POV Natalia
Al llegar a mi casa, solamente veo a Luis sentado en la mesa de la cocina. Agacho la cabeza en cuanto voltea a verme, y me encamino a las escaleras, pero me habla.
—Natalia, ven —Lo dudo por un momento—. Iván no está, ven.
—¿Dónde está? —pregunto mientras me acerco a él, con más confianza.
—Se fue a beber con unos amigos, va a llegar tarde ―dice muy tranquilo, así que me siento frente a él—. Mi mamá me mandó un mensaje para avisar que se quedarán allá todavía, y en la mañana salen para acá.
—Vale. ¿Qué quieres?
—¿Cómo sigues? —pregunta al tiempo que me da de sus frituras acercando el plato más al centro.
—¿No es obvio? —Agarro una fritura, y me la como sin ganas.
—Mira, yo sé que Iván y tú no se llevan bien. No justifico lo que te hizo, pero no le digas nada a mis papás.
—Da lo mismo, no les iba a decir nada porque nunca me creen —digo decepcionada, porque es la verdad.
—Iván quiere mucho a mi papá, y está muy agradecido con él por todo. Créeme que se esfuerza por hacer las cosas bien. Quiere ser el orgullo de mi papá —Deja de hablar al ver que esbozo una sonrisa burlona.
—Por favor, Luis. Mis papás, primero me dan la espalda a mí que a ustedes. Como si no supiera eso… no sé a qué le tiene miedo. Tampoco entiendo su comportamiento. Si no le caigo bien, si tanto me odia, que me ignore y ya.
—Es así porque piensa que nadie lo puede entender.
—Y si no habla menos. No somos adivinos.
—Pues sí, pero es que sabes que él siempre ha sido así. No está acostumbrado a mostrar lo que siente.
Levanto ambas cejas, como diciendo: ahá, sí claro, y sigo comiendo frituras.
—Da lo mismo, muy pronto le voy a dejar toda esa atención que quiere de mis papás.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta con curiosidad, pero me quedo en silencio unos segundos—. Dime Natalia, sabes que no voy a hacerte nada.
Y tiene razón, él nunca me ha tocado. Pero con saber que Iván me pega y no meter las manos para defenderme, lo hace cómplice. Y sinceramente no sé si él también le tiene miedo como para meterse, o en el fondo le da igual.
—Tengo unos ahorros, y voy a rentar un apartamento en el centro. Me quiero independizar. Mi papá siempre está jodiendo, que mientras viva en esta casa blah, blah, blah, y ya estoy hasta el carajo de eso.
—¿Y estás segura de que quieres hacerlo?
—Sí. Ya soy mayor de edad como para que me sigan castigando por lo que hago. Quiero hacer lo que quiera sin rendirle cuentas a nadie, ni andarme cuidando de Iván. Hace tiempo que dejé de depender de mis padres.
—¿Cuándo lo harás?
—Pronto.
—¿Y vas a visitarnos? —Lo miro ladeando la cabeza.
―Supongo. Aunque mi presencia aquí no es muy deseada. O sea, puede que mi mamá me quiera ver, y quiero creer que tú también. Pero mi papá no va querer verme para nada, y de Iván no es necesario mencionarlo.
—No le caes mal, ni te odia. Te quiere y te cuida a su manera. A lo mejor no es la correcta, pero es la única que conoce.
—No, pues gracias. Sé cuidarme y quererme sola.
—¿Cómo van las cosas con Edgar? —No me extraña su pregunta.
—Bien, ¿por qué?
—Ayer no dormiste con Abel, ¿o sí? —dice estudiando mi reacción, agacho la mirada sin decir nada, porque no se me ocurre decirle nada—. Como dijiste, ya eres mayor de edad, y pues yo no tengo problema con lo que hagas.
—¿Sí dormí con Abel?
—¿Siguen siendo amigos? ¿O ya se animó a decirte? ―Lo miro sorprendida.
—¿Decirme qué?
—Supongo que aun no te lo dice.
—Tú lo sabías.
—Corrección, ya te lo dijo —Asiento, y entonces cruza los brazos recargándolos sobre la mesa.
―¿Desde cuándo lo sabes?
―Desde que enfermaste aquella vez. A él se le notaba mucho y le pregunté. Iván no lo sabe si vas a preguntarlo.
―Entiendo.
―¿Ya andas con él?
―No. Estoy muy confundida porque precisamente hace un rato Edgar me dijo lo mismo.
―Ah mírala, ja, ja. Andas con todo, Natalia. ¿A cuál le vas a dar el sí?
―No sé. Con Abel tengo una amistad que realmente no quiero perjudicar para nada.
―Si es tu novio no tiene porqué dejar de ser tu amigo. Es como si fuera un plus extra. Nada entre ustedes va a cambiar, excepto esos ratos íntimos. Lo que me preocupa es que vayas a decidirte por Edgar porque el tiempo ha pasado, no conoces su nuevo yo. Mira, yo no lo voy a juzgar porque me vale un carajo su vida. Pero tú eres mi hermana, y no quiero que te vuelva a pasar nada como cuando se lo llevaron.
—¿A poco a ti sí te importo? —pregunto con ironía.
—No seas payasa, Natalia.
—En fin. No me va a pasar nada de eso.
―Está bien. Solo digo. Oye, ¿y Karla qué?, ¿anda con Ricardo?
―No, ¿apoco todavía te gusta?
Esboza una sonrisa, y trata de disimularla metiéndose una papita al a boca.
―Algo.
Ambos nos reímos, pero entonces se abre la puerta. Doy un pequeño saltito asustada sobre la silla, porque es obvio que el que cierra es Iván.
Cuestiono a Luis con la mirada, como diciéndole: ¿No que no iba a venir temprano?, pero niega con la cabeza encogiéndose de hombros; o sea que no sabe qué pasó.
Pienso si pararme en este momento es lo mejor, pero antes de que lo haga se acerca a nosotros aventando las llaves sobre la mesa; vuelvo a dar un respingo con el choque de éstas. Abre una silla, y se sienta acercando el plato hacía él, agarrando frituras. No me atrevo a mirarlo, y menos con el olor a cerveza que trae. Lo único que hago, es fijar mi mirada en el bordado del mantel.
—¿De que hablaban? —pregunta recargándose en la misma posición que Luis.
—De mis papás —contesta Luis omitiendo lo que en verdad conversábamos—, salen hasta mañana temprano. Yo digo que como para medio día ya están aquí. Pensé que ibas a venir más tarde.
—Pensaste mal.
Se hace un silencio bastante incomodo que, segundos después, es interrumpido por el celular de Luis quien se levanta para irse a la sala a contestar dejándome sola con Iván.
—¿Y tú?, ¿te vas a volver a dormir afuera? —cuestiona clavándome la mirada.
—No —respondo sin mirarlo.
Volteo a la sala donde Luis sigue hablando. Al parecer va a tardar porque está riéndose.
Iván se levanta y se inclina a un lado mío. No puedo evitar mirarlo porque me agarra del mentón con una de sus manos haciendo que lo vea. Sus ojos me analizan sin decir una palabra, tal como si quisiera leer lo que pienso, y tras unos segundos, se incorpora soltándome.
Se sienta en la sala con Luis encendiendo la tele. Suspiro aliviada, así que también me levanto para irme a mi cuarto. Me quito la ropa y me meto a la cama.
Me encuentro con dos mensajes en el celular, uno de Gil y otro de Edgar. Solo abro el de Edgar.
Natalia:
[Perdón, estuve hablando con Luis, no había visto el mensaje]
Espero un momento, a ver si lo ve, pero no sé en qué momento me quedo dormida.
[…]
Me levanto en cuanto suena el despertador buscando la ropa que me voy a poner. Termino de bañarme y alistarme. Bajo escuchando la voz de mi mamá cuando estoy a punto de abrir la puerta.
—Natalia —Me acerco con ella, para saludarla—. ¡¿Pero qué carajo te pasó?!
¡Carajo!, se me olvidaron los moretones. Busco mil pretextos que puedo inventarle, de cualquier manera tengo que mentirle. Si le digo que fue en la disco, obviamente recaerá la culpa en mis hermanos porque ellos no hicieron nada para evitar que me saliera, y pues es bronca para ellos también; aunque sí es culpa de ellos, más que nada de Iván. Si él no me hubiera pegado, no habría necesidad de hundirme en mentiras. Así que no, no puedo repetirle lo de la disco. Menos voy a decirle que Iván me dejó así, por haberme salido sin permiso porque siguen quedando ellos en problemas.
—Me quisieron asaltar, y me defendí ―digo finalmente.
Y pues es que está cabrón, es lo único que se me vino a la cabeza por ahora.
—¿Estás loca? Pudieron hacerte algo más, Natalia. Nada más a ti se te ocurre. ¿Dónde fue?
Apenas termina de decirlo, e Iván baja las escaleras acercándose a nosotras. Le da un beso en la mejilla a mi mamá, y después me da uno a mi; me aguanto las ganas de poner cara de asco. Siempre hace eso cuando están mis papás presentes, se porta cariñoso conmigo, como si de verdad me quisiera.
—Antier, cuando salí de la escuela.
—Mira nada más como te dejaron, ¿viste cómo eran?
—No mamá, traían las caras tapadas. No es para tanto.
—Sí, como no. ¿Ya te vas a trabajar?
—Sí.
—Iván, acompáñala. No quiero que se vaya sola.
—No hace falta ma —protesto enseguida—. Fue de noche y…
—Sí, ma. Yo la llevo —dice acomodándose la mochila sobre el hombro.
—En serio no hace falta, a Iván se le va a hacer tarde y…
—Nada ―me interrumpe―. Solamente porque tu papá está dormido, llegó cansado. No vas a irte sola.
Sin decir nada, camino hacia la puerta seguida de Iván.
—No es necesario que me acompañes ―aviso en cuanto estamos en la calle―, no le voy a decir nada.
—Ya sé que no eres tan idiota como para decirle. De cualquier manera, tú sales perjudicada. Si mi mamá dice que te lleve, te llevo y punto, te callas.
Le hago caso, y me quedo callada para no discutir con él. Volteo a la casa de Edgar en cuanto pasamos por ahí, pero sé que no podré irme con él. Antes de salir del barrio nos alcanza Abel, y suspiro aliviada.
—¡Hey! —saluda dándome un beso en la mejilla. Iván solo asiente a modo de saludo—. ¿Vas al trabajo?
—Sí.
—Mi mamá dijo que la acompañara porque antier la asaltaron, ¿tú crees? Mira como la dejaron —dice con cierto cinismo, que me da mucho coraje pero me lo aguanto.
—Chaparra, nadie te asaltó —sostiene, e Iván esboza una sonrisa burlona.
—¿La puedes acompañar? —le pregunta a Abel—. Ya voy tarde.
—Sí, está bien.
—Sale. Adiós hermanita —dice acercándose a mí, dándome un beso muy sonoro en la mejilla. Me molesta, pero me sigo aguantando, así que camino con Abel.
—¿Por qué no le dijiste la verdad a tu mamá?
—¿Qué querías? No le iba a decir: me partieron la cara en una bronca en Tornado, porque me salí sin su permiso cuando me habían castigado.
—Pues sí, tienes razón, Chaparra. Pero ahora tu mamá no te va a dejar salir sola, y te recuerdo que la otra semana vas a trabajar de tarde —Tuerzo la boca hacia un lado, porque tiene razón. Pero ya pensaré qué decirle.
—Pues ya me las ingeniaré.
Después de eso, se hace un silencio incomodo de al menos cinco minutos. Y digo incomodo, porque con Abel los silencios nunca son así, o al menos no se sienten incomodos.
Él rompe ese silencio con un tema equis. Me platica sobre un profesor, que se acostaba con una alumna para pasar materias en la universidad, y que estaban bien metidos con ese asunto. Que lo iban a suspender y tenía la segunda clase libre, porque ese profesor era de la primera clase. Aun no sabían ni solucionaban el asunto del sustituto. Después de hacer algunas bromas con ese tema, me pregunta por Karla y Ricardo, supongo que, como trivialidad, porque no se lleva con Ricardo, pero a Karla si le habla mas o menos bien; dentro de lo que cabe. Así se nos va el tiempo caminando con esa charla, tal como solíamos tenerlas antes de que Edgar regresara.
Y es que no entiendo, porque no puede continuar siendo así.