Y al final

2340 Palabras
POV Edgar Dormí muy poco, pero no le doy tanta importancia. Me levanto en cuanto escucho que mi mamá mueve cosas en la cocina; seguramente hace de desayunar. Sonrío levemente al verla tarareando alguna balada de su época. Se ve feliz. Me gusta verla feliz. Busco con la mirada alguna señal de mi papá, pero no está. Se escucha el agua en el baño, y supongo que debe ser Javier; sus cosas están en el sillón, así que regreso al cuarto a buscar ropa limpia. Después de que Javi sale de bañarse, salgo del cuarto con mi toalla para darme un refrescante baño. —Edgar, estuvimos platicando cual institución sería mejor, y cualquiera de estos tres te servirá más —dice Javi entregándome tres folletos al tiempo que me uno a ellos en el comedor. Los miro con atención, uno es de una biblioteca, otro de un hospital, y el ultimo es de un centro de rehabilitación. No sé en qué me ayudaría si ya estoy limpio. Aun así, lo miro con atención, y aunque creo que es el mejor lugar porque no tendré tanta discriminación, siento que sería fácil. Tal vez Javier lo sugiere para que no caiga más en eso, pero no creo que evitar enfrentarme a esta sociedad que discrimina todo, sea la mejor manera. No me ayudaría de mucho. Necesito afrontar las consecuencias de mis actos y no evadir la realidad. El de la biblioteca llama mi atención. —¿Qué tal estuvo anoche? —inquiere con curiosidad. —Bien. Regresé como a eso de la una y algo. —¿Y viste a Natalia?, ¿hablaste con ella? —La vi, pero no tuve muchas oportunidades de hablar con ella ―miento. La verdad es que, ahorita no quiero más sermones. Sí quiero hablar de lo que pasó, pero solo con ella. —¿Y eso, por qué? —Pues estaban todos los que se juntan en la palapa bailando, la música fuerte, ya sabes. Igual no era el mejor lugar. —Ya. ¿Vas a verla al rato? —Asiento, y mi mamá voltea justo cuando lo hago. —Invítala aquí a la casa —propone ella, acercándonos los platos con comida y tomando asiento. Se cruza de brazos sobre la mesa esperando mi respuesta. —Vive casi enfrente, mamá. Tampoco es una desconocida —contesto avergonzado; aunque sé que es una puta broma que me avergüence por algo así. —¿Qué tiene de malo? —Nada. Creo. Los tres comenzamos a comer. Javier se sienta en la sala a hablar por teléfono en cuanto terminamos. —Mamá, ¿y mi papá? ―pregunto aprovechando que mi hermano está ocupado. —Trabajando hijo, no va a llegar hasta tarde o… —Se queda pensativa. —O no viene —Termino de decir—. Es por mí, ¿verdad? —No hijo, es solamente que tu papá no cambia. Sigue siendo el mismo —dice con tristeza. —¿Cómo es que en esta casa hay comida, mamá? ¿Realmente te da mi papá? —Bueno… —Lo piensa, pero supongo que ya se dio cuenta de que buscaré la forma de saberlo—. Javier se va a trabajar después de la facultad, y es el que me da. Tu papá deja unos centavos, pero lo necesario nada más. —Voy a conseguir un trabajo, mamá. Voy a moverme con eso. No te voy a decepcionar. —Mi amor, yo sé que te estas esforzando. —Te prometo que mi papá y tú, van a estar orgullosos de mí así como con Javier —aseguro mirando una tierna sonrisa en su rostro. Sé que nunca he sido el favorito mi papá, pero le voy a demostrar que puedo ser mejor persona. Paso la tarde platicando con mi mamá de cosas equis en el barrio. De vez en cuando envío mensajes al número de Natalia, pero no los responde. Recibo uno, pero de Ricardo avisándome que viene a buscarme, así que salgo de la casa cerrando el barandal. —¡Edgar! ―saluda al acercarse. —Mañana voy a ver lo del servicio social. —Genial, ¿y después que sigue? —Buscar trabajo y asistir cada mes al antidoping. Vemos que de la casa de Natalia sale uno de los gemelos, no sé cuál de los dos es, pero nos mira y cierra la puerta. Ricardo voltea a verlo saludándolo con la mano desde donde estamos; él le saluda igual y continua por la otra calle. Me siento en la acera seguido de mi amigo. —Va a estar difícil, pero no va a ser imposible ―dice dándome ánimos. —Lo sé. ¿Cuál de los dos es? —pregunto moviendo la cabeza ligeramente en dirección a la casa de Nat. —Iván, es el que está estudiando. —Ah. —¿Sabes dónde trabaja Natalia? —En una cafetería por la alameda. No está muy lejos. ¿Por qué? —¿Sabes si hoy trabaja? —No, los domingos los tiene libres. —Ya. Le envié mensajes, pero no me responde. Las llamadas se van directo al buzón. —Debe traerlo apagado. ¿Qué pasó anoche, hermano? —Pues… malinterpretó todo lo que le dije. Primero me preguntó si me gustaba, me congelé y después dije puras pendejadas. Luego la besé, y ella se ofendió porque pensó que lo hacía por lastima. ―¡No jodas, cabrón! ―me interrumpe―, ¿en verdad se besaron? Vas volando, hermano ja, ja. ¿Y luego que pasó? —Pues le eché la culpa al alcohol, porque sí andaba un poco subida de tono y fue por eso que se ofendió. —Estás bien pendejo, cabrón ja, ja. —Dime algo que no sepa. ¿Crees que se lo cuente a Abel? Se va a poner como loco ese pendejo. —Al carajo con el puto de Abel, ni lo pela y ni al caso. Si Natalia te preguntó eso, fue para no aventarse a lo pendejo contigo. No creo que ese menso la tenga fácil. ―Pues a ver qué pasa… tengo que hablar con ella lo más pronto que se pueda. De repente, vemos que Alicia y Karla salen de la casa de Natalia. Ricardo le silva a su amigovia, y ella se acerca a nosotros. La otra se queda parada afuera de la casa hablando por teléfono. ―¿Qué onda, Mami? ―le saluda Ricardo con un beso. Iván regresa a la casa, y se mete sin prestarnos atención―. ¿A dónde van? ―A la michoacana. ―¿Y Natalia? ―Me atrevo a preguntar. ―Ya viene, pero no creo que quiera hablar ahorita contigo. Te pasaste horrible anoche con ella, eh. Uno ayudándote con ella, y tú vas a cagarla pero bien y bonito. ―Ni me lo recuerdes. ―Cuando llegamos, Abel estaba con ella. Y anda muy cariñoso. ¡Lo sabía! Ese cabrón no va a descansar hasta que ella lo vea como él quiere, y con lo confundida que se quedó anoche, puede que hasta lo termine pensando. Ricardo me mira encogiéndose de hombros, y la vemos salir. Trae unos lentes negros que tapan casi la mitad de su cara. ¿Para qué se pone lentes obscuros a esta hora?, está por anochecer. No se acerca a nosotros, engancha su brazo en el de Alicia y caminan; Karla se despide con un beso de Ricardo y un: «Te veo al rato». —Sí la cagaste y bien cabrón, Edgar. —Puta suerte. —Vamos al museo ―propone. —Vamos. Nos quedamos un buen rato recordando cuando éramos niños. Me platica lo que ha hecho durante cinco años; su papá falleció hace tres en un enfrentamiento, sigue teniendo la idea de meterse al ejército, pero aún no lo hace porque no quiere dejar sola a su mamá. Su hermana se fue a vivir a la frontera, y su hermano ya está casado, pero vive en un estado vecino. Estamos tan entretenidos en la plática, hasta que Ricardo me codea señalándome con la barbilla un furioso Abel que se acerca a nosotros. —¡Estabas anoche con ella! ¡¿Qué le pasó?! ―Me levanto rápido antes de que llegue, pero Ricardo se interpone. —Cálmate, cabrón. ¿Qué te pasa? —pregunta Ricardo. —¡Te dije que no te acercaras a ella! —reclama ignorando a Ricardo. —Y yo te dije que ella es la que decide. Ya párale. ¿Cuál es tu puta bronca? —Mi puta bronca, es que ella te defiende de todos y tú no puedes cuidarla una puta noche. Eres un puto inútil. —Bájale dos rayitas, Abel —interviene Ricardo. Sí que está bien encabronado, sabía que se iba a enojar cuando supera que ella y yo nos besamos, pero no que se iba a poner así. —No, ¿cuál bájale dos rayitas?, cabrón. No te metas. El puto problema no es contigo —aclara. —Si es con Edgar, también es conmigo. ―Ya cálmate, Abel. En serio ¿qué te pasa?, ¿es porque la besé? ―¿Qué tú qué? ―cuestiona confundido. No está reclamando el beso. ¡Puta madre! ¿Cuántas cagadas llevo?, ya perdí la cuenta. Ricardo queda desconcertado también. ―Nada ―Intento remediarlo con una muy mínima y ligera, pero bien pequeñita esperanza, de que este pendejo ignore lo que acabo de decir. Aunque sé que algo así no se le va a escapar. ―No pierdes el puto tiempo ―dice esbozando una sonrisa incrédula―. Solo buscas la oportunidad para meterte donde no debes. ―Es obvio que no era por eso —añado más para mí que para él. —Obvio que no, cabrón. ―¿Entonces que fue? ―Tu deberías saberlo. Ella estaba anoche con ustedes así que no se hagan los putos idiotas. ¿Quién le hizo eso a Natalia? —Deja de decir pendejadas, Abel ―menciona Ricardo―. No somos adivinos. ¿Qué tiene Natalia? —Como si no supieran que la agarraron como saco de box. Le pusieron una buena golpiza anoche ¡¿Por qué no hicieron nada?! ―¿Qué? ―inquiero confundido. —¿Que pasó anoche, Edgar? —pregunta Ricardo mirándome. —Nada. Solamente lo que te dije. Llámale a Karla. Alicia fue la última que la vio. —¿Cómo que la última que la vio? ―pregunta Abel. ―Natalia no nos esperó ―informa Ricardo―, ella se regresó antes. —Lo que sea que le haya pasado, fue después de que saliera de la disco ―aseguro. —Sus hermanos dicen que así llegó anoche, que se peleó y estaba con las Mendoza. Junto las cejas aún más confundido. Las cosas no fueron así. Yo vi que andaba Gaby peleándose, pero Natalia no estaba con ella, y Alicia aseguró que ya se había ido. No sé qué le pasó y no me voy a esperar a que ella me lo diga. Camino para ir a buscarla, pero Abel me detiene. —¿A dónde crees que vas? —A ver que le pasó a Natalia. Ha estado ignorando mis llamadas y mensajes ―digo lo último casi para mi nada más, pero ellos me escuchan. —¡Vaya!, ya era hora —exclama con alegría—. Es bueno saber que ya se dio cuenta que nada más va a perder el tiempo contigo. —Ya cállate, Abel —le dice Ricardo, y saca su celular para marcarle a Karla―. Hola, Mami. ¿Dónde andan?, ¿todavía anda Natalia contigo?, no le digas nada y vengan para el museo porque hay un problema aquí y necesitamos que ella venga a aclararlo... Ok, con cuidado. —¿Ya vienen para acá? ―pregunto y Ricardo asiente. Sin decir más, me siento en la acera seguido de Ricardo. Abel se queda parado frente a nosotros. Si las miradas mataran, ya estaría bien muerto. Le sostengo la mirada solo para que no piense que me intimida. Tras unos diez minutos más o menos, vemos llegar a las chicas. Natalia clava la mirada en el piso en cuanto nos ve; aun trae los lentes, intenta regresarse pero Karla la sujeta del brazo y continúan hasta donde estamos. —Habla ya, Natalia —exige Abel—. ¿Por qué estos cabrones dicen que no saben nada de lo que te pasó? —Te dije que no hicieras escándalo por eso, Abel ―responde ella casi sin ganas. —Nat… —Le toco la mejilla haciéndola voltear hacia mí. Le hago el cabello hacia atrás, y veo algunos moretones en su cuello. Quito los lentes sin que ella se oponga… supongo que a estas alturas no tiene caso que lo haga. —¿Quién carajo te hizo esto, Nat? —cuestiono encabronado. —Me metí en la bronca de la disco. —Alicia nos dijo que te habías ido —preciso. —Me regresé. Ella está mintiendo, si hay algo que no ha cambiado en ella es que se delata sola cuando miente. Apoya su pie derecho con la punta de sus dedos, y menea el talón disimuladamente. Eso ni siquiera lo sabe Abel. —Carajo, Chaparra. ¿Qué han hecho esas viejas por ti, para que te andes metiendo en un pleito con ellas? —reclama Abel, y ella vuelve a ponerse los lentes. —Ahorita regreso —avisa agarrando del brazo a Abel, y caminan alejándose. Me entra desesperación porque no quiero que se vaya sola con él. Ricardo pone su mano sobre mi hombro al ver que avanzo unos pasos sin darme cuenta, como por inercia. —Ya, hermano. Cálmate, ahorita hablas con ella. Nosotros nos vamos, deja que le baje sus problemas a Abel. —Está mintiendo. Ella no estaba en ese pleito ―aseguro. —Pues ahorita hablas con ella a ver qué pasó, y aclaran todo.
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