CAPITULO 1: El Aroma de la Traición
El casco me apretaba las sienes, pero no tanto como el nudo en mi estómago. Llevaba ocho horas repartiendo pedidos bajo un sol abrasador, intentando reunir cada centavo para el regalo de aniversario de Damián. Mañana cumplíamos tres años. Tres años de promesas, de planes de una vida juntos en la manada Sombras de Hierro.
—Último pedido, Althea. Es una entrega de lujo en la zona alta —me había dicho mi jefe.
Aparqué la moto frente a una mansión que conocía bien. Demasiado bien. Era la casa de los padres de Damián. "Qué extraño", pensé, "quizás están celebrando algo y él no me avisó para no hacerme sentir mal por mi falta de dinero".
Caminé hacia la puerta con la caja de pastelería fina entre las manos. Toqué el timbre y el corazón me dio un vuelco de alegría al imaginar su cara. Pero cuando la puerta se abrió, el mundo se detuvo.
No fue Damián quien abrió. Fue una mujer de cabello platinado, vestida con seda cara. Lo que me dejó sin aire no fue su belleza arrogante, sino su vientre. Una panza enorme, redonda, que anunciaba al menos siete meses de gestación.
—¿El pedido de La Bonne Vie? —preguntó ella con voz chillona.
—Yo... sí —susurré, sintiendo un mareo repentino—. ¿Buscaba a... a Damián?
—¡Cariño, ya llegó el postre! —gritó ella hacia adentro, ignorándome.
Damián apareció detrás de ella. Se veía impecable, con esa sonrisa de futuro Alfa que siempre me derretía. Pero al verme, su rostro se volvió de papel. La bandeja de plata que sostenía en la mano casi se le cae. Detrás de él, sus padres brindaban con champán, deteniéndose en seco al reconocer mi uniforme de repartidora.
—¿Althea? —la voz de Damián fue un susurro roto.
—¿De quién es... de quién es ese hijo? —pregunté. Mi voz no era mía; era un hilo de agonía.
La chica de la panza, Brenda, soltó una risita triunfal y entrelazó su brazo con el de él.
—De mi prometido, por supuesto. ¿Verdad, Dami? El heredero de los Blackwood no podía esperar más.
Sentí como si me hubieran arrancado el alma sin anestesia. Miré a Damián, esperando que dijera que era un error, una pesadilla. Pero él bajó la mirada.
—Althea, entiende... fue un desliz de una noche, pero ella quedó embarazada. Mi manada necesita estabilidad, y la familia de Brenda tiene los recursos que nosotros no tenemos. Me voy a casar con ella el próximo mes.
—¿Un desliz? —Las lágrimas quemaban mis mejillas—. ¡Damián, mañana es nuestro aniversario! Me prometiste que yo sería tu Luna, que no importaba que mi familia fuera pobre...
Él suspiró, frotándose el puente de la nariz con fastidio, como si mis sentimientos fueran un trámite burocrático molesto.
—Althea, madura. El amor no paga las deudas de una manada ni construye alianzas. Brenda es hija de un magnate y está esperando a mi heredero. Es una cuestión de estatus —hizo una pausa, mirándome de arriba abajo con una mezcla de lástima y superioridad—. Pero... como sé que no tienes dónde caer muerta y que gracias a las influencias de mi madre conseguiste ese empleo de repartidora, tengo una propuesta para ti.
Brenda soltó una risita maliciosa, acariciando su vientre con orgullo.
—Necesitaremos una niñera —soltó Damián, como si me estuviera haciendo el favor del siglo—. Alguien de confianza, alguien que sepa cuál es su lugar. Podrías vivir en las dependencias de servicio. Tendrías comida y techo. Sin mí, Althea, no eres nada. Eres una pobre huérfana de prestigio que no sabe ni de dónde viene. Devuélvenos el favor por todo lo que mi familia hizo por ti.
Un silencio pesado cayó en el porche. Por un segundo, sentí que mi loba interna aullaba de rabia, queriendo desgarrarle la garganta. Pero entonces, algo en mí se rompió... o quizás, se encendió. Una risa seca, fría y sarcástica escapó de mis labios.
—¿Niñera? —repetí, mirándolo fijo a los ojos.
—Es lo mejor que vas a conseguir, Althea —insistió él, arrogante—. Piénsalo.
Bajé la mirada, ocultando el fuego que empezaba a arder en mis pupilas. Si quería que estuviera cerca, si quería humillarme teniéndome bajo su techo mientras criaba al hijo de su traición... se lo daría. Estaría tan cerca que no vería venir el golpe.
—Acepto —susurré, fingiendo una sumisión que ya no sentía—. Acepto ser la niñera.
Damián sonrió, convencido de que mi "amor" por él era tan patético que aceptaría cualquier migaja. No sabía que acababa de invitar a su propia destructora a pasar por la puerta principal.