En un corto descuidado de aquel hombre, Eduardo se lanzó hacia él y le arrebató la navaja. Luna cayó al suelo boqueando como un pez por la falta de oxígeno que necesitan sus pulmones. Mientras que su marido ha tomado a golpes con puño limpio al malvado hombre. —Mi… amor… ya déjalo, por favor lo vas… a matar. —le suplica al ver al hombre lleno de sangre y con un ojo prácticamente salido de su lugar, sus dientes están esparcidos por partes de la oficina. Eduardo está furioso y no para de golpear al hombre, hasta que el joven Juan Pablo, que estaba en su oficina, escuchó el gran alboroto y corrió a ver qué es lo que estaba pasando. Luna aprovechó y entre llantos le pidió que agarrara a Eduardo para detenerlo, porque así como está de enojado; existe la posibilidad de que allí mismo acabe

