El salón estaba bañado por una luz tenue y cálida, como si intentara disfrazar la tensión que se respiraba dentro. Melissa, vestida con un conjunto beige impecable, se encontraba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una mirada que podía cortar el mismo aire. Sus uñas perfectamente pintadas tamborileaban contra su antebrazo, como una cuenta regresiva para el desastre de alguien. Las primeras en llegar fueron Sofía y Camila. Sofía, como siempre, caminaba con seguridad, sus tacones resonando sobre el piso de mármol. Camila, en cambio, traía una sonrisa demasiado amplia, nerviosa, como si buscara la aprobación de Melissa. —¿Qué pasó ahora? —preguntó Camila, dejándose caer en uno de los sillones blancos. Melissa giró lentamente hacia ellas. Su rostro era una máscara de friald

