POV Edgar
―¿Vas a decirme? ―pregunto en cuanto el resto doblan en la esquina.
―Ya lo dije.
—El otro día hablamos sobre el cambio de las personas cuando pasa el tiempo. Hace cinco años que no nos veíamos, y me he dado cuenta de las cosas en ti que no han cambiado. Cosas que conozco perfectamente, Nat. Una de ellas es cuando mientes. ¿Qué fue lo que realmente pasó?
Lo piensa un poco, pero por fin habla.
—Si te lo digo, ¿prometes no hacer nada? ―La miro extrañado.
Yo sabía que había pasado algo más. Dejo de llamarme Edgar si no.
—No diré nada —prometo.
―No. Necesito saber que no harás nada ―aclara.
―Va. No haré, ni diré nada. Lo prometo ―aseguro.
Se sienta en la acera, y me quedo parado frente a ella.
—Fue Iván… —Me mira esperando mi reacción.
Frunzo las cejas tratando de carburar lo que acaba de decir.
Fue Iván… se refiere a su hermano; obviamente.
¡Ese cabrón se atrevió a pegarle!
Cierro los puños girándome un poco para ir a buscarlo y ponerlo en su lugar, pero siento que me sujeta del brazo; cierro la boca con fuerza absteniéndome de decir lo que pienso.
—Cálmate, ¿sí?
―Pero, Natalia…
―Lo prometiste ―me recuerda con la mirada suplicante, aferrada a mi brazo.
Y pues me jodió con eso, porque lo primero que se me viene a la mente es el recuerdo de aquella vez, cuando suplicaba que no me fuera con mis nuevos amigos, y que de haberle escuchado probablemente no habría pasado cinco años de mi vida en la cárcel; aparte, se lo acabo de prometer.
En contra de lo que deseo, me giro hacía ella, porque si hago lo que quiero, las cosas no terminarán bien.
—¿También Luis te tocó?
—No, Luis nunca me ha hecho nada. Solamente Iván.
—¿Dónde están tus papás? ―pregunto con un atisbo de enojo reprimido.
Estoy seguro de que ella hará todo lo posible para que no vaya a partirle la cara a su hermano. Me pregunto, ¿por qué lo evita? Aunque puedo hacerme más o menos una idea: las cosas están del carajo en su casa, y ella no quiere empeorar la situación. Pero debe haber más motivos. O puede que sean otros.
—En un velorio, se murió un tío. Luis me dijo que iban a quedarse allá, y probablemente regresen hasta mañana.
—¿Allá donde?
—En la rosita.
Ese poblado está como a dos horas de aquí, y un velorio en un poblado de esos dura a veces hasta tres, cuatro días.
—No vas a quedarte con ellos entonces —sentencio.
No va a pasar la noche con ese puto loco. Me mira con cara de no jodas. Pero no va a dormir en esa casa. No con ese hijo de puta ahí metido.
—Estaré bien —dice con calma—. Abel irá en un rato.
Claro. Sería raro que no se aprovechara de eso.
Espera… si ese pendejo vino a culparnos de esto, eso quiere decir que, no sabe lo que está pasando. O sea que Natalia no le cuenta todo, lo que significa que no confía cien por ciento en él.
—¿No harás nada verdad? —cuestiona preocupada, interrumpiendo mis pensamientos.
—No te voy a mentir porque le quiero romper toda la puta cara a ese cabrón, y no tienes idea de lo que cuesta contenerse. Aun así, sé que si me lo pides es por algo. Si no quieres que haga nada tienes que decirme el porqué. Tienes que decirme los motivos para que este aquí contigo, y no matando al perro que te hizo esto ―Asiente cabizbaja―. Déjale un mensaje a Karla para que te eche la mano, y quédate conmigo. Solamente por hoy y ya mañana vemos qué hacemos.
―¿Cómo crees? ―pregunta alarmada.
―No pienses mal Nat ―aclaro al momento.
―No pienso mal. Es solamente que, pues no puedo ir a quedarme a tu casa así nada más como si nada. No te preocupes. Ya se desquitó, así que no hará nada más.
―¡¿Qué ya se desquitó?! ―La incredulidad, no me cabe en la expresión que desencaja mi rostro. Que no joda, ¿cómo que ya se desquitó?―. ¿Es verdad Nat?
―No puedo pasar la noche fuera de la casa, Edgar. No quiero que esta situación empeore. Aparte, no quiero darle molestias a nadie.
―¿Cuál molestia, Natalia? Es por tu seguridad ―Lo piensa unos momentos que para mí se hacen una puto eternidad.
—Yo sé que es por eso. Pero no va a haber más bronca. Abel va ir y probablemente se quede ahí, así que no pasará nada malo.
—¿Prefieres pasar la noche con Abel que conmigo? —pregunto esperando que su respuesta sea negativa.
Se queda viendo al piso.
—No puedo solamente dejarlo plantado. Perdón, Edgar… pero no puedo dormir fuera de mi casa, o en serio la próxima vez que me veas será en un funeral conmigo como anfitriona y protagonista.
—¿Cómo te convenzo?
—No hay modo.
Suspiro tratando de no hacer obvios los celos que me dan de saber que es tan cercana a él… tan cercana que hasta duermen juntos.
—Antes de que te vayas con él, ¿me acompañas un rato a mi casa?
―Un rato, nada más.
Asiento y caminamos hasta mi casa.
Se le nota tensa. Pongo mi mano en su espalda, para que agarre confianza y se relaje.
Mi mamá sale de su habitación sorprendiéndose al ver a Natalia. Era imposible que no viera los golpes así que, su expresión cambia en cuestión de segundos; de alegría por verla, a preocupación.
—Natalia, ¿qué te pasó, mi reina? —le pregunta sin disimular, y Nat no sabe cómo responder.
—Tuvo un problema, mamá —me apresuro a contestar.
Nat agacha la cabeza, y solamente por ese gesto mi mamá me mira recelosa.
—Edgar, no fuiste tú ¿verdad? Porque…
—¡No, Sarita! —se apresura a contestar Nat, interrumpiéndola.
¿Qué onda con mi mamá? Jamás en la vida pensaría siquiera pegarle a una mujer, mucho menos a ella.
—¿Entonces?
—Edgar no tiene nada que ver. Fue una pelea nada más, pero no con él.
—Mamá, ¿me cree capaz? —pregunto confundido.
—No mi amor… perdón, es que no pensé.
Supongo que fue un impulso.
—En fin. Mamá, ¿no hay problema si Nat se queda aquí? —Natalia me mira inmediatamente, pero no dice nada—. Solamente hoy.
—Claro que no hijo. Pero, ¿no tendrán problemas por eso?
—No, mamá —aseguro acercándome a ella para darle un beso en la mejilla—. Gracias mamá.
Tomo a Natalia de la mano y sin resistirse me sigue hasta la habitación.
Ella se queda en la puerta observando los posters que no me he molestado en quitar. Su mirada se torna nostálgica; pasamos muchas tardes jugando aquí.
―¿Qué carajo te pasa, Edgar? ―reclama en cuanto cierro la puerta.
—Pasa que no te vas a ir —aseguro levantando su cara con un suave toque, porque no quiero lastimarla—. Yo no dormiría tranquilo sabiendo que estás sola con ellos. Y si fue capaz de hacerte esto, no quiero imaginarme hasta dónde puede llegar. Fuera de eso, quisiera hablar contigo de muchas cosas.
—No te preocupes por lo de ayer ―recuerda con recelo―, te juro que ya lo olvidé.
Pero no quiero que lo olvide.
—¿En serio? ―pregunto desilusionado.
—Sí —responde no muy convencida.
Nos miramos por unos momentos. No decimos nada, solamente nos miramos, y caigo en cuenta de que estamos solos en mi habitación.
Siento un impulso por besarla y hacerle recordar lo de anoche, pero sé que no lo ha olvidado.
Mis pensamientos se esfuman en cuanto Javier abre la puerta de golpe. Mi mamá debió decirle, así que vino a verificarlo por la manera en que entró.
—Natalia —habla llamando su atención cerrando la puerta tras él.
La expresión de Javier es preocupada y como de: no jodas, así como si no le sorprendiera del todo. Se acerca y la abraza. Obvio que me saco de onda.
—¿Otra vez? —cuestiona tras lanzar un suspiro casi con resignación.
Espera… ¿otra vez?
Cada vez me siento más perdido en el puto limbo.
―¿Cómo que otra vez? ―pregunto pidiendo una explicación por obvios motivos—. ¿Tú lo sabías?
Javier nos mira alternadamente, después se sienta en su cama sin dejar de verla.
―¿Cuántas veces te ha hecho esto ese cabrón? ―cuestiono enojado.
—Cada vez que sus papás se ausentan —responde Javier por ella—, ven.
Ella le suplica con la mirada negando ligeramente con la cabeza, pero mi hermano la mira fijamente con aire de advertencia. Ella suspira dejando caer los hombros, y se acerca quedando de pie a un lado de él.
Javier toca el borde de su blusa levantándola un poco.
Será mi hermano y todo, pero eso no le da derecho a tocarla tampoco. Así que me acerco a la defensiva.
—¡Oye! —espeto.
—¿Te calmas? —pide con tranquilidad, y al verme con la mirada hecha furia, la suelta—. Hazlo tú, Natalia.
—¿Hacer qué? —inquiero sin entender.
Ella cierra los ojos dejando escapar una lagrima que recorre su mejilla. Segundos después los abre perdiendo la mirada en la nada mientras levanta su blusa lentamente, deteniéndose bajo sus pechos.
Su torso está cubierto por grandes moretones.
No tengo palabras.
Me falta el aire.
¡Puta impotencia!, ¿en qué infierno está metida?
Muerdo mi labio inferior en cuanto comienza a temblar, se me tensa la quijada, y aprieto los puños con fuerza.
No me puedo contener más. Camino hacia la puerta, pero ella me da alcance enseguida colocándose frente a mí.
—¡No, Edgar!, ¡lo prometiste!
—No estás en posición de meterte en broncas, hermano —advierte Javier con calma.
—¡Mira como la dejó! —espeto girándome hacía él.
—Javier tiene razón, Edgar. Acabas de salir del infierno ese, y no quiero que regreses ahí, mucho menos por Iván.
—Tienes que hablar, Natalia —interviene Javier.
—No, Javier. Mis papás siempre han estado de lado de ellos. Me van a decir mentirosa y… ―dice nerviosa sin terminar. Asustada.
—¿Y qué? ¿Porque no quieres hablar, Nat? ―interfiero, volviéndome a ella―. No va a pasarte nada. No dejare que vuelvan a tocarte —aseguro acomodando su cabello detrás de su oreja.
Pero ella sigue en silencio. Cabizbaja.
—¿Vas a quedarte aquí? —pregunta por fin Javier al verla callada.
—Por supuesto que no. Me iré a mi casa o esta situación se puede empeorar.
―Nada va a empeorar ―aseguro―. Te quedas aquí y no está a discusión. Además, tenemos mucho de qué hablar.
—Sí, ustedes hablen —secunda Javier en complicidad—, yo me duermo en el sillón.
Ella no responde.
—No puedes quedarte sola con tus hermanos ―Vuelvo a decir―, porque si Iván fue capaz de volver a pegarte, no quiero imaginarme que otra cosa te puede hacer.
―Quédate por hoy ―apoya Javier―, no hay ningún problema. Mi papá va a doblar turno porque el otro velador se enfermó y no va a venir hasta mañana como a medio día. Yo me quedo en la sala, ¿está bien?
Ella mira a mi hermano, y se encoje de hombros. Javier se sale del cuarto con su almohada y una cobija en las manos; no sin antes darnos las buenas noches.
—No puedes callar estas cosas, Natalia. ¿Qué está pasando en tu casa?
—Ellos no son mis hermanos —confiesa de repente—, y creo que ese es el motivo por el que Iván no me quiere. O no sé, la verdad es que ya no sé.
—¿Cómo que no son tus hermanos?
Se sienta en mi cama, y la sigo.
—La mamá de ellos sufrió de depresión postparto cuando los tuvo y no los cuidaba, así que mis papás se hacían cargo mientras trataban de ayudarla a que saliera de eso. Pero ese asunto la hundió muy feo, y tuvieron que internarla en una clínica para recibir ayuda psicológica. Y pues ellos ya vivían bajo la tutela de mis papás porque la señora se la cedió. Total, que no pudo con la depresión, y su salud se vio afectada porque no comía ni tomaba sus medicamentos, así que se murió. Para ese entonces, yo había cumplido un año, y como ellos no tenían otro familiar, mis papás se quedaron con ellos. Después decidieron venirse a vivir aquí. Lo supimos hace tres años porque cumplieron la mayoría de edad y ya podían cobrar un seguro de vida que les dejó su mamá. Iván cambió mucho desde entonces, o sea, ya desde chiquitos como que no me tragaba del todo pero con esa noticia, cambió de golpe.
—¿Tanto tiempo estuvo internada?
—Era como un manicomio, creo. El papá de los gemelos la dejó cuando supo que ella estaba embarazada. Mis papás y ellos eran buenos amigos, así que cuando el señor se fue, pues no la dejaron sola.
—Aun así, nada de eso le da derecho a tocarte.
—Lo sé, pero mis papás los quieren mucho y pues… son mis hermanos después de todo, ¿no? Crecí con ellos.
Suspiro al ver la conformidad con la que toma este asunto.
—¿Tienes hambre, Nat?
—No. La verdad es que no.
—¿Segura? —Ella asiente―. A demás, tengo qué irme. Abel me va a estar esperando.
―¿Es enserio, Natalia? ¿No escuchaste nada de lo que dije?
―No, el que parece que no escucha nada eres tú, Edgar. Para ti es fácil decir que no me va a volver a tocar y no sé qué más, pero realmente no estás pensando en las consecuencias. Esas que van a recaer en mi. Yo no me puedo arriesgar mientras viva en esa casa.
―Pues salte de ahí.
―Claro, como tengo muchos sitios a cuáles ir, ¿no?
—Natalia…
—No puedes decidir por mi, Edgar. No dije nada frente a tu mamá o tu hermano por consideración. Por eso te lo digo ahora. No puedes hacer estas cosas.
―¿Qué cosas?
―Pedirme que te acompañe para que después decidas que debo hacer sin consultármelo.
―Es que si te lo consulto vas a decir que no, Nat.
―Obviamente… Diré que no porque soy yo la que está en riesgo.
―¿Tanto quieres estar con Abel?
―¿Qué? ―inquiere sin comprender.
―Que si tanto te urge estar con Abel después de que has pasado muchos años con él, Natalia. Fuiste de su exclusividad por cinco años, ¿No hay algo de ti para mi?
―¿De su exclusividad?
―Sí. Cinco años que has estado con él todo el tiempo. Yo… no tengo mucho que llegué, ¿por qué no me das un poco de tu tiempo? Él ya te tuvo mucho…
—Yo no soy exclusividad de nadie, Edgar. Y sí, estuve cinco años con él, y no solamente esos sino los que faltan por venir. Tanto él como tu son mis amigos. Pero en estos momentos, Abel no me está poniendo en riesgo casi obligándome a pasar la noche fuera de mi casa para empeorar el problema. Así que, cuando pienses mejor las cosas y en cómo me estás tratando, hablamos.
―Natalia… ―digo, pero ella sale enojada de mi habitación.
La sigo sin ver a mi mamá o a Javier afuera, pero ella no se detiene. Para cuando llego afuera de la casa, ella ya está acercándose a la suya.