Pov. Noah. El silencio aprendió mi nombre. No lo escucho, pero lo siento pegado a la piel como una tirita vieja que no termina de despegarse. La primera mañana sin Ella no tuvo explosiones ni dramatismos. No hubo tormenta, ni gritos, ni puertas cerrándose. Sólo un vacío metódico, burocrático, que se instaló en la casa como alguien que piensa quedarse. El sol entró igual por los ventanales, los mismos trofeos brillaron en la repisa, el mismo frigorífico hizo su zumbido eléctrico. Todo siguió como siempre, excepto lo único que importaba. Busqué su risa en los lugares equivocadamente lógicos: la ducha empañada, la taza olvidada sobre la mesada, el sofá donde se dormía a mitad de películas que juraba que quería ver. Vine a la cabaña que nos vio fingir frente a todos, solo porque era un

