Mentiras y verdades

1386 Palabras
POV Natalia Dicen que no es bueno decir mentiras, porque cuando dices una, quieres taparla con otra, y después tapar esa otra con otra, y así te la llevas hasta que ya no sabes cómo desenredarte, y se va al carajo. Justo eso acabo de hacer, enredarme en mentiras. —¿Qué carajo te pasa, Abel? ―pregunto sin ánimo de escandalizar más el asunto. —No, Chaparra. ¿Qué te pasa a ti? ¿Porque te cuesta tanto decir la verdad? Porque me traería problemas peores, le quiero decir, pero no se lo digo. En vez de eso le sermoneo: —Por esto precisamente. Haces mucho escándalo por nada. O sea, ya déjalo, no pasa nada. Ese problema ya fue. —¿Nada? Chaparra, mira cómo estás ―especifica tomando mi mano cambiando el tono de su voz―. Pudo pasar algo peor. —Pero no pasó. Ya párale. Aparte, ¿por qué les reclamas a ellos? Hiciste el problema más grande y de verdad que no es necesario. —Se supone que estabas con ellos y no se dieron cuenta de esto. —Ya te dije que ellos no supieron qué pasó. Yo ya me iba a la casa, pero vi a las Mendoza en el pleito y pues no sé, me metí a ayudarlas. Me entró adrenalina, que sé yo. Quería desquitar muchas cosas que traigo encima, Abel. Aparte, vas y les echas bronca a ellos, y cuando mis hermanos te mencionaron los motivos ni dijiste nada. —Porque quería comprobar primero qué había pasado. Y a final de cuentas, esa no es la solución, Chaparra ―dice en un tono más tranquilo―. Sabes que me tienes a mí. Puedes desahogarte conmigo. Pero no así. Lastimándote, no. —Lo sé, y te lo agradezco. Pero fue algo del momento y ya. No hagas más drama por eso, ¿sí? —No me responde, así que acaricio su brazo. —Chaparra… —susurra, mirándome. —Ya pasó —insisto. —¿Recuerdas lo que te dije hace rato? —Dijiste muchas cosas. —Haces conmigo lo que quieres ―me recuerda. Esboza una sonrisa. Tiene razón. Pero no se nota que le moleste, aunque sí debería dejar de aprovecharme de él. —Ya, Olvida todo eso. Prometo que no me meteré en más problemas. O trataré. ―¿Quieres hacer algo esta noche? ―Ja, ja. Me sonó como a Pinky y cerebro de los Animaniacs, y se lo digo. ―Pero pinky pregunta que harán. Tonta —recalca. Sonríe más tranquilo. Ese es el Abel con el que me gusta estar. El que convive sin protestar cada segundo, y hace que todo resulte más fácil y ameno. ―Ya pues, ¿algo como qué? ―Ver películas, jugar videojuegos, platicar hasta que nos quedemos dormidos, no lo sé. ―Como quieras. Igual mis papás no regresan hasta mañana, y como ya dijiste, si es contigo no arman problema. ―Pues ya está. ¿En tu casa o en la mía? Preferiría en la tuya. —¿Por qué en la mía? —Porque están tus hermanos. ―¿Desde cuándo ellos dudan de nosotros? ―cuestiono entornando los ojos. ―No lo sé, puede que ellos sí se hayan dado cuenta de mis intenciones contigo. —Igual no son malas. —No ps. ―Y no sería la primera noche que te quedas en la casa. Deja de actuar raro —pido dándole un pequeño golpecito en el hombro—, y de decir tonterías solamente por decirme lo que sientes. —Entiéndeme un poquito, Chaparra. Si estamos solos no voy a detenerme y buscare el momento para tocar el tema que dejamos inconcluso. Lo de esta mañana no cuenta, a excepción del beso. —O sea, lo que te conviene. —Obvio. —En mi casa ps. Solo quiero una noche tranquila. —Lo sé, por eso sugiero tu casa. —De todos modos, en tu casa está tu papá. —Nop, se fue de viaje esta tarde. Ya sabes… según él, por trabajo. —¿Y ahora por cuantos días? —¿Días? No, Chaparra. Se va por dos semanas. —¿No dijo nada tu mamá? —Nah. Mejor para ella, ya sabes. —Que mal. Se queda pensándolo por unos segundos. ―¿Te vas a quedar con ellos? ―inquiere ya sin ningún tono molesto, o de fastidio. ―Un rato para aclararles esto. ―Ya. Chaparra, ¿qué pasó anoche con Edgar? ―pregunta sentándose en la acera sin soltar mi mano, y lo sigo. Para ser sincera, no esperaba que lo preguntara. ―Supongo que sí lo preguntas, es porque te lo dijo —digo cabizbaja. ―¿Es verdad que se besaron? —cuestiona con pesadez. ―Sí, pero no fue nada serio ―respondo derrotada por no conseguir lo que quería. Por ser tan estúpida, y pensar en algo que no era. ―¿Qué? No entiendo. ¿Cómo que no fue nada serio? ―cuestiona confundido. No me sorprende que lo haga porque a mi igual me pasó, pero más feo. ―Pues, le pregunté si yo le gustaba ―Voltea a verme arqueando una ceja―. No me mires así. Su respuesta fue prácticamente que no, o sea, me dijo que me quería mucho como amiga ―Hago énfasis―. De hecho, reiteró que era su mejor amiga ―Énfasis de nuevo―, y todo eso. ―¿Cómo es que se besaron entonces? ―Pues él me besó a mí, creo que por lastima… o no sé. Auch, hasta decirlo duele. Desde este punto, duele y me hace sentir más estúpida. ―Imbécil —dice molesto—. Tú no necesitas la lastima de ese tipo. Igual lo pensé, pero recapacité. La imbécil fui yo por confundir las cosas. ―Pues ya que, ¿no? ―¿Por qué le peguntaste eso? ―Por la manera en que me mira, o miraba. Ya no sé. Solamente quería saberlo. Ya no importa. —O sea, que con él sí te fijaste en cómo te mira ―dice a modo de confirmación. —Pues lo hace muy obvio ―digo tratando de restarle importancia―. Tu no… o quizá porque somos muy cercanos no lo noté, no sé. Vuelve a quedarse pensativo, y se levanta seguido de mí. ―Te veo al rato, Chaparra. Avísame cuando estés en tu casa. Asiento y ambos caminamos de regreso. ―¿Pides pizza? ―pregunto y asiente. ―Hey ―llama deteniéndose a la altura de la virgen, y volteo sorprendiéndome por un beso que planta en mis labios. Debo admitir que fue un lindo gesto. Le sonrío, y nos separamos. Camino hacía donde están los demás esperándome; y que obviamente no perdieron detalle de nada. Y con nada, me refiero al detalle del beso. Pero a estas alturas ya no importa que lo hayan visto, y me refiero específicamente a Edgar. Es decir, él ya me bateó y solamente queda tratar de borrar ese beso con él, porque si me pongo intensa con ese asunto, va a ser peor para mí. No lo veo muy contento. Está que echa humo por las orejas. Espero que no toque el tema ya mencionado, porque no quiero entrar en esos detalles. Aunque también no me hago la sonsa. Buscará la manera de que nos dejen solos, y me va a cuestionar esta onda de los golpes. Que flojera, la verdad. Aunque sí, no puedo evitarlo y pues ni modo, habrá que hablar. ―Natalia, tengo que ir a mi casa —avisa Karla—, mis papás están marcándome. Te veo mañana, ¿sí? ―Bueno―le digo. ¿Qué le están marcando sus papás?, ja, son mentiras. Como si no la conociera. Venga, sigue Alicia. ―Yo también tengo que irme. Te veo mañana. ―Ya ―Volteo a ver a Ricardo, después de que las chicas se despiden dándome un beso en la mejilla―. Adivino, tú vas con Karla, ¿no? ―Sí, Natalia ―responde. Igual me da un beso en la mejilla. A Edgar lo despide con la palma y el puño, y se va abrazando a Karla; con Alicia de mal tercio.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR