exactamente?
—¿Qué te dijeron que pasó?
—Luis dice que te peleaste, y que así llegaste de donde andabas —No le respondo—. Chaparra, ¿ese cabrón estaba contigo?
—¿Qué más te dijo Luis?
—Que llegaste así, toda golpeada. Tú no eres de pelearte con nadie, Chaparra. ¿Qué te está pasando? Ese cabrón llega y te empiezas a pelear con todo mundo.
Aquí vamos de nuevo. Siempre que se trate de culpar a alguien, no desaprovechará la oportunidad para señalarlo a él.
—Ya no importa cómo fue —digo sin ánimo de discutir.
—A mí sí me importa. ¡Carajo, Chaparra!, ¿cómo crees que voy a ignorar esto? Estás hecha un lío grande. Si fueron unos cabrones, dime quienes y donde para ir darles su merecido —dice enojado con las cejas fruncidas.
—Solo fue un pleito y ya, no hagas escándalo por eso.
—No puedes salir así.
—Obvio que no, genio. Usaré maquillaje y listo, no se notará.
—Sí que se va a notar, Chaparra. Deja de decir tanta pendejada, y no te muevas.
Le hago caso porque realmente no tengo ganas de moverme.
Se sale del cuarto y escucho que cruza algunas palabras con mis hermanos, pero no logro distinguir bien lo que dicen. A los pocos minutos regresa sentándose frente a mí.
Empieza a limpiarme la cara con algodones mojados que va dejando en un pequeño recipiente; están rojos.
Dejo caer mis lágrimas nuevamente, me siento débil; y no por los golpes. Levanto la mirada encontrándome con su cara.
Continúa limpiando con delicadeza para no lastimarme. Lo observo y pienso que, si ellos; mis hermanos, fueran como él, las cosas en esta casa serían muy diferentes… y hasta ni me pesaría pagar los estudios de Iván.
No es raro que sea Abel quién me cure las heridas. Por cosas como estas, es que me da miedo fijarme en él de otra manera, porque si las cosas fallaran, no creo soportar el perderlo.
Pensando en eso, recuerdo que, justo anoche el karma me cobró la que le hice a él.
Edgar me mandó a la friendzone.
Puta vida injusta.
Siente mi mirada, así que me ve por un segundo, y regresa a lo que está haciendo mientras esboza una sonrisa.
―¿Qué pasa? ―inquiere un poco intimidado.
—Gracias —digo en casi un susurro, y se sonroja. Su piel es clara, así que eso siempre se le nota—. ¿Por qué te sonrojas?
—Me pone nervioso cómo me miras.
—Siempre te he mirado así, sobre todo cuando te agradezco algo —digo restándole importancia.
—Sabes que no tienes nada que agradecer.
—Y yo digo que sí.
Ambos nos quedamos en silencio por unos segundos. Hago unas muecas de dolor cada vez que pasa el algodón por una zona afectada, pero continúa haciéndolo.
—Sí que estuvo fuerte ese pleito —dice rompiendo la tensión.
—Exageras mucho —respondo restándole importancia.
—Si exagero, es porque te quiero, Chaparra. Me importas de verdad —Esbozo una sonrisa sin ganas, y se desvanece casi enseguida como aparece—. Pero eso ya lo sabes.
Pierdo mi mirada en la nada esperando que Abel termine con mi cara.
Cuando siento que ya no sigue, salgo de mi viaje en el limbo y volteo a verlo. Me está mirando con atención; supongo que tratando de adivinar que me pasó, o cómo me ocurrió. Tiene la rodilla flexionada con su codo descansando en ella, y la otra pierna sobre el piso.
—¿Qué? —le pregunto por su mirada acosadora, esa que trata de adivinarme.
—Nada, Chaparrita —dice con voz baja; un poco ronca.
Agarra otro algodón de un frasco, y me lo pasa por el pómulo derecho.
Se acerca demasiado, dejando su cara a unos centímetros de la mía. Puedo sentir su respiración sobre mi mejilla.
Lo encaro por inercia dejando nuestras miradas una frente a la otra.
Sin decir una palabra más, él se acerca, pero me separo un poco mientras él se reacomoda.
—Chaparra no —suplica.
Pone su mano en mi rostro con delicadeza, buscando nuevamente que sostenga su mirada. Lo hago sin poder evitarlo, y entonces acerca su nariz a la mía. Cierra los ojos, y pasa su mano por mi cabello acariciándolo.
—Abel —musito.
—No, Chaparrita ―insiste esta vez en un susurro―, solo por este momento, déjame.
No digo nada más y lo dejo besarme.
Me duele el corte del labio, pero tras unos segundos lo ignoro correspondiéndole el beso.
Me doy cuenta que la primera vez que me besó, se limitó por completo. Besa tan bien que me dejo llevar sin inhibirme.
Lo que empieza con un ligero roce de nuestros labios, se intensifica al incluir su lengua dentro de mi boca acariciándose con la mía.
Es lento, suave pero sin dejar de ser intenso, y soy culpable de admitir que me gusta.
No más que el beso que me dio anoche Edgar. Pero tomando en cuenta que este beso no es por lástima, si no por lo que Abel siente por mí, hay mucha diferencia.
Su mano se posa en mi nuca para evitar que me separe de él.
Siento su respiración agitada, y aunque me intento controlar, mi cuerpo reacciona como se le antoja.
Comienzo una lucha interna entre mi coherencia y mi reacción física.
Abel baja su mano de la nuca a mi cintura, continuando lentamente hasta mi cadera.
No debo seguir, pero su tacto me hace querer lo contrario.
Juro que quiero resistirme; bueno, no del todo.
Su mano sigue bajando, deslizándose hasta la piel desnuda de mi pierna, y la mete bajo mi playera deteniéndose nuevamente en mi cintura.
Mi coherencia gana esta batalla; y sí, admito que me gustaría continuar, pero estoy confundida y él no se merece eso.
Lo detengo poniendo mi mano sobre la suya por encima de la tela evitando que comience a subirla más.
—Abel —Me mira desconcertado, recobrando un poco la respiración.
—¿No te gusta? —pregunta confundido, sin quitar su mano aún.
—No es eso, Abel. No quiero arruinar nuestra amistad.
—¿Por qué piensas que se arruinaría?
—Porque si algo pasa entre nosotros y no funciona, arruinaremos la confianza que nos tenemos. Ya te lo había dicho.
—Chaparra —Saca su mano, y lleva sus dedos a mis labios—. ¿Tienes idea de cuánto desee que me besaras así?
—No. Y tampoco tengo idea del porqué. ¡¿Por qué?! Habiendo tantas chicas, ¿por qué yo?
—¿Crees que eres la única que se lo pregunta? Chaparra, llevo años buscando esa respuesta. No puedes mandar en el corazón, Natalia… solamente se siente y ya.
Tiene razón, ¿por qué tengo que sentir todo esto por Edgar?, ¿por qué no puedo sentirlo mejor por Abel?
—No puedo prometer que te daré algo que no sé si siento.
―No hace falta, con una simple oportunidad me conformo.
―No estoy segura. Tu no mereces conformarte con nada… mereces todo y en serio me gustaría poder dártelo.
―Piénsalo.
―¿Por qué insistes en eso, Abel?
—¡Porque eres lo único bueno que tiene este puto lugar! ―exclama en voz baja―, y porque no te quiero cerca de él —dice lo último con mucho resentimiento.
—¿Es por eso?, ¿porque quieres demostrar que eres superior a él?
No dice nada.
Se levanta y yo agacho la mirada levantándome también.
Me acerco a la ventana para abrir las cortinas.
Karla y Alicia se acercan a mi casa, pero no alcanzan a verme. Inmediatamente, busco la bolsita de maquillaje a toda prisa y me siento sobre la cama.
—Chaparra, vístete —suspira sin quitarme la mirada de encima.
—¿Por qué?, ¿nunca has visto a una mujer casi en ropa interior frente a ti? —inquiero desafiante mientras trato de cubrir un poco los golpes con polvo compacto.
—Sí, las he visto. Pero no a ti, bueno… —dice nervioso—, ya te estoy viendo. El punto, Chaparra, es que me provocas. Ya te lo dije. Me gustas, ¿y piensas que no sentiré nada al verte así?
—Pues no deberías —le digo frunciendo las cejas.
―¿Vas a salir? ―pregunta al ver que paso varias veces la esponja sobre los moretones.
―No, pero vienen Karla y Alicia.
―¿No pueden ser más inoportunas?... aunque pensándolo bien, no tan inoportunas. Así me explican ellas que pasó.
¡Mierda! ¡Carajo!... olvidé ese detalle.
―¡Natalia! ―Escucho gritar a Karla.
Abel y yo nos quedamos en silencio escuchando que les abren la puerta. Minutos después están entrando a mi cuarto.
—Natalia ―saluda Karla para después espantarse―. ¡¿Pero qué carajo…?!
—Shhh… ―Intento callarla.
―Exacto, ¡¿qué carajo le pasó a Natalia?! ―inquiere Abel, y antes de que estos dos armen una discusión, me adelanto.
Alicia solo se limita a observar, pero esa mirada que tiene sobre mí la conozco, y es la que no necesita que le explique nada porque ya se lo imagina.
―Ahorita platicamos, Abel. Danos chance, ellas no estaban.
―Haces conmigo lo que quieres, Chaparra ―me dice entrecerrando los ojos, y le dedico media sonrisa; porque con el golpe que traigo en los labios, no se la puedo dedicar completa. Sin previo aviso, se me acerca y deposita un beso en mis labios―. Te veo al rato.
Se va, y cierro la puerta.
Estás dos me van a golpear también, pero de preguntas porque se ven una a la otra.
—¿Quién carajo te hizo eso, Natalia? —pregunta Karla.
—Ya sabes quién —les suelto sentándome en la cama seguida de ellas.
—No jodas, Natalia. Ese cabrón me va a conocer cuando lo vea en la puta calle —dice Alicia enojada, y Karla voltea confundida a verla.
―¿Por qué no ahorita?
―Porque no soy pendeja, mamita. Estamos en su casa ―dejo escapar un intento de risa.
Sin importar la situación, Alicia siempre sale con cada ocurrencia, y Karla pone cara de no pues sí, es cierto.
—No empeoren las cosas, así déjenlo.
Ambas lo piensan un momento, y después parecen entender.
—Aun así, no es tu novio y aunque lo fuera no tiene derecho. Es tu hermano, y eso tampoco le da el derecho, Natalia —sermonea Alicia—. ¿Cuándo le vas a decir a alguien?
―No lo sé. Lo que yo digo aquí, sobra. Estoy pensando en irme.
—¿A qué hora fue? ―pregunta Karla.
—Anoche cuando llegué. Estaba cerrado, me dejó afuera apropósito. Me brinqué para meterme por la ventana, pero cuando me escuchó se levantó. O no sé si ya estaba despierto.
—¿Y tus papás? —cuestiona Alicia.
—No estaban. No sé dónde diablos están.
―A ver, para empezar, ¿por qué carajo te viniste sola? ―Inquiere Karla.
―Ese es otro problema del que ni me quiero acordar ―respondo con fastidio―. O sea, sí, de una parte, pero luego me acuerdo bien con detalle, y me da el bajón.
―¿Pues qué pasó con Edgar? Te estaban buscando anoche después de que te vi —informa Alicia.
―Pues no mucho, o sea, le pregunte si yo le gustaba y él no me respondió. Más bien dio muchos rodeos porque no sabía cómo decirme que no. Entonces me puse de dramática y él me besó.
Veo formarse una gran “O” en sus bocas.
—¿Y entonces? —inquiere Alicia—. ¿Tan mal besa o qué pasó para que te dé un bajón?
—No, al contrario —respondo con una estúpida sonrisa en mi cara; bueno, media—. Pensé que yo había captado mal las cosas, que tal vez mi atrevida pregunta lo puso nervioso y que después de todo, sí le gustaba. Pero después del beso me dijo que no malinterpretara las cosas.
―Ese cabrón… ―objeta Karla.
―Ya, Karla. Igual pensó que fue el vodka lo que me hizo hacer y decir pendejadas.
―No son pendejadas, Natalia.
―¿Y Abel qué?, ¿por qué te besó? ―cuestiona Alicia―. No creas que no vimos. Sabemos que se te declaró, pero ya después de lo de Edgar ¿qué pasa con Abel?
―Pues nada.
—¿Qué te dijo cuándo te vio así?
—Me regañó, pero equis. Ellos le dijeron que me agarre a golpes anoche en Tornado.
—¿Luis también?, ¿no hizo nada? —pregunta Karla, niego con la cabeza—. Puto cabrón, pensé que era más sensato. Tienes que poner un alto, Natalia. Si no lo haces te va a matar un día de estos.
—Ya, Karla. Por favor.
—Es que no jodas, Natalia.
―Y entramos como si nada. Luis nos abrió, pero solamente nos dijo que estabas arriba. ―dice Alicia.
―El muy cabrón no preguntó nada, ni siquiera para disimular ―reniega Karla.
―Supongo que, si les preguntaban a ustedes, se iban a confundir y ellos se verían más expuestos como culpables. Puedo decir que ustedes no estaban.
—Pues en verdad no estábamos —dice Alicia—. Cuando salimos del antro, los chicos se fueron al baño, y cuando salieron nos dijeron que las Mendoza se andaban desgreñando adentro.
—Una coartada sin querer —digo pensativa.
Después de acordar y sincronizar la mentira, quedamos en que ellas se adelantaron y yo me quedé en Tornado. Se armó la bronca, y me metí en el pleito de las Mendoza; igual ellas ya andaban borrachísimas que no van a acordarse de mucho. Mis hermanos no sospecharán que mis amigas saben lo que realmente pasó, y todos tranquilos.
Como a eso de las seis de la tarde, decidimos ir a la plaza por unas paletas a La michoacana. Les pido que se adelanten y me esperen afuera.
Minutos después de medio arreglarme, me pongo unos lentes obscuros.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta Luis desde la sala al verme bajar por las escaleras.
—¿Dónde están mis papás? —pregunto en vez de responder.
—Salieron de emergencia anoche. El tío Joel falleció, y no regresan hasta mañana en la tarde o medio día. No sé a qué hora lo entierren.
Que pena, pero no es mi problema, así que termino de bajar las escaleras.
—No se dieron cuenta de que saliste ―avisa.
—Mejor para mí.
—Natalia —habla Iván acercándose desde la cocina.
Me detengo en la puerta.
No me quito los lentes para que no vea el miedo que escondo.
―Voy a salir —aviso, armada de valor—. Cuando regrese, puedes terminar de matarme. Pero ahorita voy a salir, te guste o no.
Sin mirar atrás, camino con los nervios y el miedo a flote sorprendida de que no me detenga, y suspiro aliviada tras cerrar la puerta.